Es cotidiano actualmente en el país, que grupos colectivos buscadores de personas desaparecidas, localizan en terracerías, lotes baldíos, canales, brechas o inmuebles abandonados alejados de ciudades, municipios y comunidades, restos humanos desmembrados, mutilados, calcinados, fosas clandestinas y en muchos casos, decenas de bolsas conteniendo cuerpos maniatados, que muestran haber sido torturados hasta provocarles la muerte. En su mayoría, se desconoce si fueron o no detenidos los autores de tales crímenes. Aunque se trata de una problemática derivada de la inseguridad que caracteriza a México, es importante señalar que el discurso amenazante y agresivo del presidente norteamericano Donald Trump, lo “justifica” en esa situación.
Nada es nuevo ni desconocido, más cuando en ocasiones son los ciudadanos “suficientemente agraviados”, quienes se “hacen justicia por su propia mano”.
Comento un caso sucedido hace años, a inicios del siglo XXI:
Ocurrió el 23 de noviembre de 2004, en el pueblo San Juan Ixtayopan de lo que entonces era Delegación Tláhuac, Distrito Federal. Ahí se sacrificó de manera salvaje a dos agentes de la Policía Federal Preventiva (PFP), a manos de una multitud enardecida, y por su actuar, carente de raciocinio. Este hecho, parecería haber rebasado la función que tuvo en épocas históricas remotas, el “Tribunal de la Santa Inquisición”.
Gregorio IX en el año de 1231, creó esa terrible instancia con el fin de castigar delitos contra la fe. El órgano declinó al finalizar la Edad Media, pero en la época del protestantismo cobró importancia, y estableció como pena máxima la muerte en la hoguera. Ya en el siglo XIII, esa forma de autoridad justiciera, fue introducida en España por el Reino de Aragón. Luego en 1478, reinstaurada por los Reyes Católicos, tuvo como función combatir a los judíos y moriscos evitando así, la penetración de ideas renovadoras. En 1820, fue suprimida.
El dolor infligido en un ser humano, como forma de castigo hasta ocasionarle la muerte a mayor sufrimiento y de lenta agonía, son hechos en que los verdugos actúan con la saña más cruenta por la satisfacción, de que, gracias a eso, “se hizo justicia” y el “orden público”, a su decir, quedó “restablecido”.
Encontramos actualmente en México, crímenes por razones de “ajuste de cuentas”, que nada tienen que ver con la “imposición para restablecer el orden social” en pleno siglo XXI. Se trata de aquellos que llevan a cabo la delincuencia organizada y/o la delincuencia de “cuello blanco”.
Ciertamente, el de Tláhuac no es ni ha sido el único suceso de linchamiento. Tampoco será el último, por eso, las autoridades competentes deberían más que nunca castigar con todo el rigor de la ley a los responsables, sean por acción u omisión. Sin embargo, lamentablemente entre esas autoridades competentes, se encuentran quienes desvergonzadamente y sin ética, ocupan esos cargos de mando.
Algo repugnante y doloroso: los medios de comunicación, principalmente la televisión tuvo en todo momento, facilidad de acceso al lugar de los hechos, y sin el menor obstáculo grabó y tomó nota para su difusión posterior, de todo el “procedimiento”, que llevó a cabo la muchedumbre convertida en verdugos, para “moler a golpes” a los agentes y después, rociándolos con gasolina, prenderles fuego estando vivos. Ahí estuvieron las cámaras televisivas sin perder detalle, como si se tratara de un programa de espectáculos… de entretenimiento.
Para limpiar su imagen ante el pueblo, los funcionarios encargados de seguridad en el país, se culparon entre sí, la mayor responsabilidad se atribuyó al jefe de Gobierno de lo que fue el Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador (AMLO). Sin embargo, dentro del poder, existen dos ámbitos bien determinados con facultades propias y excluyentes: el federal y el local; quienes fueron salvajemente martirizados, desempeñaban funciones de agentes de la Policía Federal Preventiva (PFP) y tal instancia, dependía del gobierno federal.
De ahí, hemos comentado que, en nuestro país, la inseguridad reciente no ha sido novedad. En otros tiempos, también ha tenido lo suyo. Los sacrificios humanos de mujeres principalmente, como ofrecimiento en honor de los variados dioses: de la lluvia, sol etc., cuando los indígenas pedían se les concediera un favor. No queda sin mencionar la Época Colonial en la cual, los nativos eran objeto, también de todo tipo de malos tratos y abusos, tan sólo por su condición desigual…
Morbo y sarcasmo de los espectadores del holocausto en Tláhuac, son inexplicables y nada los justifica. Las risas, la cara de alegría, la saña y venganza que reflejaban aquellas personas convertidas en verdugos, mostraron la realidad de un México, en el que impera el salvajismo; y tenemos en ese lamentable hecho, la multitud a la espera de lo que habría de suceder: ¿cómo terminarían aquellos hombres? convertidos en cenizas…
Punto y aparte.
Hasta el mes de junio pasado, según el Gabinete de Seguridad los homicidios dolosos tendían a la baja 25.8% en los últimos 8 meses. En igual fecha, según Amnistía Internacional, el número de personas desaparecidas es de más de 128,000.
Se esperaba que nuestro país, a través del tiempo superaría acontecimientos como el de Tláhuac, pero sigue prevaleciendo la barbarie a la mexicana.



