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La reconfiguración del poder

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Por: Carlos Eduardo Torres Muñoz •

En la última década hemos sido testigos de cómo las ideas, costumbres y formas en que el poder político se expresaba y ejercía ha venido transformándose, tanto en México como en el mundo. Ya lo había escrito en “El fin del poder”, el venezolano Moisés Naím: producto de la globalización y los procesos de modernización y aceleramiento que la acompañaron, el poder se perdió la estabilidad que, más o menos, le había acompañado durante las últimas décadas. Luego, en “La revancha de los poderosos”, explicó la reacción que el proceso del debilitamiento del poder, provocó a sus detentadores y aspirantes: su recuperación mediante estrategias como la polarización. No es por ello una novedad: las dinámicas del poder se están reconfigurando en todo el mundo. Lo hemos visto con particular asombro en los Estados Unidos, a partir del estilo disruptivo que ha ejercido su actual presidente, en el que se han roto las reglas no escritas (y tal parece que muchas de las escritas), en las acciones, declaraciones, políticas y estrategias del mandatario republicado, lo que ha llevado a un número creciente de expertos a preocuparse por el futuro de la democracia angloamericana. 

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México ha venido experimentando en los últimos años una trayectoria que no escapa de dichas condiciones: el poder que una vez estuvo centralizado, con todo y sus limitaciones, se difuminó con la alternancia presidencial, en las entidades, el Congreso y, en buena medida, en el Poder Judicial. No cambió está dinámica con el retorno al poder del PRI, sino acaso para el interior de su propio partido. Luego de doce años de orfandad del máximo árbitro en sus conflictos, los gobernadores y legisladores priistas se disciplinaron al liderazgo del presidente de la república, emanado de su partido, con las conocidas consecuencias de ello. 

En 2018 esta fórmula sufrió su primer cambio: una coalición política, en forma de movimiento social, obtuvo una victoria electoral histórica sin precedentes. Desde entonces se ha fortalecido, acrecentando su dominio local desde gubernaturas y alcaldías. Finalmente, como todos sabemos, en 2024, logró constituirse, como coalición, en la fuerza política hegemónica. Ello mismo ha traído consigo, una nueva dinámica del poder, ya no frente a una oposición, tan disminuida que no puede siquiera impedir reformas constitucionales, sino al interior de dicha coalición, que demuestra, un día sí y otro también, una complejidad difícil de explicar desde las referencias con las que gozábamos. Lo que no cabe duda es que, desde el simplismo y el prejuicio, solo se mal juzga la relación de fuerzas, intereses y poder al interior de dicho movimiento político, hoy dominante.

A partir de 2018, desde la inmensa legitimidad que le otorgó su triunfo, el presidente en turno hizo de su figura la de un presidente fuerte, que no necesariamente la de una Presidencia ni un Poder Ejecutivo con la misma dimensión. Me explico: el Presidente ejerció por sí mismo, con su estilo y su concepción de la administración pública, tanto el poder político, como el diseño y formulación de la política pública, el margen de acción de los integrantes de su gabinete y la acción de la administración pública, entendida como procesos, instituciones y burocracia; acaso limitado por las minorías opositoras en el Congreso (aún suficientes para impedir reformas constitucionales) y el Poder Judicial.

Con la aprobación de las reformas del Plan C, vivimos un fortalecimiento sin precedentes de la Presidencia de la República, es decir, del Poder Ejecutivo. Sin embargo, lo que hemos atestiguado es que, hasta el día de hoy, ese poder conferido al Poder Ejecutivo, no es necesariamente un poder que ejerza exclusiva y excluyentemente la Presidenta de la República. En un estilo que va tomando forma, se nota que toma decisiones con atención a la coalición gobernante de la cual forma parte; y cabe puntualizarlo: no a un personaje en particular, sino a un conjunto de actores e incluso, corrientes de pensamiento, en esa complejísima red de liderazgos, cuadros técnicos o políticos y expresiones, tanto regionales como de pensamiento.

Ello, me parece, que es una estrategia inteligente y prudente de Claudia Sheinbaum, por dos razones: primero, ser leal al programa que suscribió como candidata de dicha coalición, y dos, mantener la fuerza que legítimamente obtuvo mediante los votos, pues no habrá que obviar que su elección también ha sido la ratificación que los votantes hicieron del proyecto político del que ella misma fue cofundadora. Tanto a nivel político, como estratégico, no puede reprochársele ser consecuente con su pensamiento, programa político, movimiento y coalición. Habrá también, con todo, que rescatar los matices que se ha permitido imponer en distintas políticas (seguridad, salud, relaciones exteriores, economía, por nombrar algunas) y dos, las limitaciones que le generan dichas circunstancias. 

Con todo, qué duda cabe: el poder vive momentos de lo más interesantes, en una reconfiguración en el que el forcejeo entre legitimidad social, estructura jurídica, liderazgo político, costumbres, reglas e intereses, va evidenciándose de tal forma que nos permite asomarnos a la definición de una novedad que día a día va siendo motivo de análisis y debates. Ojalá este apunte arroje alguna pista en esta deliberación.

@CarlosETorres_

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