La Gualdra 691 / Cine
JB Mooney (Josh O’Connor) es un hombre desempleado y sin muchas ambiciones laborales que vive en una pequeña ciudad de Massachussets, en compañía de su esposa Terri (Alana Haim) y sus dos hijos, Tommy (Jasper Thompson) y Carl (Sterling Thompson). Un día, de visita en el museo de Framingham, mientras los niños corren entre los pasillos y su esposa aprecia las pinturas desde una banca, JB abre una vitrina y roba algunas figuras pequeñas que se encuentran en exhibición. Los guardias del lugar ni siquiera parecen reparar en su presencia, uno de ellos incluso se la pasa dormido la mayoría del tiempo.
Todo esto en realidad se trata de una prueba que le permita verificar las vulnerabilidades del museo, pues JB planea realizar un gran atraco en compañía de una banda de colaboradores bastante mediocre. El objetivo es hacerse con cuatro pinturas abstractas de Arthur Dove.
Lo que en un inicio parece ser un plan bastante sencillo, poco o a poco se encaminará hacia una serie de desventuras para el protagonista, quien deberá lidiar con traiciones, interrogatorios, investigaciones de la policía, viajes por carretera y el desinterés de prácticamente todos los que lo rodean, incluyendo su propia familia.

En The Mastermind (2025), la prolífica realizadora Kelly Reichardt (Certain Women, 2016; First Cow, 2020) contextualiza su relato en 1970, año que fue marcado por diversos conflictos sociales y políticos relacionados con la administración de Richard Nixon, la guerra de Vietnam, las marchas en contra de dicha intervención militar, el movimiento hippie, entre otros. Todas estas problemáticas ocurren en las calles o en la televisión, ante los ojos del protagonista, quien se muestra poco o nada interesado en las mismas.
La cineasta orienta su relato en una dirección completamente opuesta al género de las heist movies, es decir, películas de atracos o de robos imposibles con esquemas hiperelaborados y que salen a la perfección. Por el contrario, se muestra más interesada en retratar los fracasos diarios de un personaje distante y ensimismado mientras el mundo a su alrededor se cae a pedazos.
Fiel a su estilo particular, Reichardt centra su atención en situaciones ordinarias y eventos mundanos, sin demasiadas parafernalias ni exageraciones, siempre capturando el movimiento de lo cotidiano con enorme detalle. Bajo dicha propuesta de corte anticlimático, la cineasta medita en torno a las frustraciones de un individuo atrapado dentro de una normatividad que le exige fungir cierto rol y obrar bajo un determinado estándar, pero que ha fracasado en el proceso.
Y es en medio de esta derrota donde se asoma el desencanto y la indiferencia, pero también la melancolía y el anhelo por lograr algo significativo, sin importar cuáles sean los medios para conseguirlo. Para tal efecto, se vuelve notable la interpretación de O’Connor, encarnando las múltiples capas de un hombre distante y perdido dentro de sí mismo, todo el tiempo luchando entre lo que es y lo que le desearía ser, con un registro muy similar a lo que hizo en La Chimera (Alice Rohrwacher, 2024).
Entre el absurdo y la ironía, Reichardt construye, en última instancia, un relato sobre un miedo que se percibe tan antiguo como actual, tan clásico como moderno y tan real como ficticio: el temor de cualquier persona por descubrir que su vida se le ha escurrido de las manos y que ha llegado demasiado tarde para ser el protagonista de su propia historia.
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