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Cuando la cultura incomoda al poder

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Por: JAIME CORTÉS ACUÑA •

En 1987, Zacatecas entendió —quizá como pocas veces— que la cultura no era ornamento, sino destino. Lo que entonces se denominó Semana Cultural, antecedente del hoy Festival Cultural Zacatecas, fue impulsado por el gobernador Genaro Borrego Estrada, un hombre formado en la sensibilidad cultural y profundamente enamorado de su tierra. No se trataba de un esfuerzo decorativo ni de una política pública de acompañamiento: la cultura era concebida como eje rector, como una vía para construir identidad, cohesión social y horizonte de futuro. Había, en el fondo, una convicción clara: sin cultura no hay proyecto.

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Casi cuatro décadas después, el pasado 28 de marzo dio inicio la edición número 40 del festival. Sin embargo, el escenario principal —la Plaza de Armas— no fue ocupado únicamente por expresiones artísticas, sino también por una manifestación legítima de productores de frijol que, ante la falta de respuestas, decidieron instalarse en el corazón simbólico del estado. La escena que se produjo quedará, sin duda, como una de las más potentes en la historia reciente de Zacatecas: tractores en la plaza pública, grano expuesto como denuncia y, en un momento que rozó lo insólito, máquinas trillando frijol en el mismo espacio donde tradicionalmente se celebra la cultura.

Lejos de ser una ruptura, lo ocurrido evidenció una verdad incómoda pero fundamental: la cultura no sólo está para celebrarse, sino también para expresar lo que una sociedad vive, lo que le duele y lo que exige. A lo largo de la historia de México, las manifestaciones culturales han sido, de manera recurrente, vehículos de crítica frente al poder. Los murales de Diego Rivera, la intensidad crítica de José Clemente Orozco o la agudeza popular de José Guadalupe Posada no fueron ejercicios decorativos, sino formas de interpelar al orden establecido y de exhibir las tensiones sociales de su tiempo.

En esa misma línea, el sociólogo Pierre Bourdieu advirtió que la cultura constituye un campo de disputa donde se reproducen, pero también se cuestionan, las relaciones de poder. Lo que ocurrió en Zacatecas confirma esa tesis con una claridad pocas veces vista: el espacio cultural más importante del estado se convirtió, por unas horas, en el espejo más nítido de su conflicto social. La protesta no interrumpió el festival; lo redefinió.

Durante años, muchos festivales han corrido el riesgo de convertirse en vitrinas cuidadosamente diseñadas para proyectar una imagen armónica, muchas veces desconectada de la realidad cotidiana. En ese sentido, la irrupción de los productores de frijol rompió la narrativa oficial y obligó a mirar aquello que con frecuencia se intenta relegar a los márgenes. Gracias a esa escena —tan incómoda como necesaria— el país pudo observar una problemática que rebasa lo local: la crisis del campo, la fragilidad de las políticas públicas y la persistencia de prácticas que afectan directamente a quienes sostienen buena parte de la economía en Zacatecas.

Así, la cultura cumplió su función más profunda: no la de entretener, sino la de revelar. No la de adornar, sino la de incomodar. En esa tensión entre celebración y denuncia radica su verdadero valor público, porque es precisamente ahí donde se vuelve significativa, donde deja de ser espectáculo para convertirse en conciencia.

Lo ocurrido en Zacatecas no debería leerse como una anécdota aislada, sino como una lección de alcance nacional. Cuando la realidad irrumpe en el escenario cultural, no lo degrada: lo dignifica. Lo obliga a ser honesto, a dejar de simular y a asumir su papel como espacio de expresión colectiva, incluso cuando eso exhibe la incapacidad o el silencio del poder. Ignorar esa dimensión es reducir la cultura a una escenografía sin contenido.

En un país atravesado por desigualdades profundas, la cultura no puede ni debe ser neutral. Su potencia radica en su capacidad de nombrar lo que incomoda, de visibilizar lo que se oculta y de abrir espacios donde la sociedad pueda reconocerse, incluso en el conflicto. Zacatecas lo mostró con una contundencia difícil de ignorar: cuando la cultura se encuentra con la realidad, el resultado no es desorden, sino verdad. Y pocas cosas resultan más peligrosas para el poder que una verdad que, una vez expuesta, ya nadie puede volver a negar.

Jaime Enrique Cortés Acuña

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