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El frijol zacatecano y la batalla contra los viejos vicios del campo

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Por: JOSÉ NARRO CÉSPEDES •

Hablar del frijol en Zacatecas no es solamente hablar de un cultivo. Es hablar de identidad, de historia, de familias enteras que han vivido durante generaciones de la tierra y de hombres y mujeres que, aun en las peores condiciones, siguen sembrando con dignidad.

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Zacatecas produce una parte fundamental del frijol que consume México. Sin embargo, paradójicamente, quienes producen ese alimento estratégico son también quienes más padecen el abandono, la incertidumbre y la injusticia del mercado.

Durante muchos años, los productores de frijol han vivido atrapados entre sequías, altos costos de producción, intermediarios abusivos y una estructura burocrática que convirtió al campo en un laberinto de trámites, promesas incumplidas y corrupción institucionalizada.

El campesino siembra, arriesga, trabaja la tierra, espera las lluvias y enfrenta las plagas; pero al final, muchas veces termina vendiendo su cosecha a precios miserables porque el “coyotaje” continúa controlando buena parte de la comercialización.

Ese es uno de los grandes dramas del campo zacatecano: el productor trabaja y otros son quienes realmente ganan.

Lo más grave es que este modelo no surgió por accidente. Durante décadas se construyó un sistema donde la burocracia agrícola, los liderazgos clientelares y los intermediarios aprendieron a vivir del productor sin resolver jamás sus problemas de fondo.

Se acostumbraron a administrar la pobreza rural.

Por eso, la transformación del campo no puede limitarse a programas temporales o discursos de temporada electoral. Requiere desmontar viejas prácticas que todavía sobreviven en muchas estructuras locales y regionales.

Quienes hemos acompañado durante años la lucha de los productores de frijol sabemos perfectamente que el problema no es solamente productivo; también es político y estructural.

Hemos estado al lado de campesinos que pelean por precios justos, por acceso al agua, por créditos accesibles, por semillas, por infraestructura de almacenamiento y por mercados donde puedan vender sin depender del abuso de intermediarios.

También hemos visto cómo muchos actores que durante años controlaron oficinas y programas, hoy se resisten a perder privilegios.

Porque México cambió.

La Cuarta Transformación llegó precisamente para cuestionar esos mecanismos que hicieron del campo un espacio de simulación y negocio político. El objetivo es claro: recuperar la rectoría del Estado, combatir la corrupción y colocar primero a quienes históricamente fueron olvidados.

Pero transformar inercias de décadas no es sencillo.

Existen todavía intereses económicos y políticos que se niegan a aceptar que el campesino ya no quiere ser utilizado solamente como clientela electoral. Hay quienes siguen defendiendo el viejo modelo del intermediarismo, del condicionamiento y de la opacidad porque durante años obtuvieron beneficios de ese sistema.

La resistencia al cambio existe y se siente todos los días.

Sin embargo, también existe una nueva conciencia social en el campo zacatecano. Los productores saben que el futuro no puede seguir dependiendo de coyotes ni de estructuras burocráticas alejadas de la realidad rural.

El frijol zacatecano necesita políticas públicas de largo plazo, tecnificación, esquemas reales de comercialización, almacenamiento estratégico, seguridad hídrica y acompañamiento técnico permanente. Pero también necesita algo igual de importante: dignidad para quien trabaja la tierra.

Defender al productor de frijol no es un asunto ideológico; es un asunto de soberanía alimentaria, de justicia social y de estabilidad económica para miles de familias.

Porque mientras el campesino siga siendo el eslabón más débil de la cadena, México seguirá teniendo una deuda histórica con su campo.

Y Zacatecas lo sabe mejor que nadie.

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