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Las muertes que nos cambiaron

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Por: JuanJo Montiel Rico •

Durante décadas, México ha sido famoso globalmente por su singular relación con la muerte. La domesticamos en el altar, la reímos en versos, la dibujamos como catrina. Octavio Paz escribió que el mexicano la acaricia y la burla, que la contempla con impaciencia y desdén. La muerte, decía, no nos da miedo; la hacemos fiesta.

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Pero algo ha cambiado. La muerte que antes adornábamos con papeles, flores y colores, hoy nos llega sin máscaras y sin aviso. Ya no es símbolo, ni metáfora, es una cruda realidad. La cifra roja que diariamente inundia los los portales de noticias son dramáticas ausencias en los hogares de miles de familias.

Desde el arranque de la llamada “guerra contra el narcotráfico” en 2006, México ha acumulado más de medio millón de asesinatos. Durante el sexenio de Felipe Calderón se registraron 120 mil homicidios. Peña Nieto sumó 156 mil. Y el sexenio más reciente, el de Andrés Manuel López Obrador, cerró con la friolera de cerca de 189 mil víctimas. 

La muerte en México, esa vieja conocida, se convirtió en un trauma. En tragedia repetida. Hoy convivimos con ella de otra manera. Ya no es sólo la calaverita con sombrero o el pan de muerto en la ofrenda: es el duelo cotidiano que se arrastra en miles de hogares, el miedo a no volver del trabajo o la escuela, el dolor sin nombre de las madres que buscan a sus hijos desaparecidos. México es un panteón. Y esa frase, tan brutal, no suena exagerada. Porque en muchos lugares del país la muerte en lugar de ser el final, es el principio de la incertidumbre.

Y sin embargo, seguimos armando ofrendas. Ponemos fotos, velas, papel picado. Porque así es México: transforma el dolor en símbolo, y el símbolo en resistencia.

En los últimos años, el Día de Muertos se ha resignificado. Ya no sólo honra a los ancestros que partieron por causas naturales. Ahora también recuerda a las víctimas de feminicidio, a los migrantes asesinados, a los desaparecidos. Colectivos de mujeres instalan altares en plazas públicas, con rostros y nombres que claman justicia. El 28 de octubre, el llamado día de los matados, reservado para quienes murieron de forma trágica, se ha vuelto un día nacional de luto no oficial.

En ese marco, el culto a la Santa Muerte también crece. Lo que antes era una devoción marginal, hoy es un símbolo de protección para millones. La Niña Blanca —esqueleto vestido de novia o de reina— representa la única certeza en un país donde la vida puede apagarse en cualquier momento. Esa popularidad refleja algo más profundo: la necesidad de ponerle rostro a lo inevitable. De volver a mirar a la muerte, pero ahora desde el miedo y la súplica.

La literatura mexicana lleva décadas dialogando con esta figura. Juan Rulfo dio voz a los muertos que no encuentran paz. Rosario Castellanos la abordó como retorno a la raíz. Y José Gorostiza, en su prodigioso poema Muerte sin fin, escribió: “¡Oh inteligencia, soledad en llamas, que todo lo concibe sin crearlo!”. Para él, la muerte era un acto de conciencia pura, una pausa luminosa en medio del vacío. Pero ¿cómo conciliar esa lucidez metafísica con la crudeza actual? ¿Cómo pensar la muerte como creación o reflexión cuando llega por balazo o tortura?

Lo que está en juego, entonces, no es sólo una forma de morir. Es una forma de ser. Nuestra relación con la muerte era parte de lo que nos hacía únicos como cultura. Pero el presente violento nos ha obligado a reescribir ese pacto. Entre el humor del altar y la furia de las fosas clandestinas, entre las calaveras de azúcar y las cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, estamos forjando una nueva identidad mexicana, más dolorosa, más consciente, más resistente.

Quizá algún día podamos volver a mirar a la muerte con ironía, como lo hacían nuestros abuelos. Pero mientras tanto, la memoria de quienes han muerto de forma injusta nos exige transformar la manera en que la entendemos. Porque, aunque la muerte siempre ha estado ahí, hoy no basta con convivir con ella, ahora tenemos que resistirla.

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