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La llamada “batalla cultural” y el ocaso del poder mediático

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Por: JAIME CORTÉS ACUÑA •

El problema no empezó como una discusión cultural ni ideológica. Empezó como lo que es: un conflicto fiscal. Pero cuando un empresario con poder mediático decide convertir el pago de impuestos en una cruzada pública, el asunto deja de ser administrativo y se vuelve político. No porque lo diga el gobierno, sino porque así se plantea desde el propio poder económico.

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Lo que está en juego no es la libertad de expresión, sino algo más concreto: la defensa de privilegios que durante años parecieron intocables. La disputa entre un magnate de los medios y el Estado mexicano muestra menos una defensa de principios y más el desgaste de un modelo donde el dinero, las concesiones y la influencia mediática caminaban juntos sin demasiadas preguntas.

En ese contexto comenzó a escucharse con fuerza el término batalla cultural. El concepto aparece ahora en voces que durante décadas se presentaron como neutrales, técnicas o “no ideológicas”. El giro no es menor. Quienes durante años marcaron el sentido común hoy se descubren a sí mismos como actores en disputa. Y esa incomodidad suele expresarse como alarma.

No deja de llamar la atención que esta narrativa provenga de figuras empresariales con enorme presencia mediática —léase: Ricardo Salinas Pliego— que durante mucho tiempo influyeron en la forma de pensar del país sin reconocerlo abiertamente. Pasar de la supuesta neutralidad al posicionamiento político explícito no es una anécdota: es la señal de que el control del relato ya no es absoluto.

Aquí conviene aclarar algo. La llamada batalla cultural no es un invento reciente ni una moda importada. Viene de una tradición crítica que buscó explicar cómo el poder logra que su visión del mundo parezca “natural”. Antonio Gramsci lo dijo con claridad: el poder no solo manda con leyes o dinero, también lo hace cuando logra que su forma de ver la realidad se convierta en sentido común.

Por eso resulta revelador que hoy ese concepto se use como arma defensiva. Lo que se presenta como una lucha de ideas es, en muchos casos, la reacción de quienes estaban acostumbrados a no ser cuestionados. Cuando el poder deja de ser incuestionable, suele presentarse como víctima.

Ese marco ayuda a entender el momento actual. Ricardo Salinas Pliego decidió llevar su disputa con el gobierno federal al terreno político, incluso acudiendo a instancias internacionales de derechos humanos para denunciar una supuesta persecución. La estrategia es clara: transformar un adeudo fiscal en un caso de victimización política.

Pero el fondo es menos abstracto. El jefe del SAT, Antonio Martínez Dagnino, informó que el empresario tiene un plazo legal de cinco días hábiles —que vence esta misma semana— para cubrir un adeudo fiscal superior a los 51 mil millones de pesos. Para el ciudadano común, el tema es sencillo: pagar impuestos no es una ideología, es una obligación.

La narrativa del empresario perseguido pierde fuerza cuando se contrasta con una realidad conocida por millones de mexicanos: a nadie se le perdonan deudas por tener micrófonos o pantallas. En un país desigual, la exigencia no es revancha, es piso parejo.

Hay además un dato que habla por sí solo. Ninguna cámara empresarial, ningún organismo del sector privado, ni siquiera voces relevantes del empresariado mediano han salido públicamente en su defensa. El silencio es contundente. Las reacciones favorables provienen, en su mayoría, del círculo de empleados y comunicadores vinculados a su propio emporio mediático.

A esto se suma una acusación grave: el gobernador de Puebla lo señaló por presunta extorsión y por utilizar la presión mediática como mecanismo de negociación política. Más allá de lo que determinen las instancias legales, el señalamiento expone una práctica conocida: usar la información como moneda de cambio.

Todo apunta al cierre de una etapa. El tiempo de las concesiones automáticas y los acuerdos implícitos parece agotarse. Las reformas en curso no son cosméticas; tocan intereses reales y estructuras que durante años parecían intocables.

Conviene decirlo sin rodeos: empresario no es quien confunde privilegio con mérito. Empresario es quien compite, arriesga y cumple la ley. Lo que hoy se presenta como una defensa de la libertad se parece más a la reacción de un poder que descubre, demasiado tarde, que también tenía ideología.

Porque pagar impuestos no es una postura política.

Es una obligación legal.

Y el fin de los privilegios no es persecución: es Estado de derecho. 

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