La criminalidad es la más denigrante forma de degradación social. Desgraciadamente, tiene más aristas de las que nos imaginamos. Y no, no es peor en México respecto al resto del mundo, y mucho menos es exclusiva.
La página https://es.numbeo.com/criminalidad/clasificaciones-por-pa%C3%ADs, da cuenta de que el 83 % de la población mundial vive en países con un alto nivel de criminalidad y que esta va en ascenso. México en el 2025 figura en el lugar 44, entre los países con más alto índice de criminalidad, sorprendentemente a la par que Francia. Y en América Latina figura en lugar 20.
Podemos cuestionar este y cualquier reporte, pero lo cierto es que la criminalidad es un fenómeno global multidimensional, del cual sobre todo, no están exentos los países desarrollados, ni siquiera los países nórdicos, considerados de antaño, los más seguros del mundo. Hoy en Suecia, Países Bajos, Bélgica, las mafias ligadas al narcotráfico han logrado perturbar el orden social de manera dramática, tanto que hay barrios impenetrables para la propia policía.
La criminalidad es un cáncer que corroe la medula de la sociedad moderna. Parece intrínseca a la condición humana. Ha evolucionado a la par del conocimiento y del desarrollo tecnológico, haciendo cada día más difícil su combate y llegando a tener dimensiones trasnacionales. El crecimiento exponencial del consumo mundial de drogas es uno de los propulsores, pero no es el único, otro es el mercado de las armas, pero el determinante es la crisis moral de la sociedad.
No parece haber barreras de contención para los criminales. No les intimidan los estados, ni las democracias, ni la educación, ni la moral, ni las religiones, ni las familias, ni las leyes.
Y si el concepto de criminalidad se define como todo acto de: privación de soberanía y libertades, apropiación de territorios, explotación ilegal de bosques y recursos naturales, asesinatos, torturas, y despojo de bienes y derechos, llegaremos a la conclusión de que el top de la criminalidad son los genocidios y la criminalidad de estado y que el intervencionismo y el colonialismo -que siguen siendo pilares de las grandes potencias- cumplen de sobra varias características de gran criminalidad.
Obviamente, la criminalidad de nuestro México lindo y querido, no canta mal las rancheras, y no hay consuelo en que en otros lados sea peor.
¿Cómo fue que en el siglo XXI explotó la criminalidad? cuando se esperaba que la sociedad escalara a un nivel de humanismo y civilidad superior. Algunos sociólogos dicen que los criminales son salidos de familias disfuncionales que han vivido en la violencia. Otros la atribuyen al crecimiento de las desigualdades, dicen tener como origen la explotación de la miseria, y explican que a los criminales los mueve una sed de venganza social.
Se dice que “los criminales no nacen, se hacen”, pero hay la hipótesis de que existe el gen de la criminalidad. Y esta no se puede descartar porque de otra manera no se puede explicar que haya gente tan sanguinaria y cruel, que abrogándose la libertad de ser como les nace ser: roban, intimidan, torturan, violan y asesinan a sangre fría; evadiendo o desafiando la ley y el orden; coludiéndose o corrompiendo instancias judiciales y menospreciado la honestidad y todo tipo de valores.
La criminalidad es una forma de explotación, una forma de vivir a cosa de otros sin remordimiento alguno.
Criminales sanguinarios ha habido a lo largo de la historia en todas las sociedades. Los ingleses y los portugueses los utilizaban para la piratería; luego, igual que España los destinaron a las colonizaciones; tal vez por eso fueron tan sanguinarias. Más recientemente Francia integró criminales de todo el mundo en un ejército temible e implacable, la legión extranjera, y actualmente hay ejércitos de mercenarios, como el grupo Wagner. Toda sociedad debiera identificar y mantener bajo control a la gente con instinto criminal para que no contamine su sociedad. Pero por desconocimiento o ignorancia se les ha dejado sueltos, y ellos se juntan.
Las mafias o los carteles siempre han recurrido a reclutar ladrones, bandoleros, sicarios, y mercenarios, y/o infiltrar halcones en los cuerpos policiacos y/o negociar la protección de ejércitos y cuerpos policiales. Y el reclutamiento no siempre es voluntario, se recurre al secuestro, sometimiento y adiestramiento de niños y jovencitos para actos delictivos, justamente aprovechando que para los menores las leyes son laxas. Así, hay criminales explotadores y los explotados -que no llegaron por voluntad propia-.
El primer beneficiario de la delincuencia es la industria armamentista. Sin armas la violencia no hubiera alcanzado los niveles actuales. Y la industria de las armas, necesita conflictos armados de todo tipo: guerras, disputas territoriales entre carteles, el choque de estos con los gobiernos y todo tipo de delincuencia. Para ello, convino un crecimiento exponencial en la demanda mundial de las drogas, y por ello los carteles gozan de inmunidad en Estados Unidos y otros países liberales.
En Latinoamérica los carteles desde hace décadas ya no solo se ocupan del trasiego de drogas hacia los Estados Unidos. El mercado interno es enorme y representa una actividad muy lucrativa, libre de impuestos y obligaciones sociales, y sin un ejercicio contable estricto. Por eso la inducción y el consumo de drogas se da hasta en las rancherías más recónditas, lo cual es un indicador de degradación moral de la sociedad. El terreno fértil ha radicado en que: las relaciones interfamiliares cambiaron, se deterioró el papel rector de los padres, la educación extravió el papel formativo del ciudadano y normativo de los valores culturales, cívicos y sociales; las escuelas y universidades son ahora principalmente espacios de socialización más que de instituciones de educación; y los profesores, ya no se les respeta como transmisores de conocimientos y de cultura. La clase política, a pesar de la democracia – o tal vez por culpa de la democracia, perdió su brújula y está más ocupada y preocupada del arribismo que del papel del estado. Y todo eso ha sido deliberadamente inducido, porque a la economía liberal le conviene que la educación no forme grandes mentes, solo necesita consumidores.
El contrabando del alcohol se acabó en Estados Unidos, cuando se legalizó la venta y consumo. Desgraciadamente, no bastaría con legalizar las drogas para acabar con la violencia de los carteles, porque, aunque se legalizaran, ya hay una multiplicidad de ellos disputando el mercado, cosa que no dejaran de hacerlo.
Tampoco ha sido una solución el decomiso de las drogas, la destrucción de sembradíos y el desmantelamiento de laboratorios. Esto solo ha provocaron que los carteles hayan desdoblado sus actividades criminales; ahora no solo se ocupan del narcotráfico, están implicados en control de puertos, ordeña y tráfico de huachicol, robo y tráfico de minerales, tráfico de maderas, control del comercio de aguacate, del limón, de la uva, …
Y no solo eso, “el cáncer ha hecho metástasis y” se han multiplicado los grupos y actividades criminales –cobros de piso, secuestro, robo y tráfico de automóviles, trata de migrantes y de personas, extorsiones telefónicas, fraudes cibernéticos… La malicia de donde incursionar pareciera no tener límites; hacen uso de profesionales y de tecnología de punta, y parece ir un paso a delante de la ley. Es un modus vivendi, cada vez más y complejo y más difícil de combatir. Toda una tragedia social y una sangría para la economía
Y por supuesto, hay que agregar la corrupción como una forma silenciosa de criminalidad, que en principio no parece ser violenta, pero que en los hechos lo es, porque es apropiarse de parte de la riqueza que debía tener como destino el bienestar social y es una causa de profundización de las desigualdades. En el viejo sistema proliferaron políticos que de ninguna manera podrían justificar sus propiedades a partir de su salario. Pero esa tentación no ha cesado, sigue habiendo caciques y capos políticos, armando sus propios carteles o coludidos con ellos, brincando de partido en partido, blindando sus actividades criminales, reproduciendo la corrupción, comprando voluntades y silenciando inconformidades.
Y hay que agregar que hay carteles aparentemente invisibles, encubiertos o agazapados en recovecos de las leyes o bajo la sombra de la corrupción de jueces y el beneplácito de funcionarios de gobierno. Entre ellos están los carteles farmacéuticos, los cárteles inmobiliarios y el cartel fiscal o aduanero, más los que estén por ser descubiertos.
Todos sangran la economía nacional y todos amasan y acaparan recursos en forma deshonesta.
Así las cosas, la criminalidad parece indomable y por eso se tiene que combatir todos los días. Y no es que no se esté haciendo nada o no se haga nada. Cada día se invierte más en seguridad, se ha cerrado filas con el ejército, y la marina, se han multiplicado los cuerpos policiacos, se conformó la guardia nacional -que ha tenido avances significativos-, pero nada parece ser suficiente. Porque los criminales tienen sus propios cuerpos de inteligencia y se camuflan, se escabullen y se infiltran en los cuerpos policiales y militares; y usan halcones para informar a sus superiores, cuando y donde actuar y evitar enfrentamientos con la guardia nacional o los militares; atacan por sorpresa y preparan la manera de huir, y para eso utilizan los bloqueos y las quemas de autos… solo son valientes ante gente indefensa o atacando por sorpresa.
En conclusión, es innegable que la criminalidad es sumamente compleja, no se ha dimensionado correctamente y mucho menos con madurez. No es un problema de ahora, ni culpa ni responsabilidad de este gobierno, ni en forma exclusiva de la herencia maldita. Implica toda la sociedad, porque la corrupción y la degradación moral es social. Es un problema mundial y los móviles de la criminalidad son trasnacionales. Por tanto, es ilusorio esperar –y demagógico decir- que se va eliminar a corto plazo. Se tendrá que combatir, día a día. Pero por encima de todo, será impostergable la restauración moral de la sociedad. Para eso será necesario, reconocer el problema en su justa dimensión, reconocernos como una sociedad que tiene que confluir alrededor de los problemas cruciales y lograr un máximo de confluencia social.



