Sensatez es la cualidad de sensato (cuerdo, prudente o de buen juicio).
La sensatez, por lo tanto, está asociada a la cordura,
el entendimiento, el raciocinio y la prudencia.
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Es inevitable referirse a lo acontecido el pasado primero de noviembre en Uruapan Michoacán a su alcalde Carlos Manzo, una figura a la que, más allá de coincidencias o diferencias, no se le puede escatimar su arraigo popular a partir de la defensa de la dignidad de su gente. Cabe volver a un punto reiterado en este espacio: esa dignidad que la violencia trastoca en cualquier parte del mundo en el que tenga lugar, y que lamentablemente, como es muy conocido, en Michoacán se ha enquistado durante décadas, aunque hoy no sea la excepción en un país que, también va ya para dos décadas sufriendo los estragos de una crisis de civilización que nos ha mostrado su peor rostro en historias como la que hoy ocupa la conversación pública.
Es a partir de este episodio que vale la pena hacer un recuento de elementos que, a menudo quedan fuera del debate y que, sin embargo, sin ellos no podremos ni entender, ni atender, las circunstancias de emergencia. El Estado mexicano, ha quedado demostrado, carece de la fuerza, capacidad y, lamentablemente, en algunos casos, de la voluntad política, necesaria para recuperar el monopolio del uso legítimo de la fuerza en sendas regiones. Nunca ha sido distinto, aunque se han logrado períodos de gobernabilidad. El país es tan extenso como complejo. Como bien lo ha dicho Dawid Danilo Bartelt, de la Fundación Heinrich Böll: en América Latina se observa un fortalecimiento de poderes fácticos que capturan al Estado, volviéndolo disfuncional para las mayorías y para quienes no cuentan con poder. Dichos poderes fácticos pueden ser tanto actores legales (sindicatos, iglesias, militares, etc.,) como ilegales, cuyo más claro ejemplo lo encontramos en el crimen organizado.
A su vez, como lo han estudiado con singular claridad Guillermo Trejo y Sandra Ley, la fragmentación del poder político, también se ha convertido en una variable para expresar la violencia criminal. Es decir, la pluralidad democrática ha traído consigo, como un efecto no deseado, el debilitamiento del Estado y sus capacidades, a partir de instituciones poco funcionales para gestionar las diferencias políticas, ocasionando que los incentivos para cooperar se diluyan a favor de fuerzas externas, causantes de la debilidad del Estado de Derecho. Esto, cuando no son los propios actores políticos quiénes, a partir de cálculos mezquinos y acuerdos inconfesables, quiénes se convierten en instrumentos de la captura del Estado mismo.
Ante este escenario, en el que nuestro país se ha enfrentado siempre a una crisis de estatalidad, agravada por un adversario que lo supera en regiones, tanto a nivel financiero, como de capacidad de ejercer la violencia, la democracia no debiera convertirse en un elemento más de debilidad, sino de fortaleza a través de estrategias que, además de gozar de inteligencia y atención a las causas raíz, pongan el foco en la reacción, en la recuperación del rol de autoridad legítima a favor del Estado y sus instituciones. Esto último es lo que pareciera estar en la política de seguridad que trató de implementar Carlos Manzo. Por eso cabe cuestionar por qué no intentar un híbrido entre la atinada estrategia desarrollada por Claudia Sheinbaum a partir del uso de la inteligencia y la fuerza, y otra que descanse en el fortalecimiento de la legitimidad y capacidad de las autoridades locales, primer eslabón, a menudo el más débil, pero también el más necesario para recuperar la confianza en las autoridades y sus políticas públicas. Solo en una agenda en la que se apueste por recuperar la dignidad en todas sus dimensiones (económica y social, pero también en el frente de justicia, seguridad y buen gobierno), superaremos nuestra crisis. Tanto como el país no podía soportar más con una política económica que abandonaba a los más pobres, como tampoco hoy puede esperar más a una respuesta integral que le permita recuperar la paz y seguridad.
Ante todo ello no cabe sino poner atención en el triste debate que hemos presenciado a partir del mismo sábado en la noche: el mutuo señalamiento, el golpeteo político utilizando como bate las terribles imágenes de Uruapan, y la falta de corresponsabilidad en un escenario que debiera llamarnos a todas, todos, actores políticos o no, a una norma básica de la vida: sensatez.
Solo a partir de liderazgos sensatos, políticos sensatos, funcionarios sensatos, ciudadanos sensatos y posturas sensatas, podremos comenzar la marcha hacia la recuperación de la dignidad colectiva, una, en la que la violencia es condenada no importa quién sea la víctima o victimario, ni el escenario ni la causa o consecuencia. Sensatez y sí no es mucho pedir, decencia.
@CarlosETorres_



