Las clases sociales existen y la lucha entre ellas es real. Negarlo no resuelve nada. Al contrario, conlleva a idear una sociedad inexistente. Sólo se contribuye a ocultar y a encubrir relaciones sociales injustas, a facilitar la producción y la reproducción de esas mimas relaciones de las que se levantan las instituciones, el Estado de Derecho, la política, el discurso ideológico, entre las principales.
En Estados Unidos, esa lucha (de clases) se ha recrudecido y se sintetiza en la concentración más extrema del Capital y en el empobrecimiento del resto de la población. Según BBC News Mundo (19 de febrero del 2020), 400 burgueses gringos, que representan el 0.00025 por ciento de la población, en 1986 concentraba el 1.1 por ciento de la riqueza nacional y para el 2016 ya poseía el 3.2 por ciento.
El 15 de enero del 2024 el informe de Oxfam International destacó que “desde 2020, la riqueza conjunta de los cinco hombres más ricos del mundo se ha más que duplicado, pasando de 405 000 millones de dólares a 869 000 millones (lo que supone un aumento de 14 millones de dólares por hora). Entretanto, la riqueza que concentran cerca de 5000 millones de personas ha disminuido. A este ritmo, podría aparecer el primer billonario del mundo en tan solo 10 años, mientras que harían falta 229 años para erradicar la pobreza a nivel global”. Habría que precisar que Estados Unidos encabeza la lista de esos hombres más ricos del mundo.
Nuevamente la BBC señala que “es una de las grandes paradojas de nuestros tiempos: Estados Unidos, el país más rico del mundo, tiene algunos de los peores índices de pobreza entre las naciones desarrolladas” y calcula que “40 millones de estadounidenses viven debajo de la línea oficial de pobreza”. Esto es así porque la riqueza global de una nación no se dispersa en condiciones de igualdad entre ricos y pobres. Al contrario, tiende a concentrarse.
El coctel de medidas económicas del gobierno de Estados Unidos tiende a agravar esa situación. Por una parte, exenta del pago de impuestos a los grandes millonarios a los que, al contrario, le inyecta recursos públicos a los negocios privados en forma de subsidios. Adversamente, a los contribuyentes les eleva los impuestos y les retira servicios básicos, como el médico y el educativo. Estas medidas evidencian que se promueve la ganancia de los grandes magnates no por la vía de los procesos económicos sino por el subsidio directo y con claro sacrificio del resto de la población. Así se amplía la brecha entre trabajadores y un pequeño grupo de empleadores.
Por otro lado, los tan anunciados aranceles a los productos extranjeros, como ese del 17 por ciento al jitomate mexicano, puede no disminuir las exportaciones de México a USA por tratarse de un producto difícil de conseguir de otras naciones. Sin embargo, recaerá en la economía de los consumidores estadounidenses el pago de ese 17 por ciento. Y lo mismo sucederá con productos electrónicos de origen chino, con los automóviles alemanes, japoneses y chinos, etc.
Entonces, ¿en qué se beneficia el gobierno de Donald Trump? Simple: recauda recursos para el funcionamiento de todo el aparato de gobierno y sus programas a través de los aranceles que pagan las familias de EEUU. Dicho de otra foma: la política de gobierno se aplica para engordar las finanzas de los más ricos a costa de la población que vive de su trabajo, éstos sufren el encarecimiento de bienes y servicios por la aplicación de aranceles y la restricción del comercio de productos que compiten en calidad y precio contra los de la clase capitalista gringa erigida, sin mediación alguna, en clase política gobernante.
Las consecuencias son obvias: hay un proceso de empobrecimiento de quienes viven del salario, disminuye la capacidad de compra de la mayoría de quienes viven en Estados Unidos y es lógico que el mercado interno se constriña. En tales consecuencias, puede preverse una crisis económica por la existencia de una producción mayor de bienes y servicios que no encuentren compradores dentro del país.
Si a eso agregamos que naciones como México, Rusia, China, Canadá y las europeas han emprendido una política de sustitución de importaciones; y agregamos a los BRICS que ya mueven, cuando menos, una tercera parte de la producción mundial. Hay tres grandes preguntas: ¿Cómo es que el gobierno de Donald Trump está pensando en solucionar esa eminente crisis? ¿Qué características tomará la lucha de quienes viven de su trabajo frente al capital imperial y el gobierno que los representa? ¿Seguirá siendo sólo reivindicadora o está en condiciones de pasar a una lucha política? Es claro que los problemas serán internos. A la vez, con el mundo. EEUU es una nación imperialista muy belicosa.



