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Por Gustavo Vázquez-Lozano
Yo, Benito Juárez, presidente de México, personificación de la República, anoche, mientras leía a Virgilio entre afligidas sombras, recibí la visita de Satanás. No es él un príncipe con cabeza de pájaro devorador de hombres que pintó el Bosco, ni tiene los cuernos que imaginó Goya, ni las escamas y garras de águila cuya visión quiso apartar san Antonio en el desierto. Satanás es un hombre viejo y ruin que ronda los ochenta años. Yo cumplí sesenta y seis en marzo. Escuchen, esta odiosa figura se ha hecho presente desde mi juventud. Lo conozco bien, pero nunca esperé verlo ahora que me acecha la muerte.
El enemigo de todo lo que es legítimo y recto camina con aire marcial, en su cuello tiene las marcas de la capa real que un día se puso porque se sintió monarca. Blanco, alto, recio, cachetes colgados, hieráticos; no un lépero de esos que venden agua en tinajas de barro en la Calle de la Moneda, ni un indio cicatero como los que me escribieron hace cuatro años pidiéndome conservar sus títulos; no es un salvaje del norte como ésos por cuyas tupidas cabelleras negras ofrece doscientos pesos el gobernador de Sonora. El demonio es criollo y es militar, cosa que no extraña: él es el jefe de todas las rebeliones, el sublevado primigenio, la personificación de todo lo que es reaccionario, cenizo y tirano. Retiemble en sus centros la tierra. En el principio de la República, él fue el padre del desorden.
Entró al Palacio Nacional sin anunciarse. Mi humilde criado, Camilo, que no entiende de formas, lo reconoció. Y le tuvo miedo. Sin temple para impedirle la entrada a mis aposentos, siempre tétricos desde que ella murió, el diablo hizo crujir la puerta. Derramé mi plato de tallarines y de frijoles sobre mi abultado vientre —cosas de la edad y de la compulsión de comer que tengo, desde que se fue Margarita—; quise ponerme de pie. Satanás, fingiendo una educación y maneras que no posee, hizo el ademán de que no me molestara. ¡Incluso aquí, ahora en 1872, él siente que es la ley ante la Ley misma!
De mi boca salió una protesta, en el sentido de que él tenía la orden de estar lejos del país, exiliado en una isla remota, mas mi demostración de fuerza se malogró al llevarme una mano rauda al pecho cuando el corazón —cansado ya, contrariado— me interesó en la carne un dolor agudísimo. De mi boca salió un eructo, enseguida un hilo de baba con comida, como una serpiente, y yo luché con todas mis fuerzas por no caer bajo su poder. El diablo, hombre perverso, estaba más entero que yo. Al verme así sonrió con una mueca espantosa. Se acomodó despacio en una silla. Ahí pude ver su cara nítida bajo la llama clara del queroseno.
Antonio López de Santa Anna se inclinó y me limpió el hilo de baba con mi propio pechero, meneando la cabeza con ojos de compasión y de burla. Continué buscando reiteradamente con los ojos la asistencia de alguien, sin entender por qué mi secretario privado, don Pedro Santacilia, y el ministro de Guerra, don Ignacio Mejía, me habían dejado solo. Mientras, hacía tiempo y reclamaba a Santa Anna por aquel atrevimiento, tratando de verme impasible. Él tenía prohibido pisar la patria, y le dije que me aseguraría de que esta vez sí lo fusilaran.
Por un momento, me pregunté si estaría soñando, pues no es extraño, en periodos de gran ansiedad, recibir la visita de nuestros enemigos mientras dormimos. Pero en sueños mi cuerpo no es esta masa inútil que esa noche lluviosa de principios de julio me tenía hundido en el sillón. El traidor asintió burlón que fusilar, sí, que eso se había convertido en mi pasatiempo predilecto desde 1867, desde lo del archiduque, desde Maximiliano; es decir, mandar al paredón a todo aquel que no estuviera de acuerdo conmigo o me rindiera pleitesía. Sus palabras me asombraron. Más que yo, ¿acaso no era él quien personificaba la arrogancia, la obstinación y el autoritarismo, cosas que yo había dado mi vida por erradicar del país? Y él insistió con sus ojos grises que tiene ya, vio mis pupilas negras, envuelto en sus mañas y sus seducciones, y me dijo riéndose que yo era un árbol marchito, que el hacha ya estaba preparándose para mí.
Santa Anna. El origen de mil revoluciones en México; el sostenedor de cincuenta y un guerras, embaucador por cuya causa nos quitaron Tejas, por cuya cobardía perdimos batalla tras batalla en 1847 aun teniendo forma de ganarlas, y nos quitaron la mitad del territorio; el general jalapeño que como aquella primera serpiente seduce, embauca y lleva a la perdición, sin saber uno a qué bando irá a ofrecer su espada. En la terrible guerra contra el coloso del norte, se entregó lo mismo a los americanos que a los que defendían la patria, se puso al servicio de los invasores franceses igual que de los incautos a quienes les dijo en Veracruz en 1867, ya derrotado el llamado emperador, que venía a proclamar otra vez la República. Fue nada más gracias al buque americano Virginia del almirante Roe que pudimos impedir que Santa Anna desembarcara. Lo obligamos a irse a Yucatán, en donde deseé que los salvajes mayas lo clavaran en una hoguera, como hacen por allá, hasta que, entendiendo que ese hombre es un peligro mientras respire, arreglé que lo arrestaran en Sisal. Él, el ejército y la curia son la causa de nuestros males.
Dicen que cuando lo prendieron en Sisal casi no opuso resistencia; dicen que cuando abofeteó a un sargento con el dorso de su diestra, el muchacho puso la otra mejilla porque consideraba un honor ser castigado por un personaje tan legendario, alguien de quien sus abuelos ya habían oído hablar. Yo sí sé castigar. Yo no transijo con el mal, soy Juárez.
Nota:
El libro Yo, Benemérito. Las últimas confesiones de Juárez, de Gustavo Vázquez-Lozano se presenta el sábado 11 de abril, en la Petroteca del antiguo templo de San Agustín, a las 13 horas, como parte de las actividades académicas del Festival Cultural Zacatecas 2026.



