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sábado, 28 mayo, 2022
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Las ventanas

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Por: DANIEL SIBAJA* •

La Gualdra 510 / Río de palabras

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El tamaño no merece importancia. Pero las ventanas de este sitio tienen una suerte estúpida que cualquiera en este infierno desearía tener. Por ejemplo, el miriñaque verde nunca ha tenido agujeros, sus verjas parecen estar oxidadas, aunque ese color marrón las hace resaltar incluso encima de los cristales ornamentados: de textura porosa en su superficie, con pequeñas estampas de cuerpos celestes. Y por supuesto, el aire limpio. El viento que entra a través de ella en el ocaso, ese fresco que es extremadamente superior a otros rincones. 

Por las noches la luz de una luna llena logra colarse e iluminarme el rostro hasta lograr despertarme o quedar en ese punto de la vigilia por el cual uno piensa: “Mañana perderé lo que más quiero”, y entonces se respira un aire más pesado y el futuro se convierte en pesadilla. No es que merezca un lugar así, pero cargarme de ansiedad solo me ha traído más preocupaciones, en especial con mi vida al lado de Selene. Mirando fijo hacia las ventanas de este cuarto he comprendido que esta línea finita de mortalidad no nos basta.

Cuando amanece, Selene se cambia de ropa para ir al trabajo. En sus ojos aún entrecerrados se ve: esa especie de incertidumbre que produce el calor de Mérida en mayo. Para contrarrestar este mal, ella se da una ducha de agua fría y se pone gotas en los ojos antes de salir. Ya con Selene en los diablos, manejo la bicicleta todavía en la madrugada, a las cinco. Luego, me quedo solo, sin ella. Y si eso pasa, si esa soledad no la quito de mi pensamiento con facilidad, lamentablemente vuelvo a torturarme con el futuro y su compañera: una calavera que me espera todos los días en la parada del autobús o en un paso peatonal cuando conduzco y las dos ruedas de mi bici comienzan a desinflarse.

La última noche del 2020 en la que un par de escorpiones se nos subieron por las piernas, ella pudo descubrirlo antes que yo. Y es que esas pequeñas estampas de cuerpos celestes sobre la superficie del cristal ornamentado no son suficientes para dejar pasar nuestro humo al quemar yerbas, eso hace que las verjas se oxiden y que el miriñaque se rompa y deje pasar a los mosquitos u otro tipo de invertebrados. Incluso eso termina siendo lo menos inusual, ya que durante algunas otras noches Selene despierta sonámbula y trata de reparar el desastre que ocasionamos por la humareda. Por otro lado, los insectos nos han empezado a invadir con más frecuencia y caen del techo sin avisar, dejándonos la espalda con picaduras.

No quisiera que esto se acabe. En serio, Selene no lo sabe del todo. Que en ocasiones cuando propone deshacerse de las ventanas podría también llegar a cambiarme a mí. Tal vez ustedes digan que sobrepienso mucho las cosas, pero lo he observado: que el cariño que nos tenemos igual es una cuerda sostenida y frágil como todo en la vida, y que nuestras ventanas han sabido mantenernos en una posición cómoda al dormir, y eso es lo que más amamos.

―Hola, cariño.

Es Selene, escribiendo un mensaje por el celular. Estoy aquí en casa, como de costumbre, en el cuarto, mirando atentamente a una fila de hormigas sobre el cristal; y ella por fin lo dice: 

―Te escribo para saber qué prefieres, ¿corredizas o plegables? 

* Daniel Sibaja (Mérida, Yucatán, 1997). Licenciado en Literatura Latinoamericana por la Universidad Autónoma de Yucatán. Egresado del área de Letras por el Centro de Educación Artística “Ermilo Abreu Gómez”. Es autor de Montejo Boulevard (La Comuna Girondo, 2019; Edición digital, 2020) y Opiniones públicas (Sangre ediciones, 2021).

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la-gualdra-510

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