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Si la infancia es destino, El Flash continúa con su verdadera vocación: ser músico

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Por: ALMA RÍOS •

■ Ha compartido lo que sabe mediante clases y talleres en escuelas, comenta José Correa

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“Cada quien siente lo que tiene que hacer”. José Joaquín Correa El Flash es músico, músico callejero. Uno que va “a donde hay gente dispuesta a escuchar”.

En los bares, camiones, restaurantes y plazas públicas pero también los teatros y a veces acompañando a esta “gente” a sus luchas por la tierra o por un techo propio. En sus protestas y exigencias, entre otras, la de los ex braceros zacatecanos, para que les devuelvan “lo suyo”. En esos contextos que representan duros enfrentamientos y situaciones, “la música hace más firmes los ideales”, dice.

José Joaquín Correa nació en la capital del estado en 1953. Si es cierto que infancia es destino, entonces la guitarrita de juguete que le obsequiaron de pequeño algo tendría que ver con su vocación que decididamente es la de cantar y tocar.

Tuvo como suerte viajar a la Ciudad de México a realizar sus estudios de secundaria y preparatoria entre los años 1967 y 1972. Tiempos de agitación social que señalaban para algunos una esperanza de avance democrático que fue inspirada en el movimiento estudiantil francés y que culminó en México, ya se sabe, en deshonrosa represión gubernamental con la Matanza de Tlatelolco en 1968. “Y se dio la tragedia”, dice José Joaquín Correa, una que “enojó muchísimo a la gente”.

De regreso a Zacatecas encontró una recién nacida UAZ en la que se matriculó primero en su escuela de Economía, luego, en la correspondiente de Derecho.

En ese inter y ya tocado por la música del momento que había oído en el Distrito Federal mediante Radio Universidad y que incluía los género del rock, del jazz o el blues pero también las sonoridades latinoamericanas del folclor andino o la música cubana con sus guajiras y habaneras, o de Venezuela con sus joropos, inició su participación en el movimiento social en gestación promovido por el Frente Popular de Zacatecas.

A este se incorporó cantando y tocando, involucrado en el Huayrapamushka, grupo universitario que formó parte de las protestas y resistencias sociales de la época de los 70 y al que destaca como promotor de la música latinoamericana en el país de la que dice, nos vino desde Europa y los Estados Unidos. Allá inició el boom, así recuerda que, El cóndor pasa se hizo famosa por Simon & Garfunkel.

De esta experiencia sobreviven, además de los recuerdos de las tomas de las tierras, las amistades generadas con los campesinos, colonos y compañeros de lucha, muchas que todavía se actualizan, los corridos y canciones que formaron parte del ánimo de aquellos momentos, como aquel que relata el que “niños mujeres y hombres” estaban muy decididos a pelear contra los latifundistas, la letra de Hipólito Sánchez Piña se acompaña con su música, en el Corrido de la Boquilla.

El Flash también es abogado. Un abogado “no litigante”. El litigio señala, es pelear, y siempre, que alguien pierda.

La carrera la cursó como otros, “para darle gusto a sus padres”. Tras cumplir con el compromiso y porque “se me dificulta un poco pelearme”, optó nuevamente por la música, pues ésta “te hace una persona sensible”. También la destaca como “un arte que transforma a las personas”.

A Correa tampoco le agradó seguir una carrera, la abogacía, que implicara la preocupación por acumular bienes que luego deriva en la preocupación por cuidarlos. Esa angustia hace que la gente “se olvide de ser feliz de estar bien con la vida”.

La vocación parte “de lo que cada persona sienta. Cada persona siente lo que tiene que hacer, ni siquiera tienes que ir a la escuela para que te ubiquen en determinada actividad.

Las personas son. Y no es necesariamente un determinismo histórico como mucha gente dice. No, yo creo que la vida se siente”.

El Flash también se jacta de no tener patrón que le mande o tarjeta que checar. La música que hace tampoco es complacencia sino para sí mismo, canta lo que quiere y con quien quiere.

“La música que aprendo y que canto es porque me gusta a mí y generalmente aprendí que si te gusta, le gusta a la gente y la disfruta”.

De esta manera también ha compartido lo que sabe mediante clases y talleres en diferentes escuelas, dirigidos a distintos niveles para niños, jóvenes y adultos.
A través del tiempo se ha involucrado al igual que con “Los huayras”,  en ensambles como de Sur a norte con Roberto Ibarra y Miguel Carlos y en el Taller de Arte Independiente (TAI) con Sergio y Arturo Dávila y José Zarzosa.

Además del oficio donde encuentra su “bien estar” el ciclismo es otra de sus aficiones. Lo realiza desde hace 20 años. El medio a veces nos reduce”. Sobre dos ruedas se amplía el conocimiento de nuevos territorios y paisajes, refiere.

La importancia de la música comenta por último, es que cuando la gente la escucha  “se relaja y está contenta un ratito, como que deja de estar preocupada por su comida, por su regaño del marido, por las circunstancias de la vida”.

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