Como muchísimos mexicanos he vivido extenuantes jornadas de trabajo en una amplia diversidad de tareas, todas con un solo fin: obtener recursos para sobrevivir.
Uno de esos empleos consistió en dar talleres para voceros, o clases de defensa personal para enfrentar a los medios de comunicación masiva en épocas de censura soterrada.
La necesidad me obligó en esos talleres a develar las estrategias que usé como reportero para no llegar con las manos vacías a la redacción y, de vez en cuando, firmar las ocho columnas. Tal vez podría escribir un tomo con esas tácticas, pero de manera general puedo decir que muchas de ellas parten del aprovechamiento de una de las tentaciones más fuertes del hombre: declarar.
Reconozco que en algunas ocasiones abusé de esa debilidad, teniendo que justificarme luego ante mi posible conciencia, primero, argumentando que tenía la obligación de generar notas periodísticas, si es que deseaba seguir en la nómina de mi periódico y, después, recordando que trataba con personajes públicos que lucraban con los lectores y contaban, o debían contar, con estrategias para librar mis ansias informativas.
Por supuesto que en mi etapa reporteril también encontré funcionarios ingenuos o inocentes, tanto que en ocasiones extraerles información, muchas veces sin que se dieran cuenta, me provocaba sentimientos de culpa.
Muestra de ello fue cuando un buen día cerca de las 6 de la tarde llegó a la redacción el rumor de una explosión en la refinería de Cadereyta, N. L.
El asunto no era menor, pero carecíamos de una fuente que confirmara el hecho. Ir a ese lugar y regresar al periódico requeriría unas tres horas, justo en el momento más crítico en la redacción donde era urgente terminar de escribir y formar la edición del día siguiente. Por si fuera poco, corría el riesgo de llegar a la refinería y ser rechazada mi entrada, escuchando a lo sumo del personal de seguridad un “Aquí no pasó nada, niño”.
“Sólo la muerte no tiene remedio”, decía mi madre cuando percibía que algún problema me arrollaba. Recordé entonces que tenía el teléfono del superintendente, que él mismo había dado en una ocasión en la que cubrí una información positiva, y sin más trámite le marqué.
—Buenas tardes, ingeniero, lo molesto para conocer el número exacto de los fallecidos por la explosión de hoy —dije con tal seguridad que hasta me desconocí.
—¡Espérame, Rivera! Sólo hubo cuatro heridos —aclaró como de rayo el funcionario, quien sin saberlo me confirmó la nota desde la comodidad de la redacción.
Viví otros casos en los que lejos de sentir culpa me froté las manos de gusto.
Impartía en el siglo pasado al gabinete de Coahuila un taller de voceros, con ejercicios tan incisivos que se decidió que el gobernador no participara en ellos, disfrazándose la intención de protegerlo pidiéndole su ayuda para “supervisar” los equipos de trabajo.
Pero la tentación de declarar es tan grande como pequeña la voluntad de resistirla. En la última sesión del taller el mandatario se dirigió a mí desde la cabecera de una enorme mesa: “Ahora entrevístame, y si no lo haces igual que a ellos no vuelves a Coahuila”, dijo seguramente bromeando sobre mi posible exilio, pero con claras intenciones de pasar al frente.
Su petición, naturalmente, procedió. Se defendió cual felino boca arriba y escabulló como pez enjabonado, pero cedió a la seducción de hablar…
—La ley estatal obliga a que en estos casos se exija una fianza —expresé ya avanzada la entrevista, con base en la información que él mismo me había dado apenas unos minutos atrás, sin prever el uso que le daría.
—Es una norma vieja y no es costumbre aplicarla —comentó convencido de su verdad.
—Pero esa ley no ha sido derogada y debería ser acatada, señor gobernador —remaché oliendo ya “la sangre” que podría alimentar una nota de ocho columnas.
—Sí, pero no… —alcanzó a decir antes de que volviera a la carga.
—¿Existe o no esa ley? —fue mi última pregunta.
—Sí, pero no se aplica desde hace mucho tiempo —respondió ya dentro del garlito del reportero.
—Luego entonces el gobernador está violando la ley —ya no fue cuestionamiento, sino afirmación la que hice.
—Bueno, en cierto sentido… —admitió quizá harto de ser hostigado.
—Gracias, entiendo que usted viola la ley —expresé y finalicé la entrevista.
¿Qué siguió? Lo esperado de un mandatario con pudor. El taller se suspendió casi una hora, porque en el mismo sitio del evento el jefe del Ejecutivo celebró una reunión urgente de gabinete, en la que su contralora y tesorero llevaron la parte más difícil. “Esto fue un ejercicio en privado… ¡Pero qué hubiera pasado si me entrevistan en público!”, espetó justificadamente.
Y hoy que recuerdo las extenuantes jornadas de trabajo que he vivido al igual que una enorme cantidad de mexicanos que como yo difícilmente pueden salir de vacaciones, no sé si sentir lástima o gusto por quienes son seducidos por su palabra y luego masacrados por ella.



