spot_img

Murió el hombre que hizo de la libertad una forma de vivir Enrique Salinas Enríquez [12 de enero de 1950 – 4 de julio del 2026]

Más Leídas

- Publicidad -

Por: FRANCISCO ESPARZA ACEVEDO •

La Gualdra 724 / In Memoriam

- Publicidad -

Con su partida, Zacatecas pierde mucho más que a un periodista cultural. Se va un personaje irrepetible, un hombre que nunca aceptó los caminos trazados por otros, un provocador de ideas, un promotor de la cultura, un poeta que convirtió la conversación en un arte y la libertad en su única patria.

Paradójicamente, quien terminó siendo uno de los grandes impulsores de la vida cultural zacatecana estuvo destinado, en un principio, al sacerdocio.

Nació en la capital del Estado dentro de una familia profundamente católica. Su padre, Enrique Salinas López, representaba el rigor de una fe inquebrantable; un católico integrista o mejor dicho «un talibán, pero católico, fanático 100 por ciento, y además fanático de una creencia fundamentada en el Concilio de Trento, donde se establecieron los dogmas definitivos de la Iglesia».

Enrique recuerda a su madre como la «primera y mejor imagen del ángel de la guarda que pueda yo tener, mi madre tenía 15 años cuando yo nací, es decir, ella y yo cronológicamente estábamos mucho más cerca uno del otro, que ella y mi padre, así que entre nosotros se desarrolló una gran complicidad».

Por el contrario, señala que con su padre se llevaba «muy mal, muy mal pero increíblemente mal, tan mal tan mal tan mal, que a los 12 años me inventé una vocación sacerdotal con tal de salirme de esa casa».

Enrique recuerda que antes de aprender a leer ya memorizaba los oficios divinos en latín y, apenas cumplidos los doce años, ingresó a la Escuela Apostólica de los Misioneros del Espíritu Santo en San Luis Potosí.

Con los años reconocería que aquella vocación nunca existió. El seminario fue, simplemente, la puerta de escape de una casa donde no encontraba paz pero que le permitió conocer y vivir con una disciplina mal entendida, impuesta con el rigor de los padres. A partir de entonces comenzó una vida que parecía escrita por un novelista. 

Fue rebelde cuando el rock and roll apenas llegaba a México. Probó suerte en los negocios, abrió el primer café cantante de Zacatecas, introdujo las bolsas de polietileno cuando todavía todos compraban en bolsas de papel, trabajó para el gobierno estatal, ganó dinero como nunca imaginó… y un día decidió abandonarlo todo.

Vendió cuanto tenía y viajó a Nicaragua para incorporarse al entusiasmo que despertó la Revolución Sandinista. Tampoco ahí encontró un sitio definitivo. Recorrió Centroamérica, militó en la izquierda mexicana, fue fundador del Partido Socialista Unificado de México y terminó convertido en un vagabundo que sobrevivía bajo una sola bandera: la poesía. Aquellos años, que para muchos habrían significado derrota, fueron en realidad el origen de su verdadera vocación.

En las mesas del Acrópolis, del Mesón de la Mina, del Gallito y de tantas cafeterías y cantinas del Centro Histórico comenzó a reunirse con pintores, escritores, actores, músicos y estudiantes. Sin proponérselo, fue convirtiéndose en un puente entre todos ellos. Mientras Zacatecas iniciaba el despertar cultural que marcaría las décadas siguientes, Enrique estaba ahí, observando, conversando, escribiendo y alentando proyectos. Nunca buscó protagonismos. Prefería descubrir talentos antes que exhibirse. Su satisfacción consistía en ver cómo otros crecían alrededor del arte y la cultura.

El destino todavía le tenía reservada otra sorpresa. Una misión arqueológica procedente de Bélgica le presentó a la mujer con quien compartiría años de su vida. Gracias a ella descubrió el apasionante mundo de los archivos, la investigación documental y la historia. Colaboró con la Universidad Autónoma de Zacatecas, participó en importantes proyectos editoriales y dejó una valiosa colección documental para futuras generaciones.

Después llegaría el periodismo cultural. Lo hizo en los micrófonos de Estéreo Plata (91.5 FM) (1998 -2002) y durante casi cuatros comenzó a asentar las bases del periodismo cultural que poco se conocía en la capital, abrió puertas y navego contra la ignorancia del medio, pocos creían en aquello de que el periodismo también era útil para crear y fortalecer espacios culturales.

Desde las páginas de Imagen (inició el 21 de enero del 2002) encontró el espacio ideal para hacer lo que más disfrutaba: contar historias, difundir el talento de los artistas, rescatar personajes olvidados y demostrar que la cultura no pertenece a los museos, sino a las personas.

Quienes convivieron con él difícilmente podrán olvidar su figura inconfundible: el largo abrigo negro, el cigarro siempre encendido, el café interminable y una conversación capaz de transitar, en cuestión de minutos, de la teología al marxismo, de la poesía a la arqueología, del humor más fino a la reflexión más profunda. Era imposible permanecer indiferente ante Enrique Salinas. Se le admiraba, se le discutía, se le cuestionaba o se le seguía. Pero jamás pasaba desapercibido.

Uno de los mayores aportes intelectuales de Enrique Salinas Enríquez es la formulación del concepto del Barroco-Chichimeca, una expresión que él mismo reconoce más cercana a una intuición cultural que a una categoría académica estricta. A partir de ella construye una interpretación profundamente original sobre la identidad de Zacatecas. Para Salinas, el Barroco-Chichimeca «no existe» como escuela artística o corriente historiográfica, pero puede percibirse con claridad en la historia, el paisaje, la arquitectura, las costumbres y, sobre todo, en la personalidad de los zacatecanos.

Su obra Episodios del Barroco-Chichimeca, publicada en 2016, constituye la expresión más acabada de esa visión. Lejos de ser un libro de historia tradicional, reúne cerca de un centenar de crónicas, ensayos, relatos, anécdotas y reflexiones que dialogan entre sí para explicar el complejo proceso de formación cultural de Zacatecas. Cada episodio puede leerse de manera independiente, pero en conjunto conforman un mosaico que revela cómo la herencia del barroco novohispano se fusionó con el espíritu indómito de los pueblos chichimecas para dar origen a una identidad regional única.

El propio estilo narrativo del libro refleja esa concepción. Enrique Salinas escribe con absoluta libertad, mezclando historia, periodismo, literatura, memoria, humor, ironía y observación cotidiana. Quien recorre sus páginas tiene la sensación de escuchar una conversación amena con el autor más que de enfrentarse a un tratado académico. Esa combinación de géneros, junto con un fino sentido crítico y una permanente curiosidad intelectual, convierte la lectura en un recorrido por los rincones menos conocidos de Zacatecas y por los símbolos que han dado forma a su carácter colectivo.

Más que ofrecer respuestas definitivas, Salinas invita al lector a mirar Zacatecas desde otra perspectiva. Descubre en una calle, en un templo, en una palabra, en una tradición popular o en un personaje olvidado las huellas de una cultura que ha sabido conciliar la exuberancia estética del barroco con la sobriedad, la resistencia y el temperamento heredados de la Gran Chichimeca. En ello radica la originalidad de su propuesta: convertir la historia regional en una herramienta para comprender el presente y fortalecer la conciencia de identidad de los zacatecanos.

Con esta obra, Enrique Salinas Enríquez no sólo consolidó su prestigio como cronista y ensayista, sino que aportó una de las interpretaciones culturales más sugerentes sobre Zacatecas en las primeras décadas del siglo XXI. El Barroco-Chichimeca ha dejado de ser únicamente el título de un libro para convertirse en una manera de explicar el alma histórica de una tierra donde conviven, desde hace casi cinco siglos, la riqueza artística, la memoria minera, la tradición religiosa y el espíritu libre de quienes habitan el semidesierto zacatecano.

Alguna vez, durante una larga entrevista, confesó que la vida había sido para él «azarosa y divertida». Y cuando se le preguntó qué le faltaba por pedir, respondió con la serenidad de quien ya había recorrido todos los caminos: «Una hermosa muerte».

Hoy ese deseo se ha cumplido. Porque quienes verdaderamente aman la libertad nunca terminan de irse. Permanecen en las palabras que escribieron, en las conversaciones que sembraron y en la memoria de quienes aprendieron que la cultura, antes que cualquier otra cosa, es el encuentro entre los seres humanos.

Así fue Enrique Salinas. Un pionero por accidente. Un poeta por convicción. Y, desde hoy, una ausencia imposible de reemplazar. Hoy Enrique Salinas ha muerto.

 

Zacatecas, Zac., 4 de julio de 2026

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_724



- Publicidad -
Artículo anterior

Noticias Recomendadas

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Últimas Noticias

- Publicidad -
- Publicidad -