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Ser educadora en México, científica de la infancia

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Por: Claudia Lizbet Soto Casillas •

Napoleón Hill sentenció alguna vez que lo más importante en la vida se aprende en el preescolar. No se refería a las letras o a los números, sino a la construcción del alma. Al final de la existencia, lo que nos mantiene son esos cimientos de convivencia, curiosidad y resiliencia que se fraguaron entre cantos, crayolas y juegos. Hoy, en el Día de la Educadora y el Educador en México, instaurado en honor al natalicio de Friedrich Fröbel,  es imperativo dignificar una labor que a menudo ha sido reducida a mitos simplistas, pero que representa la ingeniería más compleja de la sociedad: la formación del pensamiento humano.

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De Fröbel a la obligatoriedad en México

El concepto de Kindergarten nació en 1837, cuando Fröbel entendió que los niños no eran adultos pequeños, sino «semillas» que requerían un jardín o entorno adecuado para florecer. En México, esta semilla germinó gracias a figuras como Estefanía Castañeda y Rosaura Zapata, quienes a principios del siglo XX impulsaron la creación de los primeros Jardines de Niños, bajo la premisa de que la educación parvularia era el pilar de la identidad nacional. Un hito transformador ocurrió en el año 2002, cuando se reformaron los artículos 3º y 31 de la Constitución para hacer obligatorio el preescolar, reconociendo por fin su carácter educativo y no solo asistencial.

Cifras de una labor titánica

Actualmente, el sistema de Educación Preescolar en México es un sistema sostenido mayoritariamente por mujeres. Según datos del INEGI y la SEP, existen más de 220,000 educadoras y educadores en el país, atendiendo a una matrícula de casi 4.3 millones de niñas y niños.

Sin embargo, los retos son estructurales, pues mientras que en zonas urbanas la cobertura es amplia, en los contextos rurales y comunitarios la figura del educador se multiplica. Nuestras compañeras están en la sierra, en comunidades donde el preescolar es el único centro de salud emocional; atienden a la infancia en situación de retorno migratorio y reciben en los campos jornaleros agrícolas a niños que migran entre surcos. Ahí, la educadora no solo enseña, resiste ante la precariedad y la falta de infraestructura.

Más que «jardineras»: Científicas de la infancia

A menudo nos han llamado «maestras recicladoras» con un tono condescendiente. Aceptamos el término con orgullo porque sabemos ver corazón donde otros ven olvido, pero es hora de desmitificar la profesión. En el preescolar no solo se juega. Detrás de cada actividad existe un sólido conocimiento científico sobre la neuroplasticidad y el desarrollo cognitivo, construcción de identidad, seguridad y autonomía.

Cuando una educadora organiza una actividad con plastilina o pinturas, está estimulando la motricidad fina, la representación simbólica y las funciones ejecutivas del cerebro. Administramos niveles de complejidad, atendemos ritmos de aprendizaje y aplicamos estrategias de inclusión para niños con barreras de aprendizaje. Somos gestoras de la esperanza en la etapa donde el cerebro humano forma la mayor cantidad de conexiones neuronales de toda la vida.

La recompensa de la mirada: Un testimonio de vida

A lo largo de mi trayectoria como educadora, guardé en la memoria cada respuesta llena de creatividad, dulzura, asombro.  Recuerdo a esos pequeños que, con un pensamiento mágico y una lógica asombrosa, planteaban hipótesis sobre el mundo que nos dejaban sin palabras o respuestas que rompían la lógica, pero me llevaban a un gran mundo de sueños.

Hoy, encontrarme con esos alumnos convertidos en jóvenes de secundaria es confirmar que las semillas tenían una raíz profunda. Verlos realizados es entender que lo que sostiene la vida —la empatía, el respeto y la creatividad— se aprendió ahí, en el piso, compartiendo el pegamento y construyendo sueños, jugando en la cancha, leyendo libros del rincón, en los campamentos y días de experimentos.

Ser educador en México es amar la risa de los niños incluso cuando el entorno es adverso. Es trabajar con el corazón, pero guiados por la ciencia. Hoy reconozco a quienes defienden el derecho al juego en la sierra, en la ciudad y en el campo. Gracias por ser los arquitectos de los cimientos de nuestra nación. Porque en cada trazo de un niño, hay un proyecto de ciudadanía.

¡Felicidades a mis colegas, hoy y siempre!

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