La Gualdra 700 / José Alfredo Jiménez / 100 Años
Por Mauricio Carrera
Cuando mudó de equipo y se fue al Marte, la Tota Carbajal le regaló sus guantes y sus rodilleras.
—Que te sirvan de una vez pa todo el año —le dijo.
José Alfredo salió del vestidor, el rostro menos parecido al amanecer que al crepúsculo, y marchó a La sirena, donde atendía mesas y lavaba pisos. La vida, que es misteriosa y cabrona. Desde que murió su padre los astros le dictaban carencias y chambas. El sueño de futbolista ídolo de las multitudes o de cantante famoso perseguido por las mujeres, se estrellaba con el trabajo cotidiano de mesero, muchas horas de pie, bandeja en mano para llevar refrescos y platillos, pantalón negro sin planchar y camisa blanca pringada de salsas y grasa. Vivía por Santa María la Ribera, en un cuartito de la calle Ciprés, y por esos rumbos se movía. Alrededor del Kiosco Morisco empezó a patear balones y a encontrarle gusto al fútbol. Era bueno, no para meter goles, para evitarlos.
—De portero, el Fello —así le decían.
Apenas adolescente, se probó en el Oviedo y lo admitieron. Era entrón y ágil de piernas, buen guardavallas, de felino resorte y manos con pegamento. Por las mañanas entrenaba en el equipo, por las tardes mesereaba y por las noches agarraba la guitarra para abrirse corazón y entrañas, y componer canciones al estilo ranchero, como las que escuchaba de niño en Dolores Hidalgo, Guanajuato. De su padre, que era dueño de una farmacia, le heredó saber para qué servía tal o cual medicamento, su gusto por el whisky más que por el tequila, y su radio, para acompañar con bravío sentimiento a los cantantes de moda.
—Fello, escucha, si quieres dinero para un mundo más bonito, canta —le dijo.
Al poco tiempo quedó huérfano y José Alfredo marchó con su madre a la Ciudad de México para hacer la vida. Entró a la escuela y trabajaba de lo que fuera, con tal de llevar uno o dos alegres pesos a casa. Que de voceador, de voceador; que de repartidor de abarrotes, de repartidor de abarrotes. Jugaba fútbol callejero con el consuelo de los esclavos que han sido liberados. Sudoroso de jugar por horas, se imaginaba vitoreado como Horacio Casarín, su ídolo, el gran jugador del Necaxa.
—Si quieres ganar dinero, de boxeador o futbolista —era el consejo popular.
No era bueno para los golpes, nunca lo fue. Cuando el Marte lo contrató, fue feliz. Sus días de gloria se acercaban. Por un tiempo fue el portero titular. Llegaba desvelado y cansado a los entrenamientos. En La sirena, además de su chamba como mesero, formó un trío musical: Los rebeldes. Tocaban y cantaban en ese restaurante de guisos y antojitos mexicanos, e iban a echar gallo, si los contrataban. Los pesos extras nunca están de más. Atendían peticiones, y de cuando en cuando, metían alguna canción de José Alfredo.
“Yo”, y “Ella”, eran de las que más gustaban, de las primeras que compuso.
“Me cansé de rogarle, / me cansé de decirle/ que yo sin ella de pena muero…”.
Su entrenador, el Flaco Trelles, cada que lo veía llegar desvelado, oloroso a alcohol, la guitarra al hombro o a rastras, antes de cualquier partido de la larga temporada, lo regañaba:
—Si te dejaras de tus tarugadas de canciones, serías el mejor portero de México.
Un día el destino metió sus grandes narices.
Se enfrentaron, en un esperado encuentro, el Real España contra el Marte.
—¡Fello!
—¡Tota!
Eran viejos amigos y se saludaron con entusiasmo. Se conocieron desde niños en la Santa María la Ribera. Sabían de hambres, juegos, novias y sueños. La Tota Carbajal trabajaba en una vidriería en la calle de Cedro. Fueron a la misma escuela, se echaron sus cascaritas y coincidieron en el Oviedo, que nunca fue un equipo profesional, sólo amateur. Fello le mostró los guantes y las rodilleras que le había regalado unos meses antes. Aún los usaba.

Se dieron un abrazo y se desearon buena suerte. Uno de ellos se persignó, el otro deseó tener un par de horas más de sueño.
Ahora se enfrentaban. Las tribunas del Parque España, a reventar. Era un encuentro importante, se disputaban el primer lugar en la tabla de posiciones.
La Tota Carbajal se veía enterito, siempre había sido un hombre robusto y bien plantado. Su rostro, viril y decidido. José Alfredo, en cambio, de complexión más pequeña, menos afortunada, venía desganado, crudo, con un desvelo de varias noches. Era como un cuervo acechado por la hambrienta zorra. La Tota, de boina, su uniforme como recién salido de la tintorería, impecable. José Alfredo, todo de negro, con sus zapatos de tacos viejos y desgastados, su suéter de portero con los codos raídos.
El árbitro silbó para dar inicio al partido.
La Tota, convertido en un muro, se dedicó a parar todos los tiros a su portería. Un lance afortunado, un salto a su izquierda con el que detuvo un gol seguro, un disparo que desvió de un puñetazo para conceder tiro de esquina. Se veía seguro bajo los tres palos. Terminó el primer tiempo con empate a ceros.
En los vestidores, el Flaco Trelles notó el desgano de José Alfredo.
—Tú y tus tarugadas —le dijo.
El segundo tiempo inició con un sol a plomo y con el Real España decidido a ganar. Sus embates se sucedían uno tras otro, con centros cargados de veneno desde las laterales. José Alfredo, que sabía posicionar a gritos a sus defensas, logró aguantar sin un tiro directo o un cabezazo de verdadero peligro.
La Tota se lució con dos paradones que despertaron el aplauso entre sus fanáticos.
Hacia el final del partido, el cero cero mantenido con denuedo y gallardía, cambió de manera inesperada. La suerte estaba echada para cambiar no sólo el marcador sino el destino. Un tiro por alto con poca fuerza, dirigido a la portería del Marte, fue medido por José Alfredo, quien se elevó para tomarlo entre sus manos. Una jugada de rutina. Tal vez fue el sol, que lo deslumbró. Tal vez se confió demasiado en sus habilidades. Sucedió lo impensable. El balón resbaló sin poder sujetarlo y se metió de manera casi ridícula a la portería.
Los abucheos no se hicieron esperar. El Flaco Trelles no ocultaba su enojo, mentándole la madre al pendejo de su portero. Perdieron el partido por un gol a cero.
El contrato de José Alfredo fue rescindido entre reproches e insultos.
Esa noche tomó la guitarra, bebió a pico una botella de whisky y se puso a componer —se sonrió con ironía— otra de sus tarugadas.
“Canto al pie de tu ventana/ pa’ que sepas que te quiero. / Tú a mí no me quieres nada, / pero yo por ti me muero…”.
Al día siguiente regaló sus guantes y sus rodilleras de portero a unos niños que jugaban enjundiosos junto al Kiosco Morisco de la Santa Maria la Ribera.
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