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martes, 24 mayo, 2022
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El fin del análisis

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Por: ALBERTO VÉLEZ RODRÍGUEZ • ROLANDO ALVARADO FLORES •

En el artículo “Autopsia del Crack” (Confabulario, 9 de abril de 2016) Christopher Domínguez Michael relata un incidente relacionado a Jorge Volpi acontecido en abril de 2011. El autor de “El fin de la locura” pronunció una conferencia en la Universidad de Castilla-La Mancha donde criticaba la política contra el narcotráfico de Felipe Calderón. La impartió en su función de consejero cultural de México en Italia, por lo que se ganó el despido. Según Domínguez Michael el texto “era, como casi todo lo que escribe, fofo”, aun así, el diputado Antonio Benítez Lucio, del PRI, propuso un punto de acuerdo para hacer un extrañamiento a la, en aquel entonces, secretaria de relaciones exteriores Patricia Espinosa Cantellano (Gaceta de la Comisión Permanente, 3/08/2011). Ya antes, Domínguez Michael había emitido juicios respecto de la obra de Volpi y sus compinches del crack. Si se consulta el número 63 de la revista “Letras Libres”, de marzo de 2004, se puede leer el artículo “La patología de la recepción”, donde el autor de “La utopía de la hospitalidad” escribió: “…las novelas del crack son un conjunto heteróclito de narraciones desiguales (y algunas pésimas) cuya bandera de salida es un falso cosmopolitismo”. De nuevo, en la referencia ya citada de 2016, vuelve sobre el asunto y sostiene que: “El realismo comercial del Crack y su delirio autobiográfico fue un retroceso en la narrativa mexicana y tan es así que no están actualmente en ninguna lista de autores interesantes”. Un estudio más detallado que el ofrecido por Domínguez Michael se puede leer en: “Ruptura y continuidad. Jorge Volpi, el crack y la herencia del 68” de Burkhard Pohl (Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, 30(59), pp. 53-70 (2004)), aparecido en el mismo año que las opiniones del ilustre miembro de El Colegio Nacional. De esta última referencia es claro que el crack fue una estrategia comercial destinada a vender libros, una reestructuración de lo hecho por la “Gauche divine” de Barcelona para impulsar el “Boom”. Algo se debe resaltar del artículo de Pohl, en el párrafo final de la página 58 dice: “…los escritores emergentes se encuentran en la ambivalencia de tener que ganarse la atención mediática con la ayuda de los mecanismos de mercado que abominan”. Un dilema semejante es uno de los ejes de la novela de Volpi “El fin de la locura”, y el episodio de las críticas del autor de “A pesar del oscuro silencio” hacia la “guerra contra el narco”, rememorado por Domínguez Michael, confirma la presencia de una contradicción entre lo dicho y lo actuado. Ni el mismo autor escapa al mecanismo que narra. Entonces, un breve recordatorio del argumento de “El fin de la locura” resulta útil. Durante el mes de mayo de 1968 despierta, en París, el psicoanalista mexicano Aníbal Quevedo. Tiene más de 40 años, quizá nació en los 1920, no recuerda su pasado, pero tiene una gran cantidad de dinero en su cuenta bancaria. He ahí la primera condición del redentor de izquierda: tener dinero, o un mecenas adinerado. Su travesía lo lleva a entablar relaciones cercanas con los mandarines del estructuralismo francés: Jacques Lacan, Roland Barthes, Michel Foucault y Louis Althusser Estos académicos son presentados en toda su misera humana. Volpi no sabía de las acusaciones de pederastia contra Foucault o las hubiese invocado. Por su parte, Althusser es un asesino demente, Lacan un abusador de mujeres y Barthes un estafador. Tal es la segunda condición del intelectual: tener amigos influyentes en la academia y emularlos. Se enamora de una disidente, guerrillera y mártir de la izquierda llamada Claire Vermont. También psicoanaliza a Fidel Castro y Carlos Salinas de Gortari, conoce al subcomandante Marcos y forma comisiones de la verdad con Carlos Monsiváis. Organiza un “Coloquio de Verano” y tiene por críticos feroces a los miembros de la revista Vuelta, incluido un tal Christopher Domínguez, que a pesar de todo termina compilando las obras completas con fondos del gobierno. La tercera y última condición del intelectual es entrar en relaciones con el gobierno, para alabarlo o criticarlo. Nunca estar al margen del presupuesto, o si se llega a estar, que no sea por mucho. No resulta difícil notar cuál es la crítica de Volpi y menos resaltar la contradicción entre decir y hacer. Criticar, denunciar, exigir, al poder es la labor del intelectual, y lo hace con la esperanza de un día lograr relacionarse con éste para continuar su trabajo. Es decir, el gobierno debe pagar para que le peguen, pero no mucho, y el intelectual debe golpear, pero no muy fuerte. De ser necesario, inmolarse de cuando en cuando. Aníbal Quevedo, cuya trayectoria vital recuerda la de dos escritores muy famosos (Octavio Paz, Carlos Fuentes), se vuelve de izquierda revolucionaria en mayo de 1968 en Francia, de la mano de Claire, tal es su “locura”. Para llegar al final de ésta Volpi asume el concepto lacaniano: el paciente debe querer finalizarla, llegar al fin del análisis. Quevedo lo asume y deja atrás los sueños utópicos, pero esto conlleva consecuencias. Como dice Claire en la página final del libro: “no pienso renunciar a la locura”. Y lo mata.

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