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El país del ya merito

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Por: Jaime Enrique Cortés Acuña •

La eliminación de la selección mexicana en la Copa del Mundo volvió a despertar una emoción que parece repetirse con la puntualidad de cada cuatro años: la esperanza convertida en frustración. Cambian los entrenadores, cambian las generaciones de futbolistas, cambian las expectativas y, sin embargo, el desenlace suele ser el mismo. Pero reducir la discusión a un resultado deportivo sería desperdiciar una oportunidad para reflexionar sobre un problema mucho más profundo. El futbol, como ocurre con frecuencia, termina siendo un espejo del país que somos.

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Durante años hemos buscado las explicaciones en la coyuntura. Que faltó carácter, que hubo errores tácticos, que la generación anterior era mejor o que simplemente no hubo fortuna. Son respuestas cómodas porque trasladan la responsabilidad al presente inmediato. La pregunta realmente importante es otra: ¿qué tipo de sociedad produce a sus deportistas y qué papel desempeña el Estado en esa construcción?

Ningún país educa para ganar un Mundial; gana Mundiales porque antes decidió educar mejor. Los campeones del mundo no son producto del azar ni del talento espontáneo. Son la consecuencia de décadas de políticas públicas sostenidas en educación, cultura física, salud y desarrollo humano. El problema de México no es la falta de jóvenes talentosos; el verdadero problema es seguir esperando que el esfuerzo individual sustituya lo que durante décadas no hemos construido como política pública.

Muchos de los países que hoy dominan el deporte internacional comparten un rasgo común: entienden que la actividad física forma parte de su proyecto educativo. Finlandia ha incorporado el movimiento cotidiano al proceso de aprendizaje al reconocer que un estudiante activo también aprende mejor. Noruega privilegia el disfrute, la inclusión y el desarrollo integral durante las primeras etapas de la formación deportiva antes que la presión por el resultado. Alemania consolidó una estrecha relación entre escuelas, clubes y gobiernos locales para desarrollar talento sin desvincularlo de la formación académica. Inglaterra fortaleció durante décadas un modelo de academias, entrenamiento científico y seguimiento permanente que permite que sus jóvenes lleguen al alto rendimiento después de un largo proceso de preparación. En todos los casos existe un denominador común: el deporte es una política educativa antes que una política deportiva.

Esa diferencia quedó reflejada, quizá sin que muchos lo advirtieran, en la historia de dos porteros. El guardameta inglés representa la eficacia de un sistema que lo acompañó desde la adolescencia con infraestructura, entrenadores especializados, atención médica y una ruta clara hacia el alto rendimiento. Su actuación no constituye un milagro; es el resultado esperado de una política sostenida. El portero mexicano, en cambio, conmueve porque antes de llegar a entrenar debía fabricar adobes para contribuir al sustento de su familia. Su historia merece reconocimiento y admiración precisamente porque logró abrirse paso a pesar de las carencias. Su éxito habla de un enorme esfuerzo personal, pero también pone en evidencia la ausencia de condiciones que un Estado comprometido con el desarrollo humano debería garantizar.

Aquí el deporte deja de ser solamente deporte para convertirse en un asunto de política pública. Desde la perspectiva de la seguridad humana, un Estado no sólo protege a sus ciudadanos cuando combate la delincuencia; también lo hace cuando crea las condiciones para que cada niña y cada niño desarrollen plenamente sus capacidades. La educación, la salud, la cultura y la actividad física forman parte de ese mismo proyecto. Una escuela que incorpora el deporte como componente esencial de la formación ciudadana no sólo promueve hábitos saludables; también construye disciplina, trabajo en equipo, resiliencia, convivencia y mejores oportunidades de vida.

Durante demasiado tiempo hemos considerado la educación física como una asignatura secundaria dentro del sistema educativo mexicano. Se reducen espacios, se minimiza su importancia y, con frecuencia, el deporte queda reservado para quienes tienen recursos económicos o tiempo disponible. Después nos sorprende que los resultados internacionales dependan más del talento excepcional que de una estructura capaz de formar generaciones enteras de atletas.

Cada cuatro años, México vuelve a depositar su esperanza en una generación de futbolistas. Tal vez ha llegado el momento de depositarla en una generación de niñas y niños que encuentren en la escuela, en el deporte, en la cultura y en la salud las condiciones para desarrollar plenamente su talento. Las naciones desarrolladas no viven de la esperanza; viven de sus instituciones. Confían menos en los milagros y más en los procesos. Quizá por eso sus triunfos dejan de ser extraordinarios para convertirse en la consecuencia natural de un proyecto nacional.

Mientras México siga esperando que una generación excepcional resuelva lo que durante décadas no hemos construido como Estado, seguirá siendo el país del «ya mérito». El día que entendamos que los campeones no comienzan a formarse en los estadios, sino en las aulas, habremos dado el primer paso para dejar de soñar con el próximo Mundial y comenzar, por fin, a construir el país que puede hacerlo posible.

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