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Las demasiadas expectativas de nuestra transición

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Por: Carlos Eduardo Torres Muñoz •

Como ya lo hemos venido comentando en este espacio, el reciente aniversario número 25 de la elección que trajo consigo la alternancia en el Poder Ejecutivo Federal, y de la que resultó triunfador Vicente Fox, ha llevado a un interesante y amplio debate respecto a la historia, los resultados, saldos y pendientes de la etapa de nuestra historia reciente que se conoció como la transición política, y que, insistiremos, fue más que un solo proceso de liberalización, un complejo conjunto de procesos de transición entre los que se destacó el componente electoral, pero en el que también se derivaron otros como el jurídico, que modificó las características del Estado mexicano, así como una metamorfosis de la economía, lo que a su vez significó sendos cambios sociales. Los estudios que se han dado a conocer en foros como la revista Nexos del presente mes, dan cuenta de parte de dichos procesos y sus particularidades. También, pero de manera un poco menos acentuada, se puede entrever la sobrecarga de expectativas que tuvo la democratización, entendida como el arribo de la pluralidad en la representación política. Los hacedores de nuestro proceso de transición supusieron que, con el debilitamiento del Poder Ejecutivo y sus facultades, tanto constitucionales como metaconstitucionales (término acuñado por Jorge Carpizo y ya clásico y generalmente aceptado), el futuro del país sería promisorio. O así lo comunicaron. Todos estos esfuerzos trajeron consigo la reforma política que consolidó la figura de los órganos constitucionales autónomos y también del Poder Judicial con instrumentos para arbitrar conflictos en los que el Presidente (en ese período solo fueron hombres), no tuviera la última palabra. 

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A la par de ello se consolidó la idea de que la integración de nuestra economía a la del mercado más importante del mundo implicaría un salto a la promesa del país rico y desarrollado que, durante los dos siglos de nuestra independencia, se repitió como destino inherente a nuestro futuro. 

También se proyectó la idea de que, con la división del poder y la competencia de ambiciones, la corrupción disminuiría hasta volverse anecdótica. Solo por mencionar tres temas en los que, los promotores de nuestra transición (me incluyo con la humildad de mi limitado alcance), comunicaron o simplificaron, como impactos correlativos al proceso de democratización, otra vez, entendido como el arribo de la pluralidad partidista y política a los espacios de representación.

Los saldos no parecen darnos la razón, y esto es, en parte por el último tema que se registró anteriormente. El debilitamiento del Poder Ejecutivo Federal, lo hizo en no pocos rubros, a costa del poder del Estado central, a favor de los ejecutivos estatales, en ciertos casos y en los peores de poderes fácticos (privados, corporativistas, criminales, etc.) y no de los otros dos poderes o los objetivos de los órganos constitucionales autónomos creados para ello, aunque, y también debe decirse con toda responsabilidad (y pruebas) hubo serios avances. 

En materia económica, lo que se ha conocido como “el capitalismo de compadres” imperó. Lo mismo contribuyó a desequilibrios en la competencia económica, desigualdades, tanto a nivel estratos sociales como regionales, profundizando las brechas que dividían a los más beneficiados con los más afectados. 

Finalmente, puede decirse que el problema central de la transición a la democracia, entendida, valga la constante reiteración, como el arribo de la pluralidad en la representación, con alternancias en todos los niveles de gobierno y diversidad en los órganos legislativos, fue que no contribuyó a reducir la corrupción, sino a ampliarla y, en todo caso, “democratizarla”, al convertirla ya no en un fenómeno que le era propio al partido en el poder, sino a todas las expresiones políticas que arribaran a él. Este fenómeno condujo al debilitamiento del Estado, más allá de la sujeción al derecho del Poder Ejecutivo; a una economía mediocre, que si bien, reportó avances en distintos rubros, lo hizo destacadamente en actores ya predominantes o con las condiciones, desde el poder político, para redimensionar su poder económico; finalmente, la corrupción desprestigió a los otrora opositores y representantes de la expectativa de cambio para los electores. 

No es, y hay que reiterarlo, que nuestro proceso de transición no haya sido significativo, en lo global, positivo. El punto es que sí hoy se encuentra en franco deterioro y abandono, desde sus logros de diseño y arquitectura institucional, ello tiene que ver con las expectativas que terminaron siendo decepciones para una sociedad que, inserta en el siglo XXI carece de paciencia y posee una dosis, antes inimaginable, de información, no siempre seria, ni verídica, pero siempre disponible.

@CarlosETorres_ 

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