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domingo, 29 enero, 2023
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■ En México, ni salarios ni prestaciones para esa actividad

Explotación laboral disfrazada de glamur, la cara oculta de la industria de la moda

■ Frustración y maltrato son lo que viven la mayoría de modelos, como lo hace constar La Jornada en esta primera entrega. No tienen contratos y, cuando hay, son desventajosos. Los pagos en especie son comunes. Laboran muchas horas sin comida o agua y, a veces, sin cuidado de la salud, en ocasiones por 500 pesos. Cuando hay retribución monetaria, es pagada a meses. Estas condiciones las confirman Jimena de Aparicio, María Estebaranz, Gabriel Constantini, Huitzili Espinosa... Es el reino de la informalidad “donde no nos ven como seres humanos, somos mercancía”, lamentan.

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Por: La Jornada •

Ciudad de México. Ocho horas de arduo trabajo, sin contrato, con pagos en especie y, en el mejor de los casos, 500 pesos recibidos en un periodo de tres meses, son condiciones de explotación que rodean al fantasioso mundo del glamur que padecen las y los modelos, que son parte de más de un millón de trabajadores de la industria textil en México.

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La moda no tendría rostro sin estas perchas orgánicas que alquilan juventud y belleza en el mundo de ostentación que este conglomerado vende, pero que para ellas y ellos ofrece, como oficio, un futuro incierto lleno de frustración y acoso.

No visten Gucci, Balenciaga, Dior o Chanel; portan la última tendencia: la explotación laboral, uno de los mayores secretos de confección, el diseño más encriptado en una ocupación que se ha erigido como el reino de la informalidad.

Las modelos no tienen contratos y cuando llegan a contar con uno son desventajosos y abusivos. Los pagos en especie son comunes (ropa, zapatos o accesorios, como trueque). Si reciben retribución monetaria, las liquidaciones son a meses y la seguridad social no existe. “Para las agencias (de modelaje) somos mercancía. No nos ven como seres humanos… casi todos en la industria nos ven así”, lamentó en Instagram Jimena de Aparicio, veracruzana destacada de la escena mexicana y que ha levantado la voz.

Para ella –quien abandonó una carrera de administración–, junto con otros modelos como María Estebaranz, Gabriel Constantini y Huitzili Espinosa, en su actividad y bajo el amparo de la moda, hay una explotación laboral disfrazada de glamur.

Tras bellas fotos que aparecen por doquier hay jornadas extenuantes sin comida o agua y, a veces, sin cuidado de su salud. Durante un desfile del sello Malafacha –en la plataforma Mercedes Benz Fashion Week México, considerada la más importante en el país–, y luego de horas de llevar maquillaje, varias modelos terminaron con daños en la piel; por ejemplo, Columba Díaz acabó en urgencias de un hospital con el rostro quemado.

“Desde el segundo uno que nos pusieron el maquillaje todos manifestamos incomodidad y dolor, pero nos dijeron: ‘es así, no pasa nada, se la aguantan, es su trabajo’, pero yo vi a chicas sentarse en el suelo hechas una bolita del dolor. Fueron cinco horas con el maquillaje en la cara …”, relató Constantini a Angela Rivera, investigadora de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), quien dedicó su tesis doctoral al trabajo de las y los modelos que forman parte del millón 18 mil trabajadores de la industria textil, según la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo.

Para los empresarios de la moda en México es conveniente la informalidad, así como la poca transparencia e incluso el abuso, dice la académica a La Jornada; ella se introdujo en las entrañas de la industria que suele operar de modo perverso sobre todo aquello que signifique la posibilidad de generar más ganancias a costa de la informalidad.

Hay una crisis laboral por los sistemas de pago, la falta de prestaciones y, sin duda, una de las áreas más desprovistas de todo es el modelaje, considera la investigadora. Lo han situado como una experiencia más que un trabajo; sin embargo, ese no es motivo para deslegitimar su labor y reconocer que se requieren las condiciones adecuadas para ejercer.

Pesadilla en su aparente vida de ensueño

Las modelos son representadas por agencias que fungen sólo como enlace con empresas y a la mayoría de las trabajadores no les va bien, viven en el maltrato laboral, la pesadilla de su aparente vida de ensueño.

A 95 por ciento no le va bien, afirma De Aparicio, quien pertenece a un pequeño sector de las afortunadas a las que sí, pero luego de recorrer su propia pasarela de vida con malas experiencias. Ella ha pasado por dos agencias y ahora tiene una trayectoria amplia con campañas para marcas internacionales –apareció en la portada de Vogue–, pero recuerda el maltrato laboral. Y su historia no es inusual en esta industria. Cuando llegó a la Ciudad de México desde su natal Veracruz convocada por una agencia, tuvo que pagar su transporte. Arribó a un depa de modelos, lugares pequeños rentados por las agencias en los que se les alquilan las camas; en estos espacios pernoctan unas siete u ocho personas.

La presión por la apariencia física es dura y constante. Cuando Aparicio conoció al dueño de la agencia, sin más le dijo: “Estás gorda, das asco, te ves horrible…” Al quinto día estaba harta y quería regresar a su tierra antes de soportar este tipo de trato, que por lo regular sufren muchas. Jimena es un tipo de modelo con perfil nacional que se abre paso al margen de los más utilizados provenientes de Europa.

Fue persistente, pero tocó fondo: una vez no podía pararse de la cama por una colitis que terminó en algo peor debido a la mala alimentación, y aún así su ex agencia quería que hiciera castings sin descanso. Aquella ocasión pidió que le dieran parte del dinero que había generado para pagar su atención médica, pero la respuesta fue la clásica: “el cliente de la agencia aún no ha depositado. Nunca te quieren pagar; la agencia te jinetea la lana”.

Algunas compañías se aprovechan de que no hay seguridad social ni contratos, lo que hasta ahora es un debate interno. Y se cree que las modelos ganan mucho dinero pero no, según De Aparicio, quien relata que en un tiempo de limitación económica subió una foto a sus redes: con cinco pesos en el bolsillo hasta que la agencia se digne a pagarme.

Además, habla de la presión a la que la sometía su booker –dentro de la agencia es la persona que guía sus carreras–, al insistir en su peso. Ellos te meten la presión y si no quieres aceptar un proyecto te bloquean durante días. Ella llegó a aceptar todo, tanto que no comía por estar de un lado a otro. De Aparicio acabó con un siquiatra. No me sentía valorada, recuerda. Y ahora no me da miedo hablar porque si se me cierran las puertas me voy a trabajar de otra cosa.

Dice que ahora pone sus límites, aunque recuerda que en sus inicios llegó a cobrar 500 pesos por ocho horas de trabajo. Te lavan el cerebro diciéndote que ganas experiencia y que hay que ser agradecido porque nos están dando una oportunidad, pero tienes que aceptar un pago muy bajo o un pago que te tardará meses en llegar. De prestaciones, cero, así como si te pasa algún accidente en el trabajo, pues que te vaya bien porque no hay para médicos ni nada… Las chicas que quieran entrar tienen que prepararse para lo peor.

Y es que si eres modelo tienes que aguantar todo lo que se te demande, le dijo en una ocasión la diseñadora Karla Fernández durante un show del Mercedes Benz Fashion Week México. Era el desfile de los modistas Fernández y Cansino, y De Aparicio debía aparecer con los senos al aire, algo que a ella le incomodaba. Solicitó a la diseñadora cubrir esa parte de su cuerpo pero se negó porque “así no podría lucir bien su diseño.

Una cosa es que te contraten para una pasarela y otra que tengas que aguantar malos tratos, se queja. En México, nadie dice nada porque los modelos viven con delirio de persecusión. Tienen miedo.

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