El trumpismo llegó tarde a su ofensiva general contra México. Es cierto que en semanas recientes muchas cosas se han articulado: la propaganda difamatoria según la cual nuestro país estaría en poder del narcotráfico, enarbolada por las máximas voces del régimen de Washington y por medios desinformativos que desmienten su independencia al volverse cajas de resonancia de filtraciones gubernamentales; las bravuconadas militaristas de Hegseth, ese secretario de “Guerra” que, según su jefe, ama su materia de trabajo, pero que ha mostrado en el Golfo Pérsico la más monumental torpeza estratégica imaginable; las imputaciones del Departamento de Justicia, usadas como instrumentos de golpeteo político y de injerencia descarada; las presiones arancelarias, resucitadas como mecanismo inhibidor de la autodeterminación mexicana en materia de comercio y cooperación internacional; la infiltración –a cargo de la embajada de Estados Unidos– de espías y desestabilizadores en instancias de poder controladas por la oposición, y la salida del clóset de esa misma oposición, política y mediática, como una fuerza al servicio de intereses extranjeros. Todo ello, acompañado de una feroz embestida ideológica que va desde la resurrección de la consigna del Destino Manifiesto hasta la reivindicación de Hernán Cortés como supuesto fundador de México. Mientras tanto, continúan los diálogos en materia de seguridad y comienzan las negociaciones de renovación del Tratado Comercial México-Estados Unidos-Canadá, procesos marcados por el estilo característico del trumpismo: simular buenas maneras en el tablero mientras bajo la mesa propina patadas a su oponente.
A mayor abundamiento, la Casa Blanca avanza en la instrumentalización de esa cosa llamada “Escudo de las Américas”, una supuesta alianza militar entre algunos países que, con la excepción de Chile y del propio Estados Unidos, carecen de capacidades bélicas significativas más allá de sus fronteras y de otros que ni siquiera poseen fuerzas armadas, como Costa Rica, Panamá y Trinidad y Tobago. Es impresionante que mientras Trump se empeña en debilitar a la OTAN, da vida a coaliciones militares que no existen fuera de su socio principal y que no tienen ninguna utilidad real para combatir la supuesta amenaza del “narcoterrorismo”; en realidad, el juguete trumpiano es un instrumento de presión y provocación contra naciones latinoamericanas que no pertenecen a él: México, Colombia y Brasil; para las tres, esta nueva alineación puede implicar roces fronterizos y operaciones de falsa bandera instigadas por las agencias gringas con el propósito de causar, en donde hasta ahora no los hay, conflictos entre vecinos.
Pero para el régimen trumpista ha transcurrido demasiado tiempo y lanza esta ofensiva en un momento de acentuada debilidad. Una cosa era el Trump exultante que secuestró a Nicolás Maduro y a su esposa en los primeros días de este año y otra, muy distinta, el Trump que salió de su agresión a Irán derrotado en lo militar, lo político, lo económico y lo mediático y que, para colmo, fue a Pekín a pasear su humillación para mendigar alguna concesión geopolítica o comercial y que volvió a Washington con las manos vacías; muy distinto es este gobernante agobiado por el descontento interno del que proclamaba un “ tremendous success” económico que no existió sino en su imaginación; no hay punto de comparación entre el presidente que estrenó su segundo periodo con el control total del Legislativo y una popularidad de inicio de más de 50 por ciento y el que se enfrenta a índices de desaprobación que promedian dos tercios de los encuestados, sin una ruta de acción mínimamente viable para mantener el predominio republicano en las elecciones de noviembre próximo.
Desde luego, el señor que se embadurna la cara con pintura naranja sigue siendo extremadamente peligroso, tanto para su país como para el resto del mundo –México en los primeros lugares–, porque en esa clase de individuos el acorralamiento y la desesperación pueden inducir reacciones violentas y delirantes. Pero es claro que el equipo de (des)gobierno del país vecino luce cada vez más descoyuntado y que padece una creciente desconexión con el resto de la nación, la cual tiene, si no sus propios equilibrios, al menos sus propias inercias defensivas. Para la gran mayoría de los estadunidenses –y ello incluye a quienes trabajan en la industria, la agricultura, los servicios y el comercio, así como a los empresarios de esos ramos–, la xenofobia antimigrante y la hostilidad hacia la comunidad internacional en general se han traducido en pérdidas, retrocesos y dificultades difícilmente cuantificables, y que van a pasarle la factura a los culpables del desbarajuste. Tenemos por delante cinco meses inciertos en tanto, como es previsible, los resultados de las elecciones de noviembre neutralizan las expresiones más irracionales y ofensivas del trumpismo. Serenidad, defensa de la soberanía nacional y unidad nacional son las claves para sobrellevar esta ofensiva general contra México.
[email protected] gringos con los criminales y degradación opositora
Benjamín Moctezuma Longoria
Pareciera ser que algunos sí creen que los aparatos injerencistas del gobierno de EEUU, como la DEA y la CIA, trabajan desinteresadamente como ángeles salvadores del mundo. Aunque ningún país tiene facultades extraterritoriales. Resulta ingenuo pensar que la injerencia es a cambio de nada. Tradicionalmente los gobiernos de USA intervienen porque se benefician de meter las narices en todos lados.
Por esa misma razón, los gobiernos gringos ven con simpatía a políticos, activistas, pensadores, periodistas, medios de comunicación, partidos políticos, organismos criminales y de la sociedad civil que les allanen el camino al injerencismo. Una vez cumplido sus objetivos de inmiscuirse en lo ajeno, el gobierno estadounidense suele olvidarse de ellos porque sólo son medios y marionetas para apropiarse de lo ajeno.
Desde el imperio gringo se diseñan narrativas y acciones de todo tipo (comerciales, financieras, políticas, diplomáticas, campañas mediáticas, apoyo económico y de logística para opositores, etc.) para el chantaje, extorsión, presión y subordinación de gobiernos de naciones más débiles. Incluso, esas prácticas las ha usado contra Rusia, China e Irán al promover bloqueos económicos, en mayor medida lo ha hecho contra Cuba y Venezuela. El caso de México es muy especial por los objetivos, características nacionales, pero también por los métodos.
Lo primero que hay que reconocer es que la oligarquía económica gringa está directamente al frente del gobierno estadounidense, ya no por la mediación de los políticos, sino que los hombres de negocio asumieron cargos públicos para servirse de la economía de su país y del mundo. Donald Trump, como presidente, sólo le da el toque personal de virulencia a las decisiones de los hombres más ricos del mundo enfocadas a evitar la caída del imperio y de que, aún sucediendo, se garantice la ganancia de sus capitales.
La derecha corrupta y traidora de México hace gala del calificativo con creces. Está prostituida y dispuesta a todo a cambio de que el extranjero le ayude a retomar el poder político del que los desechó el pueblo mexicano. Borraron de sus principios el “nacionalismo revolucionario” (PRI) y el de “por una patria ordenada y generosa” (PAN), con esos atentados ideológicos traicionaron la memoria de sus fundadores y se entregaron a los brazos de un gobierno extranjero interesado en prostituirlos y usarlos.
El cinismo es tan grande que teniendo entre sus filas a la mayor plana de políticos corruptos y ligados con el narcotráfico acusan al gobierno de López Obrador y ahora de Claudia Sheinbaum de narcoestado por ser la actual campaña publicitaria mundial que el gobierno yanqui exporta hacia toda América. Antes acusaban a nuestros gobiernos de comunistas. Ahora la han cambiado por narcogobierno o por narcoestado. De la que los opositores se han vuelto los principales propagandistas.
De enero del 2018 a mayo del 2026, el Gobierno Mexicano ha presentado al de EEUU 269 solicitudes de extradición, entre los que se encuentran involucrados en la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa (período de Peña Nieto) y del exgobernador panista Francisco García Cabeza de Vaca y ninguno ha sido enviado a México. En cambio, el gobierno estadounidense ha establecido acuerdos de protección a los llamados “chapitos” y a otros narcotraficantes con el argumento de que son “testigos” que colaboran para el gobierno de Donald Trump.
Dentro de esa campaña contra el gobierno de México, operan desde USA Carlos Loret y Anabel Hernández; Al tiempo que “Mexicanos contra la Corrupción” que comandan Claudio X. González y Amparo Casar (acusada de fraude contra PEMEX por más de 31 millones de pesos) reciben financiamiento de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID). La Unidad de Inteligencia Financiera (UIF) del Gobierno Federal reportó que MCCI recibió más de 96.7 millones de pesos de la Embajada de Estados Unidos entre agosto de 2018 y enero de 2024. Obvio, para atacar al gobierno de la 4T.
En aras de tener activistas y “soplones” golpeteando al gobierno mexicano, los gringos otorgan protección a narcotraficantes, financian a corruptos, prometen negocios o inmunidad a exgobernadores como Cabeza de Vaca, seguro que ahora a Maru Campos, por permitirles a sus agentes operar en territorio mexicano. Ya el exembajador estadounidense, Ken Salazar, también traía muy mareado al gobernador de Zacatecas David Monreal.
Así, el señalamiento a Rocha Moya de presuntos nexos con el narco, al publicitarlo a su máximo esplendor y sin evidencias, suena a que: “me dejas en paz a mi agente de la CIA Maru Campos o me descabezo a un gobernador morenista”. La solicitud de licencia del sinaloense resultó inteligente, el chantaje perdió fuerza. En cambio, la gobernadora panista, y todo su partido, se han enredado en su propia trampa. Parte de su futuro depende de que los gringos no los traicionen. El pueblo los mira y no es tonto.



