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miércoles, 1 diciembre, 2021

El niño afgano Murtaza pide auxilio a Messi

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Por: Mauro González Luna •

La voz de un niño afgano cimbra hoy conciencias libres. Desapareció la esperanza en horas y se hizo la tristeza y la tragedia en Afganistán al volver los talibanes. Terminado agosto, el fanatismo lanzó fuegos artificiales en Kabul para celebrar un triunfo que aterra, y para poner en vergüenza a Estados Unidos y a Occidente. Y en medio del caos, Murtaza Ahmadi, de 10 años, pide auxilio al mundo porque “quiere jugar al fútbol en paz”.

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La ternura infantil es la que vence a la iniquidad, a la indiferencia, a la mezquindad de tantos. La palabra de Murtaza pone en evidencia la vaciedad generalizada de la retórica política de hoy en el orbe.

La rendición del gobierno estadounidense en dicho país se ubica en la esfera de lo absurdo. ¿Por qué de lo absurdo? Por la desproporción abismal en poderío, por los antecedentes conocidos de un adversario despiadado con niños y mujeres especialmente, y por lo previsible de sus consecuencias.

La catástrofe humanitaria que viven los afganos, consecuencia obvia de tal rendición, nunca debió ocurrir. Capitulación incomprensible a la luz de la razón. Un cíclope, cabeza de un Occidente sin alma, derrotado por su propia estulticia, banalidad y torpeza; el hazmerreír de talibanes.
Sahraa Karimi, cineasta afgana, en entrevista con la BBC, palpó hace pocos días, que el mundo le había dado la espalda a Afganistán, y que la oscuridad comenzaba de nuevo su tiranía. “Estoy en peligro, pero ya no pienso en mí. Pienso en nuestra generación. Pienso en las niñas… Hay miles de mujeres hermosas y talentosas en este país”.

Hijas de Afganistán que pisan una delgadísima capa de tierra que se resquebraja en el abismo, en la desesperanza. ¿Dónde están las manifestaciones masivas del feminismo mundial? ¿Solo defiende el aborto de inocentes, el envejecimiento suicida de la humanidad y cuestiones similares?

Freshta Karim, defensora de derechos humanos de la niñez, le comentó al mismo medio: “Los talibanes no cambiaron. Fuerzan a las mujeres a casarse y creo que esa es la peor venganza que tienen contra nosotras”.

Por otro lado, el general David Petraeus, ex comandante en jefe de las fuerzas de Estados Unidos en Afganistán, desmintió y lamentó las siguientes palabras de Biden: “Las tropas estadounidenses no deben luchar y morir en una guerra en la que las propias fuerzas armadas afganas no están dispuestas a luchar”. Petraeus señaló al respecto según el New Yorker y el diario alemán, Taggeschau: “Los hechos son que 27 veces más fuerzas de seguridad afganas han muerto luchando por su país que estadounidenses. Lamento esta declaración porque desde mi época como comandante sé lo duro que los afganos lucharon codo a codo con nuestros hombres y mujeres de uniforme”.

La del poderoso país amigo, desmoronó la moral del débil gobierno y frágil ejército de Afganistán. Había otras alternativas a esa retirada -irracional- comentó Petraeus, esgrimiendo como argumento la estrategia de muy larga duración en el caso de Corea.

Y en medio de caos y desesperación, sobrevino el ataque de terror en las afueras del aeropuerto de Kabul -que se adjudicó el Estado Islámico que compite en iniquidad con los talibanes-, dejando más de 100 muertos, entre ellos, al menos 13 militares norteamericanos. ¡Vaya forma de dar protección señor secretario de la OTAN! La estulticia se paga caro: un desastre, un naufragio de política internacional, y Biden celebrando el “éxito” de la retirada; la política internacional convertida en tragicomedia.

Hay una frase memorable de Sófocles que arroja luz a lo que sucede en Afganistán. Frase pronunciada por Pompeyo Magno, general romano derrotado por Julio César en Farsalia, cuando presintió su muerte buscando asilo en tierras egipcias; tierras que al final lo traicionaron, cortándole la cabeza y exponiendo el resto de su cuerpo al escarnio público. Frase que dice:

“Quien negocia con un déspota, él es realmente su esclavo, por más libre que se crea”.

La causa próxima de la rendición se remonta a la negociación de Doha. Allí se firmó un acuerdo el 29 de febrero de 2020, entre el gobierno trumpista y los talibanes. En Doha se negoció con los verdugos de mujeres la retirada de Estados Unidos, tras 20 años de estancia en Afganistán.
A dicho acuerdo se le llamó -con sarcasmo seguramente-: “Acuerdo para traer la Paz a Afganistán”. Los hechos en este agosto de 2021, demuestran con claridad que no fue un pacto de paz, sino una rendición de consecuencias aterradoras para propios y extraños, harto previsibles. El grito de Murtaza, su deseo de jugar en paz, es el mejor mentís al cínico título de tal acuerdo.

Acuerdo ese que no estipuló garantía alguna para salvaguardar los derechos humanos de las mujeres. Algo insólito en la historia de la diplomacia dados los antecedentes de la conducta de los talibanes. ¡Pero sí se pactó liberar a un sinnúmero de prisioneros talibanes! ¡Qué mundo enfermo de esquizofrenia! Representa todo ello una infamia.

Al negociar con hombres despiadados, el gobierno de Estados Unidos se hizo realmente esclavo de tales secuaces del terror, por más retórica, por más libres que se crean los gobernantes estadounidenses.

Biden tuvo la oportunidad de denunciar tal acuerdo pues los talibanes no cumplieron con la obligación de entablar negociaciones de paz con el gobierno afgano, según lo señalan ex funcionarios del gobierno de Estados Unidos. En suma, Biden consumó la capitulación acordada insanamente por Trump y Pompeo en Doha, año y medio antes.

Pero, ¿qué más se puede esperar de un régimen que abandona cobardemente a niñas y niños afganos, que impide que migrantes pobres -incluyendo niños- logren su objetivo de salvarse de hambre y violencia, en violación del derecho internacional? El decir que son ellos “ilegales” es un pretexto hipócrita, mezquino, encubridor de racismo repulsivo.

Y frente a la hecatombe humanitaria, una narrativa cínica de las altas esferas del poder occidental. Para muestra de ello, un botón: el secretario general de la OTAN declaró: “Nuestra misión era proteger a Estados Unidos y no a Afganistán, y lo hemos conseguido”. Declaración esa, mezquina por decir lo menos.

Y ayer, para resumir la tragedia afgana, el grito de auxilio de un niño afgano de 10 años, Murtaza Ahmadi, pidiendo ayuda a Messi, su ídolo desde los 5 años, según información de la agencia Efe: “ESTOY ATRAPADO EN CASA Y NO PUEDO SALIR PORQUE TENGO MUCHO MIEDO A LOS TALIBANES… . POR FAVOR SÁLVENME DE ESTA SITUACIÓN. QUIERO JUGAR AL FÚTBOL EN PAZ”.

La responsabilidad por la hecatombe humanitaria afgana recae en el gobierno de Estados Unidos; ello es incuestionable desde todas las perspectivas: morales, políticas, jurídicas, militares.

Es tarea de todo ciudadano del mundo, levantar la voz contra la iniquidad política -que afecta a millones- dondequiera que se presente; callar es cómodo y muestra complicidad, indiferencia o cobardía.

No hay duda que las palabras de Sófocles son más que atinadas: quien negocia con tiranos, con terroristas, con déspotas, con traficantes de la dignidad e integridad humanas, por más libre que se crea, se transforma en esclavo de ellos para ruina de él mismo, y de muchos inocentes.
La decadencia de Estados Unidos, otrora campeón de las libertades en la Segunda Guerra Mundial contra los nazis y su banalidad del mal, y la de Occidente, una vez adalid del orbe, es palpable. Tal decadencia no se ha consumado, pero avanza sin freno; han abandonado sus raíces fundadoras, sus valores trascendentes basados en la dignidad de todo ser humano.

Urge un reencuentro de Occidente con esas raíces, con esos valores culturales que vienen de muy lejos: de Belén, de Grecia, de Roma, y que se injertaron en diferentes áreas del mundo a través del mestizaje de estirpes, para dar nacimiento a grandes y pujantes grupos sociales.
Valores universales que defendieron antaño figuras como Carlomagno, San Luis Rey de Francia e Isabel I de Castilla, y no hace tanto, con grandeza católica, Konrad Adenauer, Alcide De Gasperi, Robert Shuman y Jean Monnet. Todos ellos, figuras destacadísimas, en contraste con tanta mediocridad, con tanta nulidad política de hoy en el mundo, encubierta con retórica barata.

Esas insignes figuras públicas se ganaron a pulso: respeto y reconocimiento; no por el hecho mismo de ostentar altos cargos, sino por la altura de miras, por el cumplimiento cotidiano, incluso heroico en ocasiones, de las altas responsabilidades entrañadas en los cargos, por las tareas realizadas a cabalidad en beneficio de sus pueblos y de la civilización, en apego al derecho y en búsqueda de unidad social como garantía de éxito político y moral.

Dedico este artículo con enorme afecto y esperanza a Murtaza Ahmadi, el valiente niño afgano, y a todos los que buscan refugio huyendo del terror, de la miseria, a pesar del racismo de tantos; y a la memoria de las grandes personalidades antes citadas, con la esperanza de que su vida y su obra sean ejemplo para las nuevas generaciones de juristas, líderes sociales y políticos por venir, a fin de que la política recobre su prestigio como servidora del Bien Común de cada país y del mundo. ■

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