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domingo, 22 mayo, 2022
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Miedo a la verdad y exaltación occidental del odio

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Por: Mauro González Luna •

Occidente tartufo, hoy en culpa histórica, en culpa ética, grita a diario: ¡viva la libertad de prensa, de expresión, de pensamiento! Grito ese retórico, que no equivale a desear realmente tal libertad. Lo que desea es: pensamiento único, sumiso, degradado, unipolar, homogéneo, acrítico, en otras palabras, irracional.

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¿Por qué irracional? Porque traiciona a una razón que busca la verdad de las cosas por medio del choque de las ideas, como lo hizo Platón en sus diálogos; porque obstaculiza el atisbarla dados los límites del entendimiento; porque anula el debate público y la dialéctica que ponen a prueba los argumentos y las variadas cosmovisiones; porque su propósito es imponer fetiches, estereotipos e ideologías sodomitas, antinaturales, que atrofian inteligencias y voluntades; porque promueve odios, racismo, desigualdad escandalosa.

Y el medio al que recurre ese Occidente en culpa, es el control que se ejerce sobre la mentalidad pasiva de cientos de millones de consumidores -que no de ciudadanos-, a través de los medios masivos de comunicación al servicio del statu quo militarista-financiero, de las redes sociales mediatizadas, de los sistemas de espionaje colectivo como los denunciados valientemente por Snowden o Assange, por ejemplo.

Tal control de la psique de multitudes es la clave de la dominación neoliberal, conforme al lúcido pensamiento de Chul Han, filósofo coreano, condensado en el término: «psicopolítica». Si controlas la psique de un pueblo, todo está perdido para la libertad y todo ganado para la dominación del hombre por el hombre.

Occidente, fruto del colosal esfuerzo cultural del cristianismo que abrevó en las fuentes grecolatinas, es hoy, por desgracia, un remedo de civilización, un tumulto de hipocresías, un simulacro doloroso, contrafigura de pluralismo. Le teme cobardemente a la verdad, a la libertad, al debate, a la genuina comunicación humana. Evidencia de ello es la muy reciente censura impuesta por Europa y otros sitios, a los medios de comunicación rusos.

¿Dónde está la libertad de pensamiento? ¿Por qué se priva a tantos de la otra versión de los hechos relativos a la crisis decisiva que hoy vive el mundo? ¿Acaso a los europeos se les considera menores de edad, incapaces de formarse un criterio cierto acerca de los acontecimientos, a la luz de las evidencias objetivas proporcionadas por medios alternativos? ¿Son ineptos para distinguir entre propaganda y verdades documentadas? ¿Se anhela tapar el sol con un dedo en cuanto a montajes y noticias falsas diseminadas por Occidente, y ya descubiertos?

¿No desean que se divulgue el importante ascendiente en el gobierno ucraniano de grupos neonazis que glorifican a Stepán Bandera, colaborador de Hitler en la Segunda Guerra Mundial cuando éste invadió la URSS? ¿No desean que se sepa acerca de los miles de muertos prorrusos -niños, mujeres, ancianos- en Donbass, durante ocho años de asedio por parte de Ucrania en violación de los Acuerdos de Minsk, que eran la salida pacífica a la guerra civil provocada por el golpe de Estado contra el gobierno ucraniano prorruso en 2014, con el apoyo del gobierno de Estados Unidos?

¿Desean acallar el hecho descarnado de la expansión militarista de la OTAN hasta las puertas mismas de Rusia, en artera provocación que ha dado pie a la operación militar de hace días en Ucrania para desmilitarizarla, no para apropiársela, simulando Occidente no recordar la dramática crisis de los misiles de Cuba en los años sesenta del siglo pasado, ni las falsas promesas de Occidente a Gorbachov de no expandirse un milímetro hacia el Este, a raíz de la desintegración de la URSS en 1991?

Padece Occidente hoy el síndrome de horror a la verdad y predilección por la hipocresía: ve la paja en el ojo ruso y no la viga en el suyo: Irak, Libia, Afganistán, Siria, Yemen, Yugoslavia y un largo etcétera que lo exhibe desnudo. Se dice adalid de las libertades y el derecho, y los coarta de múltiples maneras en sus propios países y fuera de ellos, como ahora con la censura de los medios rusos. ¡Qué vergüenza!

¡Cuántos consumidores de mentira en Occidente, incapaces de reflexión y análisis de los hechos y la historia, loros repetidores de las consignas que publican los medios de Estados Unidos y Europa, replicados sin recato, salvo alguna excepción, por los de los países tributarios del neoliberalismo anglosajón! Por fortuna hay personas inteligentes en todos lados que meditan las cosas en su justa dimensión, como Chomsky desde el ala izquierda, y otros personajes de centro derecha como un sensato ex vicealmirante alemán que tuvo que renunciar recientemente por la presión de su nuevo y gris gobierno.

Pero no le basta a Occidente imponer el pensamiento sumiso, la irracionalidad, el destierro de la búsqueda de la verdad con la censura burda, sino que ahora se esmera en fomentar el odio racista a todo lo que signifique Rusia y rusos. Niños rusos insultados en Europa, por ejemplo; deportistas discriminados absurdamente; expresiones xenófobas contra Rusia y su gente de funcionarios de Estados Unidos y Europa, imitadas de inmediato por sus pueblos, atizando el fuego para beneplácito de los mercaderes de armas, tenderos de la degradación humana. Todo ello en lugar de buscar salidas, caminos de distensión, medidas de prudencia política; no, nada de eso, sino odio, encono, división, soberbia, gesticulación de medianías o nulidades políticas.

No en balde en diciembre de 2021, Ucrania y Estados Unidos, fueron los únicos entre las naciones del mundo, en votar en contra de una resolución de la ONU, propuesta por Rusia en su momento, contra la glorificación del nazismo, de los involucrados en sus crímenes. ¡Los únicos dos países de la tierra! El pretexto esgrimido por Estados Unidos para votar en contra de dicha laudable y necesaria resolución: el supuesto respeto a la «libertad de expresión». Insólita la desvergüenza de los representantes de tal país.

Desde el plano superior de la filosofía, se percibe hoy una lucha descarnada, desconcertante, paradójica, entre por un lado, un Occidente caduco, frívolo, consumista, tartufo, que desaprovechó la oportunidad única de aceptar la mano tendida ofrecida por Rusia en los últimos años a raíz de la disolución de la URSS, un Occidente que ha traicionado y trastocado los valores que le dieron vida hace varias centurias, mediante la práctica de un nihilismo anticristiano, y por otro lado, un orbe ruso, con todas sus grandes virtudes y defectos, que ha asumido con valentía frente a todo el enajenado mundo occidental, un papel de legítima defensa de su patria, de su seguridad, de su porvenir, de sus valores trascendentes, que marca un nuevo hito en la historia. La paz señores de Occidente, es fruto de la justicia, de esa justicia por ustedes abandonada en aras del poder, la soberbia y el dinero. Hagamos votos porque se instaure la paz.

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