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domingo, 4 diciembre, 2022
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■ Con el sentimiento público, nada puede fallar; sin él, nada puede tener éxito. Abraham Lincoln.

Convencer, convencer, ¡convencer!

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Por: Carlos Eduardo Torres Muñoz •

Vivimos épocas de democracia compleja. Un contexto en el que las certezas, las teorías, las respuestas y soluciones, obedecen a otros tiempos. Nos encontramos inmersos entre opciones, que por sí solas, no corresponden al tamaño de los desafíos que enfrentamos: la tecnocracia, con el elitismo que la desfondó de base social y que al final demostró las competencias que se requerían para gestionar la transformación que trajo consigo el nuevo siglo; frente a ésta, un populismo que explota certezas inaplicables por inexistentes, a partir del simplismo y de la gestión, no de la crisis, sino de las emociones políticas que genera tal crisis, provocando irracionalidad, en circunstancias en que solo un extraordinario esfuerzo de racionalidad nos permitirá aprovechar la revolución que vivimos hoy, sin perder el futuro en la pretensión de alcanzarlo más rápido.

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Quizá lo anterior pueda ser un buen comienzo para explicar la razón de tener gobiernos ineficientes pero populares y a la inversa, eficientes en las cifras e indicadores que no estén relacionados con el respaldo popular. Si gobernar es comunicar y viceversa, se comunica gobernando, tenemos dos impresionantes retos enfrente. Como puede advertirse, la comunicación ha evolucionado de manera impredecible hace apenas unos años; la gestión pública encontró nuevos problemas, superiores a sus capacidades, inmanejables desde el marco teórico, legal e inclusive, territorial. 

Mientras en el esquema anterior la comunicación era entendida como un asunto rutinario y los escándalos, apenas un cotidiano sobresalto, en algún sector, para algún actor determinado, a partir incluso de la dinámica impuesta por los medios tradicionales (noticias en la mañana, corte a medio día, conclusiones del día por la noche), hoy la comunicación es un ejercicio minuto a minuto, todos los días, sin excepción y apenas con menos intensidad, tratándose de la atención del público. Si el gobierno no aparece, las personas interactúan por canales dispuestos a su voluntad, produciendo la presión y exigencia de un aparato institucional de comunicación en alerta permanente. Los vacíos comunicativos les crecen a las instituciones con dimensiones superiores a las primeras planas.

En tanto, la tarea de gobernar exige especialización técnica para el “Estado profundo”, y generalidad (no superficial) para los tomadores de decisiones. Los problemas públicos son cada vez más complejos, no sólo por su tamaño, sino por las características multifactoriales que los acompañan. Las decisiones públicas son hoy todo, menos simples. Ni el gradualismo alcanza ya ni la resignación entre “tomar la menos mala o peor de las decisiones”, consuela en la cascada de problemáticas, cuyo ritmo tiende a confundirse como causalidad, siento toda causalidad. 

Todo este antecedente puede no tener ni una coma de novedad: las redes sociales y su impacto en la comunicación son un asunto que todos los días se trata de explicar; la necesidad de profesionalización, la convivencia entre la técnica y la política, en la tarea de gobernar, es una receta ya de dominio popular. Sin embargo, el argumento sobre el que busco llamar la atención es el renacimiento de la política como el arte del convencimiento. La política como un ingrediente presente en todas las relaciones humanas, y que tiene especial importancia en la cosa pública: desde la convivencia vecinal, la vida en comunidad, los intereses contrapuestos entre sectores, grupos u organizaciones, hasta la negociación parlamentaria, el acuerdo interinstitucional, el diálogo intersecretarial, la deliberación de gabinete (sea en la Corte, en la Secretaría, o en cualquier instancia u oficina). Y es que convencer se vuelve una labor insustituible en el ejercicio del liderazgo, que supera por mucho ya a la del mando. La disposición y la capacidad para hacer coincidir voluntades se va posicionando como la fórmula efectiva de eficacia y eficiencia en todas las organizaciones humanas. Pero convencer también se ha vuelto una acción de complejidad. La información sobra, los medios para emitirla y recibirla también. Los mecanismos para la manifestación de inconformidad y las garantías para proteger dicha inconformidad, progresan. La libertad se amplía. No debe haber queja, se trata de un salto cultural hacia el progreso, luego entonces, la respuesta es la evolución de nuestros esquemas de organización. El ejercicio de la deliberación como práctica para gobernar, gobernarnos. Deliberar para entender la información que nos llega como público, deliberar con la sociedad para encontrar la forma de responder. Comunicar en una senda de ida y vuelta. Formar, informar, escuchar, hablar. Debatir, dialogar, entender, proponer. Respetar, interactuar, evaluar, adecuar. En fin, deliberar: convencer, convencer, ¡convencer!

@CarlosETorres_

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