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El fin del chantaje como método

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Por: JAIME CORTÉS ACUÑA •

Se equivoca quien cree que se puede chantajear a la presidenta de la República. La premisa es anacrónica: supone que el Poder Ejecutivo sigue operando bajo las reglas no escritas del viejo régimen político mexicano.

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No se trata de una defensa a ultranza —no la necesita—, sino de una observación analítica. Durante décadas, la presión corporativa, la amenaza velada y el condicionamiento político formaron parte del engranaje del sistema. Era un mecanismo informal, pero funcional. Ese esquema operaba porque el poder se ejercía desde la negociación permanente, no desde la eficiencia gubernamental.

Como advirtió Daniel Cosío Villegas en La forma personal de gobernar, el poder en México no se explica únicamente por sus normas, sino por el temperamento y la formación de quien lo encarna. Cada presidencia impone un estilo: una manera íntima de decidir, de tolerar, de confrontar o de ignorar.

Ahí radica la clave del momento actual.

Claudia Sheinbaum Pardo no gobierna desde la lógica tradicional de la política profesional, sino desde una formación científica. Cree en la planeación, en los procesos y en la eficiencia; no en la reacción impulsiva ni en el intercambio de favores como método de estabilidad. Para quienes están habituados al ruido, esa forma de gobernar puede confundirse con debilidad. En realidad, es una forma distinta de control.

Muchos de los que hoy hacen del chantaje su herramienta se exhiben como políticos aldeanos, anclados a una cultura del poder que perdió vigencia. Esa clase política, por la coyuntura electoral y el contexto internacional, irá quedando al margen no por persecución, sino por obsolescencia.

Al interior de Morena, el remolino de tensiones responde menos a una crisis de mando que al desplazamiento de cuadros que no encajan en una lógica de alta exigencia técnica. La presidenta ha prescindido de perfiles que no se ajustan a su visión, aun a costa de turbulencias. Eso no es pérdida de control; es ejercicio del mismo.

Los ejes de su gobierno —cultura, ciencia, deporte y eficiencia institucional— no son consignas ornamentales. Son la expresión de una forma de entender el Estado. Quien intenta presionar bajo códigos del pasado no solo fracasa: revela que no ha comprendido el cambio de método.

Resulta, además, ilusorio suponer que, con los niveles de aprobación social que mantiene la presidenta, existan actores capaces de condicionarla políticamente. La creencia en el chantaje habla más de quienes lo practican que del poder que pretenden doblegar.

Cosío Villegas advertía que el problema del presidencialismo mexicano no era únicamente la concentración del poder, sino la forma en que éste se ejercía. Hoy esa reflexión vuelve a cobrar vigencia. No asistimos a una presidenta cercada, sino a una mutación en la forma personal de gobernar. Y como sucede siempre que cambian las reglas del ejercicio del poder, los primeros en resistirse son quienes mejor dominaban las del pasado. 

Jaime Enrique Cortés Acuña.

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