En octubre, el color rosa tiñe las calles, los moños y las campañas de prevención. Pero detrás del símbolo hay historias que duelen, transforman y enseñan a mirar la vida desde otra orilla. Una de ellas es la de Violeta Edith González González, una mujer zacatecana que convirtió el miedo en fuerza y el diagnóstico más temido en una lección de vida y empatía.
Egresada de la Licenciatura en Administración por el Tecnológico Regional de Zacatecas y con Maestría y Doctorado en Tanatología por el Centro de Crecimiento Humanista, Violeta jamás imaginó que un día pondría a prueba, en carne propia, todo lo que había aprendido sobre la pérdida, el duelo y la aceptación.
“El momento en el que recibo mi diagnóstico fue realmente difícil, porque es algo para lo que no estaba preparada y nunca imaginé que me iban a decir que tenía cáncer de mama. Yo iba con la idea de recibir un diagnóstico favorable y que todo quedara ahí en ese momento”, recuerda con serenidad.
Cuando el médico pronunció aquellas palabras, el mundo se detuvo. La idea de la enfermedad le parecía lejana, casi ajena. “Yo me imaginaba que el hecho de tener cáncer era para personas de mayor edad o con hábitos poco saludables, y yo sentía que no era mi caso.”
La noticia cayó como una piedra. El miedo se instaló en cada pensamiento. “Los primeros pensamientos que tuve al recibir el diagnóstico fueron mucho miedo, mucha preocupación, incertidumbre. Miedo a los tratamientos, miedo a la muerte, miedo a cómo le voy a decir a mi familia, se van a preocupar mucho. Miedo a cómo iba a enfrentar todo esto que estaba por venir.”
Entre estudios, tratamientos y emociones encontradas, Violeta descubrió que el cáncer no solo afecta al cuerpo, sino que sacude hasta lo más profundo del espíritu. “Lo más desafiante para mí en el periodo del tratamiento sin duda ha sido la quimioterapia, que es un tratamiento bastante serio y donde uno está en periodo de supervivencia porque nuestras fuerzas físicas y emocionales se ven disminuidas al máximo.”
Y como si el agotamiento físico no bastara, llegó la pérdida del cabello, ese símbolo tan íntimo de feminidad. “Para una mujer tiene un significado muy especial y el hecho de perderlo no nada más afecta físicamente sino emocionalmente. También es una prueba muy difícil.”
Sin embargo, su historia no se detuvo en la tristeza. La fuerza vino de la familia, de los amigos y del acompañamiento médico. “Lo logré sobrellevar siempre por el cariño y el apoyo de toda mi familia, de mis amistades y por supuesto de mi médico oncólogo y todas las personas que estuvieron alrededor en ese momento.”
El cáncer no solo deja cicatrices visibles. También abre un espacio para mirar hacia adentro. “He entendido que la vida es muy frágil, la vida es incierta y que en cualquier momento podemos ser vulnerables a una enfermedad o a algo que nos cambie la vida. Incluso morir.”
Para Violeta, la enseñanza más grande fue aprender a vivir con alegría y gratitud, sin negar la vulnerabilidad. “El aprendizaje que me dejó esta etapa sería enfocarnos en lo que realmente nos importa, valorar más nuestra vida y la de las personas que están alrededor. Vivirla de la mejor manera posible, porque no sabemos cuándo puede cambiar todo.”
Como tanatóloga, el proceso tuvo un significado doble: el de paciente y el de profesional. “He podido experimentar el miedo a la muerte, el duelo por la pérdida de la salud y muchas cosas que antes solo veía en la teoría. Enfrentarlas en carne propia me ayudó a entender mejor a las personas cuando pasan por una situación similar.”
La palabra clave en su recorrido es aceptación. “Para mí, la aceptación es el centro de todo. Cuando ya podemos aceptar la enfermedad o la pérdida, de ahí podemos partir a ver nuevos horizontes. Pero debemos entender que la aceptación no llega de inmediato, nos toma un tiempo transitar esta experiencia para realmente alcanzarla.”
Y con humildad, reconoce que aceptar no significa rendirse. “Un día podemos aceptarlo y al otro día renegar, y así hasta que realmente ya tenemos una paz que acompaña a este proceso de aceptación.”
En su reflexión, Violeta no solo habla de ella, sino de muchas otras mujeres que han pasado por lo mismo. “Parte de lo que más me conmovió fue la empatía que desarrolla el ser humano y cómo mujeres que han atravesado por lo mismo ahora ayudan a otras a superar sus etapas.”
Ese acompañamiento mutuo entre sobrevivientes le dio esperanza. “La idea de superar una pérdida representa entender que hay cosas que no se pueden cambiar, pero que al final tenemos que sacar el aprendizaje y seguir adelante. Aprender a vivir con ello y ser seres humanos más sensibles, empáticos y compasivos con nosotros mismos y con los demás.”
Desde su experiencia, también hace un llamado a mirar la salud desde una perspectiva más integral. “Creo que en México hace falta priorizar el acompañamiento emocional, no nada más para personas diagnosticadas con cáncer de mama sino para cualquier enfermedad seria. El enfoque sigue siendo muy médico y se nos olvida la parte humana que sufre con un diagnóstico de esta magnitud.”
Aunque agradece haber sido atendida por médicos sensibles y humanos, insiste en que este acompañamiento emocional debe formar parte del sistema de salud. “Sería muy importante que siempre se reconociera la parte emocional en todas las enfermedades y se pudiera apoyar.”
“A mi yo del pasado, le diría que no tenga miedo”
Violeta ha recorrido un largo camino desde aquel primer diagnóstico. Su voz, ahora pausada y firme, transmite una serenidad conquistada. “A mi yo del pasado le diría que no tenga miedo, que vamos a salir adelante. Que esta situación puede cambiar no nada más para mal sino también para bien. Que hay una bendición muy grande después de la adversidad.”
Ese mensaje de fe y resiliencia lo extiende a todas las mujeres que hoy enfrentan lo mismo. “A todas las personas que están recibiendo un diagnóstico de cáncer, especialmente a las mujeres con cáncer de mama o en tratamiento, les diría que no se sientan solas. Que se dejen apoyar, cuidar y acompañar por su familia, por sus seres queridos y por personas que ya han pasado por esta situación.”
Y añade con convicción: “No lleven su proceso en silencio, porque suele ser más doloroso. Confíen en Dios y en sus propias fuerzas para pensar que van a salir adelante, y que un día verán las cosas de diferente manera. Incluso saldrán fortalecidos de esta experiencia, sin duda alguna.”



