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sábado, 1 octubre, 2022
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El ciclo presupuestal: el festín de las máscaras

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Por: RAYMUNDO CÁRDENAS VARGAS • Araceli Rodarte •

Durante el proceso de asignación presupuestaria, el gobierno establece sus prioridades, asigna los recursos y refleja las decisiones sobre sus responsabilidades y la administración de recursos para, por ejemplo, garantizar el acceso a la salud, mantener el equilibrio fiscal, proveer a los ciudadanos de fuerzas de seguridad o construir caminos.

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Se trata de un proceso dinámico, de negociaciones y toma de decisiones que se desarrolla en esferas formales (cuerpos legislativos, partidos políticos y secretarías del Poder Ejecutivo) e instancias informales de negociación e incidencia, que muchas veces son fundamentales en la decisión. Recordemos que el ciclo presupuestal tiene cuatro etapas: elaboración, aprobación, ejecución y evaluación. Pero las etapas se manejan de muy diversa manera según el modelo presupuestal adoptado. En la Ley de Contabilidad Gubernamental está establecido el modelo de  presupuesto por resultados, lo cual supone superar la idea de presupuestos inerciales por insumos y las asignaciones  sólo por programa, y entender que el presupuesto no es un mero flujo de caja, sino el instrumento de planeación de una serie de objetivos de políticas de desarrollo. Los sistemas de presupuestación por resultados han subrayado la necesidad de medir los costos y han tratado de desviar el exceso de atención prestada a los insumos orientándola hacia el producto. Se subraya la necesidad de mejorar la clasificación de las transacciones del sector público y la medición del costo, de la eficiencia y eficacia de los programas del gobierno una vez terminados. La virtud principal de esta innovación ha sido la de imponer una expansión del proceso presupuestario, en cuyo marco se han considerado de modo expreso el programa de trabajo, su costo y su eficacia.

Sin embargo, este esquema presupuestal está enmarcado en los límites de una visión gerencial altamente burocratizada. Por tanto, entienden la innovación como asignación de recursos con criterios costo-producto de los programas, y quedan excluidos los indicadores de impacto real de los problemas y los indicadores del efecto del presupuesto sobre la equidad social. Esto cuando se hace de acuerdo con los supuestos de la norma, lo cual no es así en la realidad. En general se trata de ciclos presupuestales inerciales por incrementos, disfrazados en formatos por resultados. Esto se deja ver claramente en la etapa de aprobación presupuestal, porque en los órganos responsables de la aprobación no se justifican las decisiones de gasto con base en indicadores que hubieran medido los resultados de los programas en el ciclo anterior. Es un festival de simulación donde el criterio de asignación es el cálculo político. En los órganos de aprobación se deja todo como el Ejecutivo lo envía y se dedican a estirar o repartir los pequeños márgenes de recursos para las diferentes fracciones de las fuerzas políticas ahí representadas. Muy lejos de pensar en los esquemas de Presupuesto-Cero o Presupuesto participativo. Si no hacen evaluación del ciclo anterior, ¿es real el ejercicio de presupuesto por resultados? ¡Eso es imposible! En suma: corremos el velo al festín de las máscaras.

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