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sábado, 18 mayo, 2024
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Rodrigo Ramírez del Ángel [Entrevista al autor de ‘Dinero para cruzar el pueblo’]

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Por: BEATRIZ PÉREZ PEREDA •

La Gualdra 616 / Literatura / Entrevistas

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Rodrigo Ramírez del Ángel (1985) es escritor, guionista amateur y catador de frijoles veracruzano. Ha sido becario del Pecda Nuevo León (2015) y del Centro de Escritores de Nuevo León (2022). Coescribió el guion del cortometraje Cómo hacer una nube, basado en un cuento de su autoría, que recibió menciones honoríficas en diversos festivales. Fue ganador del Premio Nuevo León de Literatura 2020 con la novela Dinero para cruzar el pueblo, y el Premio Nacional de Cuento Corto Eraclio Zepeda 2022 con el libro Tesis de la soledad. Después de vivir dieciocho años en Monterrey, ahora reside, de manera itinerante, en la Ciudad de México, rodeado de tres perritos que le exigen mucho.

 

Beatriz Pérez Pereda: Me llamó la atención la construcción de los personajes femeninos en Dinero para cruzar el pueblo, son estupendos (muy Madame Bovary de tu parte), en los agradecimientos dices las mujeres en tu familia te dejaban escuchar sus conversaciones, platícanos un poco de la creación de estos personajes.

Rodrigo Ramírez del Ángel: Una de las grandes frustraciones que sentía cuando era niño era estar rodeado de mis tías y mi madre, escuchándolas hablar y que de un momento a otro alguna me pidiera que me fuera porque iban a hablar temas sólo para adultos. Me ponía furioso. Llegaba con mis primos de mi edad y sus conversaciones me parecían pedestres y simplonas: era la plática que yo podía tener y si era la plática que yo podía tener, entonces era una plática que no me interesaba escuchar. Podría decir que mi mayor influencia literaria de la infancia fue el chisme. Y no sólo se limita a la infancia. Sigo siendo un paciente escuchador porque comparto la idea rulfiana de escribir historias que me cuentan. Con el tiempo, dejaron de pedirme que me fuera y poco a poco fui recolectando y creando en mi cabeza la construcción de mi familia, que, casualmente, está liderada, en su mayoría por mujeres de personalidad fuerte y reacia. Las fui conociendo a través de sus dolores, risas, partos, divorcios, abandonos, negligencias y sus búsquedas.

Cuando Dinero para cruzar el pueblo estaba en sus albores y noté que el personaje de Jade cobraba cada vez más importancia, lo tomé con suma responsabilidad. No sólo porque se requiere de sensibilidad y seriedad al escribir sobre los temas tan álgidos como la adicción y violencia que toco en la novela, sino porque quería mostrarle respeto a esa especie de cofradía que mi ánimo chismosón me dio con las mujeres de mi familia. La construcción de Jade, por ende, nace de la necesidad de que no fuera, ni cerca, una villana, como se podría entender si sólo leyéramos los primeros capítulos que rodean a Eusebio. Entonces, fui creándola como capas en una cebolla que surgen de diversas historias que he ido escuchando y recolectando en mi vida. Lo mismo hice con Ámbar, con Raquel, con Wendy.

También, al crear personajes para una historia de largo aliento, yo no busco que sirvan a la trama. Al contrario: cuando veo que un personaje existe sólo para eso y no se sostiene por sí mismo, trato de eliminarlo. A veces es imposible. Pero en general, busco crear personajes con contradicciones, en posiciones incómodas y los obligo a querer salir de ahí, sin importar su sexo o género. Creo que esa fórmula es la base de la creación de personajes bien construidos.

BPP: También me gustó esa exploración de las ciudades petroleras, toda la violencia y destrucción, decadencia social y ecológica que hay en sus asentamientos, es un tema que se ha tocado todavía poco en la literatura mexicana y del cual podría haber incluso un género “la novela del petróleo”, qué piensas de esto.

RRDA: Cuando viajábamos en carretera de Veracruz, ciudad donde nací y crecí, a Tuxpan, ciudad natal de mi madre, sabíamos que estábamos por llegar a nuestro destino cuando comenzaba un olor a caca. Pero en verdad no era caca lo que olíamos, era Poza Rica y su olor a petróleo. Recuerdo su paisaje de torres que subían y bajaban extrayendo; en Tuxpan, de casa de mi abuela se veían claramente los tanques de almacenamiento de PEMEX. Toda mi familia materna, de una forma u otra fue parte de PEMEX y el petróleo. Cuando comencé Dinero para cruzar el pueblo no pensé en el petróleo como un agente externo, sino como parte del telar fundamental de la zona que quise retratar. De niño yo no veía esos chacuacos echando humo negro como una degradación ecológica, sino como parte natural del escenario en el que crecía y mi familia se desarrollaba: era un todo: la selva y el petróleo.

La identidad social del petrolero y de las ciudades petroleras es, por decirlo de un modo eufemístico y ligero, curiosa. Un ejemplo claro es el hecho que, años atrás, al ser miembro del sindicato petrolero, los hombres gozaban del privilegio de que su familia directa gozara de los beneficios laborales de PEMEX. Y también una de las amantes y sus hijos. Creo que este dato curioso ejemplifica mucho de cómo estas ciudades y pueblos fueron forjando su propia cultura. Muchas de ellas son ciudades que nacieron por la mera casualidad de los yacimientos cercanos y, esto lo asumo, saben del peligro existencial en el que viven y que la supuesta ecología les recuerda constantemente: dejarán de existir en el momento que el petróleo deje de ser útil. Y sin embargo, el petróleo, para el imaginario y literatura gringa, es esta herramienta que genera millonarios, que violenta a comunidades locales, son historias de héroes, de valientes capitalistas, o de pobres pueblerinos abusados. Es el lugar de personajes enormes y violaciones prepotentes. En México, asumo que por culpa del centralismo sistemático, el petróleo se ve como algo lejano, quizá provincial, salvaje. Si hubiera pozos cerca de la Ciudad de México se asumiría como parte de la identidad nacional, como los asquerosos romeritos (que nunca vi uno, ni supe qué eran hasta hace unos meses). Pero a diferencia de ese imaginario gringo, y dispar de la idea salvajista del centralismo, en México, por muchos años el petróleo significó la promesa creación de una clase media, de un progreso colectivo, de una mejor y estandarización de la calidad de vida. Promesa que, como sucede, no llegó del todo.

La única novela contemporánea mexicana en la que el petróleo es protagonista y que conozco es Morir en el golfo de Héctor Aguilar Camín, que fue escrita el mismo año en que nací y que, denotando ese centralismo, es desde la perspectiva de un periodista que viaja hacia el mundo salvaje de la huasteca veracruzana. Y ahora que, desde la crisis del petróleo del 2016, ciudades como Coatzacoalcos o Ciudad del Carmen han perdido su aura de progreso para convertirse en vacíos políticos y económicos, quizá la novela del petróleo que no tuvimos se convierta en la novela de la ausencia que tenemos.

 

BPP: Dinero para cruzar el pueblo es una novela de mucha tensión, a veces cruel, de luminosas contradicciones, pero también muy divertida, incluso si ese humor es para atenuar el horror; cuándo dijiste “voy a escribir esta novela”…

RRDA: Fue casi sin planear. Empezó como una colección de textos que, con el paso del tiempo, empecé a notar que tenían ciertas similitudes y que algunos terminaron siendo versiones muy primigenias de capítulos de la novela. Pero fue hasta que escribí lo que terminó por ser el primer capítulo y empecé a jugar con la idea de las formas espejeadas de concebir el pasado -un personaje que no lo conociera y una mujer que quisiera no conocerlo-, fue que dije: aquí puede haber algo. No me atrevía aún llamarlo novela. Lo que sí sé, es que desde su concepción la idea principal era la contradicción: al escribir, siempre ponía a personajes que estuvieran fuera de su entorno natural y creo que el humor, de ahí, surge en automático. Y en efecto, fue un proceso que tomó mesura: no quería llegar al absurdo al que era fácil recurrir al tener un personaje gargantuesco como Eusebio, ni quería jugar unas olimpiadas del dolor, opresión y violencia con Jade. Intenté caminar sobre la cuerda floja para mantener el tono de la contradicción, de los opuestos, del reflejo.

Es curioso, porque ésta fue el tercer intento de novela que he hice, la segunda que terminé (la primera está enterrada en una bóveda inaccesible debajo de la Isla de Sacrificios) y durante momentos se sentía como un parto, o como lo que supongo que podría simbolizarse un parto, pero en retrospectiva, no fue sino hasta muy avanzada la escritura, quizá ya casi terminando el primer borrador, que dije: creo que esto es una novela. Y entré en desesperación porque, de repente, me sentí perdido, como incapaz de poder escribir lo que prácticamente ya había escrito. Es un proceso que se borró de mi mente y que resultó en un objeto que dice mi nombre y que se supone que escribí yo. Y por alguna razón igual de contradictoria, es un proceso que decidí que quería volver a vivirlo.

 

BPP: Cómo te sientes con esta segunda edición de tu novela, con la cual ganaste el Premio Nuevo León de Literatura 2020, y cuáles son tus planes sobre tus próximos libros, platica un poco a tus lectores qué es lo que viene.

RRDA: Mi acercamiento a la literatura viene del cuento. Y no me atrevería a decir que soy mejor cuentista que novelista, es más, no me atrevería que soy bueno en ninguna de los dos (a lo sumo, diría que se me facilita hacerlo), pero sí puedo aseverar que disfruto más escribir cuento. Y no porque sea más sencillo, ambos tienen sus complejidades y, dentro de mi cabeza, tengo más teorías y reglas para la escritura de cuento que para novela. Creo que es un trabajo más refinado y quizá, lo que me gusta a mí es sufrir. No lo sé. Confieso esto porque, pronto (espero en verdad que pronto) saldrán dos libros de cuentos de mi autoría. Uno de ellos, Tesis de la soledad, una colección de 23 cuentos cortos que ganó el Premio Nacional de cuento corto Eraclio Zepeda 2022. Y otro más, del que no quiero hablar aún porque los procesos editoriales son mañosos.

Con la reedición de Dinero para cruzar el pueblo sólo puedo sentirme alegre. El trabajo que la Editorial Gato Blanco ha hecho es magnífico, siempre atentos de mis terquedades y con una visión clara de lo que ellos buscan en sus libros. El Premio Nuevo León del 2020, para mí, fue un antes y después. Recibir un premio que ganó una de mis maestras, que tanto me enseñó, admiré y quise, Patricia Laurent Kullick, significó muchísimo. En mi proceso de considerarme escritor, siempre tendí a sentirme fracasado pese al aliento de algunos lectores. Sin embargo, desde entonces, ha requerido más y más esfuerzo mantenerme con esa baja autoestima.

 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/lagualdra616

 

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