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■ Historia y poder

El fracaso de los poetas en México

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Por: MIGUEL ÁNGEL AGUILAR •

No se trata solo de grandes vividores en busca de premios o de publicaciones definitivas, sino que se creen seres superiores, inopinables de la tragedia nacional, eso sí, su existencialismo va siempre muy en boga en pos de encuentros literarios, ferias de libros y algunas lecturas donde los que van, para acabarla, también le entran a la poesía.

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Es un fracaso la poesía en México, hay muchas evidencias, las redes sociales han exaltado el egocentrismo a limites nunca antes vistos, los poetas deciden quien debe alabarlos ya por lo que comen o viajan o se juntan y entonces hay indigencia moral, dejadez, pereza y muchas controversias color de rosa, no hay tregua, no hay intervalos, se trata de sentirse muy poseídos como por mensajes cifrados desde el mismito cielo de las inspiraciones.

Una horda de ridículos con laxos entendimientos, se dicen los muy doctos para explicar su sufrimiento, exhalan cual divinos bardajes su frágil melancolía y se juntan con cuentistas tullidas, novelistas dinamizadas en irritar lo inútil, la gratitud de las orquídeas para todo el año, todo el siglo, los milenios sobrantes en lo superfluo, lo onírico, lo inhumano.

Durante muchos años los mexicanos tuvimos que soportar la petulancia de los “grandes escritores” como Octavio Paz y Jaime Sabines, el onanismo de amado Nervo o Xavier Villaurrutia, Mario Bojórquez y Coral Bracho, Dolores castro o el suertudo de Eduardo Lizalde y quienes de manera alarmante se las dieron de ser los mas influyentes en un mundo de anacoretas y analfabetas, querer ser los mas famosos, los mas reconocidos, los aplaudidos firma libros mientras se la creían para ser dueños de becas millonarias, puestos burocráticos, la lisonja y el alago muy poseído de notas en las páginas de sociales.

Intensidad y declive: los movimientos poéticos del siglo veinte fueron una falacia y enclenque, nada consistente porque allá afuera las sábanas de sangre se amontonaban en hospitales de pobres, colonias de abejas obreras invadidas por humaredas del desabasto, la huelga trunca, las enfermedades y el radicalismo en la tristeza: de nada sirven unas líneas perfumadas mientras afuera las multitudes de jóvenes obreras se peleaban por un turno y por algo de comida en sus comedores de la mugre.

Pérense, no se trata de ocupar el olimpo de la política o las realidades subalternas, entendemos que en el siglo xix Manuel José Othón, desesperado por tantas guerras e intervenciones armadas, epidemias y golpes de estado, lo que anhelaba con el alma era escribir el himno de los bosques y no esa hilera de cadáveres en las plazas públicas, la pobreza de las graves muchedumbres tocándole a la puerta, nadie era culpable, era la historia que teníamos que vivir para llegar sucios, capturados por la esencia patética de las clases sociales, listos para olvidar todo a través de los siglos.

La poesía en México no sirve para nada, nadie los pela, solo un pequeño segmento se la cree y con ello se sienten muy a gusto, muy dueños de la estimación en la “profundidad del arte literario” y que sirve para carajo la cosa, pues la inmensa mayoría de la población vive ajena a los acontecimientos de los poetas y cuentistas, eso si, saben que muchas autoridades municipales y estatales destinan cuantiosos fondos para que acuda un escritorzuelo a darle rienda suelta a sus extractos morales y muy apalabrados con ediciones inalcanzables y que leen en voz alta en pequeños públicos que no llegan ni a cincuenta personitas.

No creo en los libros, no creo en los poemarios, no creo en los premios o certámenes ni en las veladas literarias ni en los encuentros de poetazos, las ediciones si mucho son de 500 ejemplares y solo circulan unos 100 libros, sometidos unos y otros al siniestro afán de la secrecía, los poetas se regodean, le entran al club del “me lees y te leo” y nunca te difamo, siempre te aplaudo y si algo dicen es por que la envidia es como el salitre.

Conocí a una gran generación de poetas que iban a las huelgas y a las fábricas y a los campos agrícolas.

Tampoco sirvieron de mucho.

Acaso envalentonó a quienes querían campamentos de tierra y libertad, irse a las armas, tomar universidades, ir a los ingenios azucareros a festejarles sus victorias.

Pero los promotores quieren que nos inspiremos con la belleza de los poetas y las señoras cuentistas que delatan viajes por Egipto o cruceros por la brecha lusitana.

Nada de eso sirve ya.

Los poetas son un verdadero fracaso, nadie los lee, nadie los comenta, nadie les compra libros.

Y si lo hacen, los dejan en algún lugar de la casa y luego se manchan de café o sirven para forjar un cigarro o unas líneas blancas de tanta alegría por la fama y la bonhomía.

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