La conferencia “Inteligencia emocional para mujeres desde la perspectiva feminista”, impartida por la especialista Cristela Trejo Ortiz, abordó la necesidad de replantear el concepto tradicional de inteligencia emocional para convertirlo en una herramienta que contribuya a la transformación social y al fortalecimiento de la autonomía de las mujeres.
En entrevista para este medio, Trejo Ortiz explicó que el objetivo de su conferencia fue analizar cómo la inteligencia emocional ha sido entendida históricamente y por qué resulta necesario reinterpretarla desde una perspectiva feminista.
La especialista señaló que el concepto de inteligencia emocional surge en un contexto anglosajón y fue desarrollado principalmente por autores provenientes de realidades de países del primer mundo, lo que ha influido en la manera en que se ha difundido y aplicado en distintos contextos.
Indicó que, en muchos casos, este enfoque tradicional reproduce concepciones que perpetúan los roles de género y las desigualdades entre hombres y mujeres.
“Se ha planteado que esas diferencias biológicas también son cerebrales, y que por naturaleza los hombres tienen mayor capacidad de racionalizar mientras que las mujeres son más emocionales o sensibles”, explicó.
Ante ello, señaló que parte del propósito de su conferencia fue reflexionar sobre la necesidad de reconstruir este concepto a partir de una mirada feminista, lo que denominó utilizar “gafas moradas”, es decir, una perspectiva crítica que permita analizar las diferencias entre hombres y mujeres más allá de las explicaciones biológicas.
Desde esta perspectiva, explicó que las diferencias biológicas corresponden únicamente al sexo, mientras que muchas de las habilidades emocionales o comportamientos han sido moldeados culturalmente a lo largo de generaciones.
Trejo Ortiz indicó que los roles de género y la educación machista han influido en el desarrollo de ciertas capacidades emocionales en mujeres y hombres, lo cual también se refleja en procesos asociados a la empatía y las llamadas neuronas espejo.
En ese sentido, explicó que estas habilidades no son naturales ni inamovibles, sino que se fortalecen o se debilitan dependiendo del contexto cultural y social en el que se desarrollan las personas.
La especialista agregó que los patrones culturales han generado una sobrecarga en la vida de las mujeres que no solo se manifiesta en el ámbito físico, sino también en los aspectos sociales, emocionales e incluso sexuales.
Por ello, explicó que durante su conferencia también planteó la necesidad de generar procesos de resistencia que permitan utilizar las herramientas de la inteligencia emocional para transformar estas condiciones.
“Las herramientas sí sirven, pero no para someternos ni para sobrevivir al trauma, sino para romperlo y empezar a construir otros modelos de cohabitar el mundo”, expresó.
Trejo Ortiz comentó que, desde una perspectiva feminista, la inteligencia emocional puede convertirse en una herramienta importante para la construcción política y social, ya que permite reflexionar sobre las distintas formas en que las mujeres habitan el mundo.
Asimismo, señaló que este enfoque también implica incorporar una mirada interseccional que permita reconocer las diversas realidades y contextos que viven las mujeres.
De acuerdo con la especialista, estas herramientas también pueden ayudar a enfrentar críticas o tensiones sociales sin caer en dinámicas de complacencia que en muchas ocasiones se imponen a las mujeres cuando buscan abrirse paso en distintos espacios.
Explicó que este análisis también contribuye a generar nuevas narrativas críticas que permitan cuestionar la responsabilidad social que históricamente se ha impuesto a las mujeres sobre múltiples comportamientos, particularmente aquellos relacionados con la autoexigencia o la culpa.
Durante su conferencia, Trejo Ortiz también abordó algunas de las habilidades que integran la inteligencia emocional, como el autoconocimiento, la autorregulación y la automotivación, las cuales consideró fundamentales para fortalecer los procesos personales y colectivos de las mujeres.
Sin embargo, señaló que estas capacidades no deben entenderse únicamente desde una dimensión individual, sino también desde la manera en que las personas se relacionan socialmente.
En ese contexto, destacó el papel de la empatía, un concepto que, a su juicio, suele utilizarse de manera superficial.
“La empatía se ha banalizado mucho; se dice que es ponerse en los zapatos del otro, pero en realidad es un ejercicio complejo que implica pensamiento crítico, comprender contextos distintos y analizar otras realidades”, explicó.
Añadió que la empatía también implica reconocer elementos como la interseccionalidad, los procesos de colonización cultural y las distintas formas en que las personas habitan su territorio y su historia.
Por ello, indicó que el objetivo no debe limitarse a promover una inteligencia emocional convencional, sino avanzar hacia un modelo de inteligencia emocional con perspectiva de género.
No obstante, precisó que esta tampoco es la meta final, ya que el objetivo más amplio consiste en avanzar hacia lo que denominó autonomía emocional feminista.
Este enfoque, explicó, plantea que la salud mental debe considerarse un eje prioritario en el desarrollo de las mujeres.
“No podemos hablar de inteligencia emocional si no hablamos de salud mental”, subrayó.
Asimismo, señaló que este enfoque busca integrar elementos como el autoconocimiento y la resiliencia, pero también fortalecer procesos colectivos que permitan recuperar la memoria y la historia de las mujeres.
Trejo Ortiz destacó la importancia de nombrar y reconocer las experiencias de las mujeres dentro de las familias y comunidades, con el fin de romper las narrativas de silencio que han marcado históricamente sus historias.
Finalmente, explicó que este enfoque también resulta especialmente relevante en contextos de violencia o crisis sanitarias, ya que estos escenarios suelen impactar de manera más profunda a las mujeres debido a que las responsabilidades de cuidado se incrementan y recaen mayoritariamente en ellas.
Por ello, concluyó que avanzar hacia una autonomía emocional feminista implica no solo fortalecer las capacidades individuales, sino también cuestionar y transformar las estructuras sociales que reproducen la desigualdad.



