Muchas veces un hecho se magnifica de modo tal que aparenta ser un “riesgo inminente”. Ante esto, una oposición a tal valoración se responde con acusaciones de “conspiración contra la verdad”, “fantasías interesadas” o “zafia ignorancia”. Lo que parece ser el objetivo de quienes predicen una catástrofe es obtener una respuesta contundente de la autoridad para apaciguar su honda preocupación por una situación a punto de salirse de control. Esto parece ser el caso con la problemática de la deuda que tiene la Universidad Autónoma de Zacatecas (UAZ) con varios acreedores, el más prominente, el ISSSTE. Es un hecho incontestable que el presupuesto que recibe la UAZ es inferior a sus necesidades de gasto, por lo tanto, en un razonamiento tan certero como perogrullo se concluye que opera con deuda. En un supuesto examen frío del presupuesto, rubro por rubro, mediante una monótona letanía para reiterar lo obvio, se constata que el presupuesto no alcanza, que la UAZ no puede garantizar el pago de la seguridad social y que, por tanto, las cuentas individuales están quebradas. Tras lograr esa conclusión se cuestiona a la autoridad si tiene alguna idea de cómo resolver ese problema. Aquella menciona varias salidas, pero ninguna es convincente pues no “aclara” el cómo se obtendrán los recursos ni de dónde. Por lo tanto, no hay “garantía” de que se podrá pagar. La conclusión es: no habrá retiro. Con este tipo de razonamiento se puede llegar a deducir que, debido a que no viene como parte del presupuesto asignado por la autoridad, ni existe el fideicomiso exigido por el Contrato Colectivo de Trabajo UAZ-SPAUAZ, no se podrán pagar las jubilaciones. Ese sistema está quebrado, no hay jubilaciones. Ahora bien, si se examina con más detalle la evidencia se podrá notar lo siguiente. Los pasivos de corto plazo, referentes al pago de salarios y prestaciones diversas, están todos pagados. También es notorio que, pese a los razonamientos certeros, la UAZ paga las jubilaciones, con adeudos relativos a cláusulas en disputa. Los pasivos de largo plazo no se concretan aún, pues se presentarán hasta 2037, pero no todos en una sola emisión, sino a partir de ese año en adelante. Cabe tratar de comprender la situación desde una “medida del riesgo”. La que utilizan algunos es el monto de la deuda, que es la magnitud de la diferencia entre lo que la universidad recibe y lo que está obligada a pagar. Por ende, igualan monto del adeudo con riesgo. ¿Riesgo de qué? del impago. Entonces, entre mas deuda, más riesgo de impago. Surge, sin embargo, un problema con esta medida. No funciona, no ofrece una descripción adecuada de la realidad, pues, de acuerdo con ella, hace mucho que la UAZ debió caer en la mora. No pagar salarios ni prestaciones, ni jubilaciones ni nada. No pasó con una deuda de 100 millones ni pasa con una de 4000 millones. La conclusión es fatal: esa medida no sólo es incierta, sino errónea. Sus fundamentos están mal y la visión que pergeña de la situación es un extravío. De fondo responde a un objetivo político, que es minar la confianza en la rectoría, en el rector y en el proyecto que representan. Se puede proponer otra medida del riesgo que sí tome en cuenta la evidencia. ¿Cuál evidencia? Que la universidad paga de manera regular sus adeudos, con algunos tropiezos. Como ya se mencionó no cae la UAZ en el impago, y la razón de esto es la capacidad de gestión del rector y del proyecto político que lo respalda.De modo que la medida del riesgo ha de estar relacionada a esa capacidad. La “certeza subjetiva” consiste en la creencia de quienes votaron por ese proyecto político en que el rector podrá resolver la situación. Queda claro el aspecto político de la visión que busca insinuar el desastre: socavar la confianza en la rectoría. El punto es que esa posición ya fue derrotada de manera contundente en las urnas. Queda desbancar su visión ideológica, pues no cabe duda que de haber ganado ese proyecto no habría ya ninguna “catástrofe” a la vista. De modo que, desechada la infuncional medida del riesgo del proyecto político derrotado, queda la confianza en la capacidad de gestión del rector. Tal medida no ofrece ningún tipo de “certeza objetiva”, que es la que buscan y rebuscan en documentos quienes hacen de la falacia su discurso, sino una “subjetiva”, que es lo más que se puede obtener en un mundo cambiante, en proceso. La manera de razonar de quienes, como remoras, tratan de carcomer la confianza de las personas en el proyecto político ganador es “estática”, observa y concibe la realidad como algo fijo e inmutable. Si hoy no se puede garantizar la entrada de recursos, entonces no habrá tal ingreso. Como se puede ver, es una notoria falacia de razonamiento, pues supone que dadas las condiciones iniciales (la tal “garantía” en el ingreso futuro) el estado final queda fijo, en este caso, el pago de los salarios y prestaciones. Pero el proceso de financiación de la universidad no es determinista, sino que responde a contingencias imprevisibles que, hasta la fecha, han sido afrontadas con éxito. Por tanto, lo sensato es ya retirar a esos “teóricos del abismo”.
El SPAUAZ en su laberinto. La falacia de la crisis


