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Río Florido y el México profundo que vuelve a ser visto

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Por: Jaime Enrique Cortés Acuña •

Cada año, cuando la tierra comienza a exigir manos, Río Florido, en Fresnillo, Zacatecas, deja de ser un punto en el mapa para convertirse en el rostro más crudo —y más honesto— del país. Miles de jornaleros agrícolas llegan desde Guerrero, Michoacán, Durango, Oaxaca, Puebla y San Luis Potosí. Llegan con lo indispensable: su fuerza de trabajo, sus familias y una historia larga de carencias que el Estado mexicano tardó demasiado en mirar de frente. No llegan por aventura, sino por necesidad.

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Durante décadas, esta migración interna fue tolerada, pero no atendida. Se aceptaba su trabajo, pero no su dignidad. Se les necesitaba para levantar las cosechas, pero no para garantizarles derechos. Muchos de ellos —y no es una metáfora, sino una realidad persistente— ni siquiera existían plenamente para el Estado: hombres, mujeres y niños sin acta de nacimiento, sin registro, sin acceso a lo más elemental. Invisibles en los papeles, indispensables en la tierra.

En ese contexto, lo ocurrido el pasado 30 de abril en Río Florido rompe con una inercia histórica. Bajo la coordinación de Servicios de Salud IMSS-Bienestar, más de 150 trabajadores desplegaron un operativo que logró vacunar contra el sarampión a más de tres mil jornaleros y sus familias. Reducirlo a una cifra sería repetir el viejo error tecnocrático.

Lo que ahí ocurrió fue otra cosa: fue el Estado llegando —por fin— a donde antes solo llegaba el olvido. En un país donde la pobreza ha sido durante demasiado tiempo sinónimo de exclusión institucional, vacunar a jornaleros agrícolas en condición de movilidad no es únicamente una medida de salud pública, sino una afirmación ética del Estado en su sentido más profundo. Es sostener que la vida humana vale lo mismo sin importar el origen, la condición laboral o incluso la ausencia de documentos.

Porque el sarampión representa un riesgo real de propagación en contextos de alta movilidad, pero el problema de fondo nunca fue solo epidemiológico. Ha sido, y sigue siendo, un problema de desigualdad estructural. Durante años, la política pública se acostumbró a mirar hacia otro lado, a contar coberturas desde escritorios lejanos y a medir el país en porcentajes, mientras en territorios como Río Florido la vida transcurría sin garantías mínimas. Hoy, lo que se observa es un cambio de sentido: la salud deja de ser un privilegio administrado para convertirse en un derecho ejercido, incluso —y sobre todo— en los márgenes.

Hay algo profundamente revelador en reconocer que acciones como esta, que deberían ser normales, se sientan extraordinarias. Y, sin embargo, también hay algo esperanzador: la posibilidad de que el Estado recupere su sentido más básico, ese que alguna vez defendieron los grandes salubristas mexicanos cuando entendieron que la salud pública era, ante todo, una forma de justicia social.

Río Florido, por unos días, dejó de ser solo un espacio de tránsito laboral para convertirse en símbolo: el de un país que empieza a corregirse, el de un modelo que intenta —no sin resistencias— colocar en el centro a quienes históricamente han vivido en la periferia. Zacatecas, en este sentido, no solo ejecuta una política pública; ensaya un mensaje. Uno que incomoda a quienes aún creen que los derechos deben condicionarse, pero que resulta imprescindible en un país que busca reconciliarse consigo mismo.

Vacunar, en Río Florido, fue mucho más que prevenir una enfermedad. Fue, en el fondo, un acto de reconocimiento: reconocer a quienes siempre estuvieron, a quienes trabajaron sin ser vistos, a quienes, incluso sin existir en los registros, nunca dejaron de existir en la realidad.

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