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lunes, 26 septiembre, 2022
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Urgen braceros y mayordomos para las piscas

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Por: JORGE DURAND •

La explosión migratoria mexicana a Estados Unidos está inextricablemente ligada a la explosión demográfica. Con un promedio de siete hijos por mujer; sí, siete, en las décadas de los 60 y 70, todo estaba listo para que la presión demográfica se desbordara en las décadas de los 80 y 90, e incluso en los primeros años del siglo XXI

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La presión demográfica ciertamente fue uno de los motores más poderosos de la emigración, pero también coadyuvaron otra serie de factores que la convirtieron en explosiva. Paradójicamente, al milagro económico mexicano de la posguerra le correspondió el milagro demográfico de la época, de vivir bien y procrear también. Y justo cuando acababa la bonanza económica, a mediados de los 70, a los demógrafos mexicanos les suena la alarma de una posible catástrofe y se les ocurre aquella campaña de La familia pequeña vive mejor. Muy tarde, pero más vale tarde que nunca.

Los mexicanos, desde los tiempos de don Porfirio, ya sabían el caminito para irse al norte, y luego, con la Revolución y la Cristiada, fue para muchos una buena opción para escapar de la guerra y la pobreza. Pero fue el programa Bracero, de 1942 a 1964, lo que generó el efecto llamada para que las masas de migrantes se fueran en las décadas subsiguientes a trabajar en la agricultura. Se juntaron la oferta y la demanda.

Por su parte, el programa Bracero insufló dólares a la deteriorada economía campesina y luego serían las remesas las que subvencionaran una reforma agraria que prolongó su agonía hasta la década de los 90. De igual modo, los dólares ganados por los braceros y luego las remesas, retrasaron y ralentizaron, en alguna medida, el proceso de transición demográfica entre los sectores campesino, ejidatario e indígena.

El ejido, como modelo de desarrollo rural, implementado por la Revolución Mexicana, se mantuvo de manera sostenida por décadas, pero siempre subvencionado por la masa salarial que remitían los migrantes, tanto internos como internacionales. A su vez, el modelo ejidal le dio sustento, por más de 70 años, al Partido Revolucionario Institucional (PRI); no en vano Arturo Warman los había llamado hijos predilectos del régimen.

A mediados de la década de los 80 el proceso migratorio sufriría dos grandes transformaciones, comenzaría a feminizarse y urbanizarse. Luego se convertiría, ya entrado el siglo XXI, en un fenómeno con presencia nacional, literalmente los censos reportaron migrantes internacionales en todos los municipios de México.

Después de 22 años de contratación legal, con el programa Bracero, Estados Unidos tomó conciencia de que se había modelado adecuadamente a la oferta de mano de obra mexicana para que se dedicara de lleno a las labores agrícolas. Ya no serían necesarios los contratos braceros, pero tampoco se necesitaba darles un estatus legal a los trabajadores migrantes; total, ellos iban y venían al ritmo de las cosechas y nunca se constató una escasez generalizada de mano de obra. Salvo la que ellos mismos provocaron con la llamada operación Espalda Mojada, que deportó en pocos meses a más de un millón de trabajadores del campo, en 1954.

Hasta el día de hoy la mano de obra mexicana se dirige tradicionalmente a la agricultura, además de algunas otras opciones laborales, pero también se ha constatado que no hay remplazo fácil para este tipo de trabajadores. El único colectivo migrante que también participa en la agricultura son los guatemaltecos, quienes están impuestos a este tipo de trabajo.

La pandemia puso en evidencia el frágil equilibrio de Estados Unidos en cuanto a seguridad alimentaria y se apresuró a calificar a los trabajadores agrícolas como indispensables.

Pero los migrantes también se han percatado de que trabajar con el aire acondicionado de un restaurante, hotel o comercio es mucho más placentero y redituable que hacerlo a pleno sol.

Según Phill Martin, especialista en migración estadunidense, ese fue un gran error de la amnistía de 1986 (IRCA) porque al recibir sus papeles los migrantes regularizados abandonaron la agricultura y tuvieron que ser remplazados por personas indocumentadas.

A pesar del éxito obtenido por muchas décadas, no es fácil fijar a la mano de obra en el trabajo agrícola. Por eso los trabajadores contratados con visas H2A, cerca de 300 mil al año, deben trabajar en un lugar específico, no pueden ofertar libremente su mano de obra.

Pero ahora se ha constatado un problema adicional. Los viejos mayordomos mexicanos que manejaban las cuadrillas de piscadores se están jubilando y no hay nadie que los remplace. Los dueños de los ranchos dejaban todo el asunto laboral de la pisca en sus manos, que conseguían la mano de obra, la capacitaban, controlaban, servían de intermediarios y además eran calificados para decidir dónde, cuándo y cómo cosechar.

No hay un remplazo generacional, los hijos de los mayordomos son profesionistas y tienen otros intereses. Los patrones hacen lo imposible para que los viejos mayordomos de confianza no se jubilen, pero más pronto que tarde se van a retirar.

Se avecina una crisis de mandos medios en la agricultura estadunidense.

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