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Train Dreams, de Clint Bentley

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Por: ADOLFO NÚÑEZ J. •

La Gualdra 707 / Cine

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La acción transcurre a inicios del siglo XX, en el noroeste de los Estados Unidos. Robert Grainier (Joel Edgerton) es un hombre común y corriente, de carácter taciturno, reservado y que la mayoría del tiempo trabaja como leñador, viajando por todo el país en cualquier sitio donde su mano de obra sea requerida. La mayor parte del tiempo es empleado por empresas que se encargan de construir y expandir las vías del ferrocarril. 

Durante sus viajes, Robert conoce a todo tipo de personas: desde inmigrantes e indígenas, hasta gente de distintos lugares, edades y costumbres que en ocasiones guardan silencio y en otras no tienen reparo en contar sus historias de vida. También es testigo de todo tipo de actos realizados por sus compañeros de trabajo, algunos amables y empáticos, otros mucho más violentos y crueles.

La vida de Robert cambia por completo cuando, sin esperarlo ni planearlo, conoce a Gladys (Felicity Jones), una mujer de la que se enamora y con la que eventualmente contrae matrimonio. Ambos construyen una cabaña en medio del bosque y a la orilla de un río; tiempo después tienen una hija, a la que llaman Kate. Este sitio se volverá una especie de refugio para el protagonista, un hogar al que podrá regresar por breves periodos de tiempo luego de sus agotadoras jornadas de trabajo. Todo irá bien en la vida de Robert, sin ninguna eventualidad y sin ningún problema; hasta que un día, sin avisar y como un incendio que arrasa con todo a su paso, la tragedia tocará a su puerta.

Ésta es la premisa de la sensible, portentosa y muy poética Train Dreams (2025), cinta que, entre sus múltiples ideas y reflexiones, logra centrarse en los momentos más importantes en las ocho décadas de vida de su protagonista. Dirigida con sumo cuidado y detalle por Clint Bentley (Jockey, 2021), se trata de un filme que resulta estimulante en su habilidad para retratar la cotidianeidad de una persona ordinaria, viviendo eventos tan comunes y mundanos como cualquier otro, pero que al mismo tiempo están llenos de significado.

Una cotidianeidad que remite, por un lado, al cine más naturalista de Kelly Reichardt y, por el otro, al lirismo visual de Terrence Malick. La película de Bentley también encuentra ciertas conexiones con la obra magna de Andrew Dominik: The Assassination of Jesse James by the Coward Robert Ford (2007), por la naturaleza anecdótica de su relato, su profundo desglose en torno a la condición humana y su manera tan bella de retratar lo inhóspito de las zonas boscosas, donde toma lugar gran parte de su historia. 

En ese sentido, Bentley también medita sobre la relación entre el hombre y la naturaleza, sobre la forma en la que la industria, en su búsqueda incansable de supuesto progreso, saquea los recursos de un territorio que, en ocasiones la tolera y, en otras, simplemente la expulsa. Y en los márgenes de este capitalismo salvaje se encuentra Robert, de manera silenciosa e invisible, casi como si fuese un fantasma atrapado en el tiempo, buscando una gran revelación que le otorgue paz. No obstante, sin asumirse como alguien más interesante ni relevante, su historia de vida, por muy pequeña que sea, se vuelve parte del todo de una manera mucho más trascendental. 

En última instancia, Train Dreams propone que, mientras buscamos comprender el porqué de las cosas, es mejor aceptar esa armonía con el universo como un misterio inherente al ser humano, incluso si sentimos que la vida se nos escapa de las manos. Al final sólo nos quedará un cúmulo de momentos, sensaciones y recuerdos. El dolor como prueba de que en algún momento existió la felicidad y la muerte como parte natural de la vida. Lo único que no podremos obtener en nuestro paso por este mundo, concluye Bentley, son las certezas absolutas.

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_707

 

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