El presente texto obedece, como todos los demás, a la intención de provocar un ejercicio de deliberación, sin embargo, más allá de fijar una posición, lo que pretendo con este artículo es convocar a la búsqueda de explicaciones que nos permitan entender el momento en el que vivimos respecto a la polarización y en especial, los actos de violencia que vemos reproducirse en distintos países y regiones, cuyo origen, presumiblemente es justamente dicha polarización, que va más allá de la política.
Esta polarización no es un fenómeno novedoso, lamentablemente, sino que ha venido conviviendo con nosotros durante ya más de una década, y sus efectos parecen haberse potenciado a partir de la pandemia del COVID-19. Tampoco es exclusivo de una sociedad específica del mundo, aunque parece predominar en este hemisferio.
Hay numerosas teorías al respecto: las que más tiempo tienen con nosotros son las que lo relacionan con la desigualdad y sus efectos en la cohesión social; pero también están, quizá como corolario de éstas últimas, el desafecto que las instituciones en general han venido generando en las sociedades modernas. Desde el Estado, hasta las Iglesias, pasando por las escuelas, confiamos cada vez menos en la colectividad y su diversidad, aun cuando esta pluralidad se encuentre acotada. En México, diversos estudios, y particularmente los realizados a través de encuestas de la revista Nexos, demuestran que los mexicanos cada vez confiamos menos en nuestros semejantes, salvo que formen parte de nuestra familia nuclear e inmediata (conviene leer Regreso al liberal salvaje, en la edición de mayo de 2023).
Sin embargo, más allá de estas teorías han comenzado a surgir algunas muy interesantes que tienen que ver con los efectos del uso del internet, y últimamente, con más especificidad, con los impactos de las redes sociales, los teléfonos inteligentes y la inteligencia artificial. De acuerdo con diversos autores, sobresalientemente Greg Lukianoff y Jonathan Haidt, el uso de estas herramientas de información, más que comunicarnos con los demás, nos han aislado, dando fuerza a nuestros prejuicios, emociones y sesgos, respecto a las ideas, posturas y acciones de los demás. Según ambos autores, las generaciones conocidas como millenials aún tuvieron oportunidad de formar su estructura mental (y en términos anatómicos, cerebral), con cierto margen pues, aunque fueron la primera generación con acceso a la red, ésta aún requería de aparatos cuyo acceso se encontraba restringido por las características de los mismos: computadoras, por ejemplo. En cambio, la siguiente generación pudo acceder a muy temprana edad (antes o en la adolescencia) a las redes sociales, vía teléfonos inteligentes, tabletas y análogas. Es más, muchos de estos instrumentos fueron promovidos por las instituciones de educación como sustituto de los métodos tradicionales, llevando a toda una generación a un experimento, con buenas intenciones, pero con lo que parecen ser, pésimos resultados y aún más: preocupantes impactos en la dinámica misma de la vida en comunidad y la psique.
Pero no paramos ahí: con la aparición de las aplicaciones de Inteligencia Artificial, la sociedad entera se enfrenta a dilemas éticos, con las inherentes repercusiones sociales e individuales, que no estaban previstos. Existen ya casos de personas que decidieron terminar con su vida con ayuda o cuando menos sin alerta de estas aplicaciones, que nos ha permitido visualizar cómo también han impactado en el aislamiento social. En este caso existen ya demandas, por parte de sus familiares, para que las empresas respondan… y atiendan.
Todas estas notas, como lo advertía al principio, no pretenden fijar una postura, sino apenas unos renglones relativos a un debate que considero necesario, incluso más allá del ámbito de la democracia, pasando por decisiones públicas que, en otras latitudes del mundo, ya se están tomando, relacionadas con la educación, la formación de las próximas generaciones y la prevención de los efectos psicológicos en la niñez y adolescencia.
@CarlosETorres_



