Esta semana regresé a caminar por la colonia La Pinta, uno de los barrios más antiguos y con mayor identidad de Zacatecas. Un lugar que guarda memoria, tradiciones y un profundo sentido de comunidad. Sin embargo, lo que hoy se respira entre sus calles no es orgullo, sino preocupación.
Las vecinas y vecinos fueron claros y directos: “nos sentimos olvidados”. Y no es una frase al aire. Es la descripción de una realidad que se vive todos los días.
El reclamo más repetido tiene que ver con lo elemental: la falta de iluminación pública y el abandono de los espacios comunes. En varios callejones las luminarias no funcionan; otras llevan meses sin mantenimiento y algunas simplemente nunca han sido repuestas. La oscuridad se ha convertido en un factor de riesgo permanente. Donde no hay luz, hay miedo; donde no hay presencia municipal, crece la sensación de inseguridad.
A esto se suma el deterioro de parques y áreas verdes, la ausencia de poda y el descuido de canchas y lugares de convivencia. Lo que podría ser un barrio vivo y dinámico se ha ido transformando en un entorno descuidado. No piden grandes obras ni proyectos espectaculares. Piden lo básico: alumbrado digno, limpieza constante y atención institucional.
Dentro de este mismo problema aparece otro factor que agrava la situación: el abandono de casas y lotes baldíos. Varias zonas de La Pinta se han convertido en focos de infección, acumulación de basura y proliferación de plagas. Lo que debería ser un entorno cuidado termina generando riesgos sanitarios y mayor percepción de inseguridad. De nuevo, la queja es la misma: no existe una estrategia municipal permanente para atender estos puntos críticos.
Pero en La Pinta hay un problema aún más profundo que no se ve a simple vista.
La colonia, como otras zonas de la capital, se encuentra muy cerca de la mina Cozamin, operada por la empresa canadiense Capstone Copper. Desde hace tiempo, las y los vecinos relatan que con frecuencia se escuchan detonaciones derivadas de la actividad minera y que esas vibraciones han provocado cuarteaduras y asentamientos en varias viviendas.
Aquí el reclamo vuelve a ser contundente: sienten que no ha existido una respuesta institucional clara. Se han realizado revisiones y visitas de Protección Civil en distintos momentos, pero los vecinos aseguran que nadie les ha informado con precisión sobre diagnósticos, resultados o avances concretos. No hay un plan visible de atención a las familias afectadas ni un acompañamiento técnico permanente para las colonias que conviven con esta actividad industrial.
Es importante decirlo con claridad: no están pidiendo que se cierre la mina. Entienden que la minería forma parte de la historia y de la economía de Zacatecas. Lo que exigen es algo muy razonable: equilibrio y justicia social. Que la explotación de recursos también se traduzca en beneficios reales para quienes viven a unos metros de esa actividad.
Proponen que se establezca un programa auténtico de responsabilidad social: inversión en espacios públicos, atención a viviendas dañadas, actividades para niñas, niños y jóvenes, programas de prevención del delito y acompañamiento a adultos mayores. En pocas palabras, que la riqueza que sale del subsuelo también regrese en desarrollo comunitario.
Todo esto ocurre en un barrio que no es cualquier colonia. La Pinta es parte fundamental de la historia de Zacatecas, con un acervo cultural invaluable y tradiciones que podrían convertirla en un auténtico atractivo turístico y comunitario. Con una intervención adecuada podría ser un detonante de desarrollo social y cultural para toda la capital. Pero para eso se necesita visión y voluntad, no indiferencia.
Existen ejemplos internacionales que podrían servir de guía. En ciudades patrimoniales de Perú, Chile y España donde conviven barrios históricos con actividades industriales, se han implementado fondos de compensación social, programas de rehabilitación urbana y esquemas de colaboración entre empresas, gobiernos y ciudadanía. Modelos donde el desarrollo económico no está peleado con el bienestar de la gente.
Zacatecas podría aprender de esas experiencias.
Lo que hoy sienten las y los habitantes de La Pinta es abandono. Dicen que solo los buscan cuando es temporada electoral, que reciben promesas y luego silencio. Esa percepción revela un problema mayor: la distancia entre el gobierno municipal y la vida real de sus colonias.
El Ayuntamiento tiene una responsabilidad ineludible: escuchar, atender y actuar. No basta con enviar brigadas ocasionales o aparecer para la foto. Se requiere una política pública seria para las colonias históricas de Zacatecas, con presupuesto, con participación ciudadana y con seguimiento permanente.
Desde este espacio lo digo con firmeza: Zacatecas no puede presumir su centro histórico mientras olvida a sus barrios. No puede hablar de turismo mientras deja a sus habitantes en la oscuridad. No puede celebrar su pasado mientras descuida su presente.
La Pinta merece más.
Y Zacatecas también.



