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miércoles, 28 septiembre, 2022
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Zacatecas: la desoladora indefensión de las víctimas

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Por: MIGUEL ÁNGEL AGUILAR •

■ Historia y poder

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En los grandes latifundios zacatecanos y en muchas haciendas esclavistas que aun perduraban a principios del siglo pasado, fueron innumerables los atropellos en contra de sus moradores que pedían a gritos pan y trabajo para sus familias.

Una de esas haciendas fue en la que creció nuestro admirable Panchito Goitia, “el dios para sí mismo” y que en los anales de la historiografía reflejan que hubo la indolencia de las autoridades por esclarecer el atropello constante contra cientos de peones que se sublevaban al grito de sus miserias.

Aun cuando eran los ricos terratenientes dueños de leyes y vidas en Zacatecas, imperaba durante el siglo 19 una constante moral en que se debía respetar el pago de jornales en las tiendas de raya aunque fuera en especie, lo que ataba y esclavizaba de por vida a familias enteras que por el hecho de vivir en constante deuda, estaban sujetas a la humillación invariable, las enfermedades o la cárcel o el cementerio si eran mal ejemplo de protesta.

Fresnillo era pues uno de los centros neurálgicos de las mejores minas del indolente Porfiriato zacatecano que le proveyó a la alcurnia nacional y nativa, el dinero suficiente para comprar conciencias, armas y castigos, una de esas familias fue la de Alejo Ibarra, de triste memoria y  ascendencia en la que fue permanente el maltrato a los esclavos e indios en las haciendas agrícolas, ganaderas y del beneficio de minerales.

Liviana la hoja en que cayeron las acusaciones en contra de los amos enloquecidos y se perdió en el polvo de los vientos, liviana la balanza de la justicia a la hora de hacer justo el castigo para los que osaron agredir a las muchedumbres y único delito era tener hambre en la dura escases, en los saqueos de haciendas y mercados, de las mansiones de los señoritos que sin dejo alguno mandaban fusilar en triángulo a los sublevados de Fresnillo, de Ojo Caliente, de Juchipila y de Saín Alto.

Son tantas las fechas y los nombres en que miles de víctimas quedaron en la total indefensión y cuya promesa ha sido tal cual en el transcurso de los siglos sin que se les garantice erradicar el agravio del secuestro, del asesinato, de las fosas comunes, de la represión a sindicatos, del espionaje enfermo y muchos otros delitos que van contra de los derechos sagrados de los zacatecanos.

Ahí está el calendario de las fechorías, las cuadras enteras de documentos en que el pueblo encarrilado debe de ir a cotejar y verificar y sorprenderse por tales hazañas de la historia. Por ello nuestro Francisco Goitia, el esmerado y sorprendente pintor que es orgullo de nuestro estado y del país entero, fue tan singular y decidido a ser solidario con el alto peonaje del que estaba rodeado y a quien vio morir en la peor de las miserias, pero también sublevarse en la mejor de las épocas en que se iniciaba un siglo que al mundo sorprendió en su inocencia.

Esta exigencia sigue vigente, pero hay temor, dolor e indignación. ■

 

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