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Primer año: la complejidad

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Por: Carlos Eduardo Torres Muñoz •

Ha pasado una semana de que se cumplió el primer año de ejercicio en el gobierno de la primera mujer Presidenta de México: Claudia Sheinbaum, quien ha demostrado tener un estilo peculiar de gobernar, que se diferencia no solo de su antecesor inmediato, sino también del resto de quiénes han ocupado el cargo que ahora ella desempeña. Los análisis han sobrado: que sí la continuidad con cambio; que sí la prudencia; que sí los desafíos que no cesan; que sí, el largo etcétera. En este texto me gustaría realizar dos acercamientos a estos primeros doce meses de gestión de la Jefa del Estado: el primero, con relación al éxito, inusitado y acaso inesperado, que ha tenido en la conducción de las relaciones de México con un mundo convulso, en el que la poderosa sombra de nuestro vecino, amenazante como nunca en siglo y medio, acosa cada movimiento. La astucia que ha demostrado Claudia Sheinbaum, a partir de un movimiento insólito en la política mexicana, como lo ha sido conjugar con su anterior contendiente interno, Marcelo Ebrard, un equipo de rivales, emulando, valga el uso de la referencia, a Abraham Lincoln, en términos de la historiadora angloamericana Doris Kearns Goodwin (también se usó la analogía con Barack Obama y su incorporación de Hillary Clinton como Secretaria de Estado en 2008). Ello no debe restar mérito a la capacidad estadista de la Presidenta, sino por el contrario, tanto en la explotación de la experiencia y capacidades del ex canciller, como en su comunicación directa con Donald Trump, ha mostrado un autocontrol digno de un estudio de inteligencia emocional.

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El segundo aspecto, en lo relativo a lo interno, es sin duda, el liderazgo que debe ejercer sobre la coalición que la llevó al poder y que, en esa misma elección, se configuró como hegemónica. Como es sabido, tanto en la historia de México, como en cualquier democracia moderna, la gestión de movimientos políticos, tanto en su tránsito a la institucionalidad, como en la gobernanza misma de sus actores y expresiones, es todo un desafío, más aún en los tiempos complejos por los que atraviesa el mundo, en el que el poder tradicional y sus fuentes se diluyen a favor de fenómenos “líquidos”, temporales y transitorios. No es por lo mismo que, simplificando el desafío que implica para nuestro país esta reconfiguración político-electoral, como entenderemos el momento que atraviesa el gobierno de Sheinbaum. 

Es lo que ha evitado, quizá su mayor mérito: no nos ha arrollado la política internacional, agresiva, nacionalista y aislacionista del republicano que gobierna con su peculiar estilo a nuestro principal socio comercial y político; tampoco se ha producido una crisis de gobernabilidad que conduzca a una atomización tal del Estado mexicano, que supere a la lógica que imperó en los sexenios de la alternancia, en la que más que una federación, el país se asemejó a un archipiélago, integrado por islas y regiones que siguieron sus propias lógicas, estrategias y dinámicas de ejercicio de la estatalidad, lo que a su vez nos condujo a la situación de captura del Estado que aún prevalece en sendas regiones. 

Van pues estas brevísimas notas para incorporar perspectiva al análisis sobre este primer año de ejercicio en el gobierno de la primera Jefa del Estado mexicano.

@CarlosETorres_

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