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martes, 27 septiembre, 2022
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Balances sin perspectivas

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Por: ROLANDO CORDERA CAMPOS •

Con el propósito de hacer un balance de la economía y desde ahí hacer propuestas de política económica y social, el Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM nos convocó a intercambiar ideas e hipótesis al respecto y abordar el rejego tema de las políticas. Pude asistir a dos de las varias mesas convocadas por el instituto y ahora retomo algunos puntos expuestos en los intercambios para compartir con los lectores de La Jornada.

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La primera ronda de intervenciones recibió las muy bien cuidadas y estilizadas presentaciones de Armando Sánchez, director del instituto, Gerardo Esquivel, vicegobernador del Banco de México y profesor de la Facultad de Economía de la UNAM y la analista y profesora del ITAM Valeria Moy. Vivimos, se apuntó, una recuperación no sólo dispar sino lenta y, además, no puede dejar de subrayarse la ausencia de la inversión pública y privada, por lo menos en las cuotas que se consideran indispensables para apurar la recuperación y comenzar a fincar los pilares para un crecimiento sostenido que pueda trocarse en desarrollo económico y social, redistributivo y sostenido por un Estado de Bienestar digno de tal nombre, el cual no está entre nosotros.

En la siguiente y última mesa del coloquio, Nabor Cruz, director del Coneval, y quien escribe, del Programa Universitario de Estudios del Desarrollo de la UNAM, nos unimos a esta suerte de consenso sobre la falta de inversión y la imposibilidad de crecer a tasas socialmente aceptables. Situación que ha sido señalada desde diversos medios; de hecho, el pasado martes 23 El Universal publicó una entrevista con el titular del Coneval donde apunta a la gravedad de la situación: Alta informalidad, el obstáculo para reducir la pobreza: Coneval, cabeceó la nota.

De acuerdo con Nabor Cruz, secretario ejecutivo del Coneval, subsiste la problemática estructural y no coyuntural del amplio porcentaje de la población que labora en la informalidad, dijo. Y agrega: Mientras los empleados formales ganan en promedio 9 mil 311 pesos al mes, los informales ingresan 4 mil 544 pesos, menos de la mitad. Esa es la mayor obstrucción para que haya una mayor reducción de la pobreza laboral derivada de los incrementos del salario mínimo.

Contundente: 38.3 por ciento de mexicanos que reciben un ingreso se encuentran en pobreza laboral (al segundo trimestre de 2022) incapaces de adquirir con sus ingresos la canasta básica alimentaria, y si bien se dice que es una cifra ligeramente menor a la registrada en los primeros tres meses del año (38.8 por ciento), continúa arriba de 36.6 por ciento observado en el primer trimestre de 2020, antes de la crisis sanitaria.

Si hubiera que ofrecer un resumen contundente y hasta abusivo de este balance, me atrevería a decir que México crece poco y decrece mucho… y, que después de cada caída, tenemos que constatar que se empobrece más. Para completar nuestras ecuaciones primarias hay que volver a decir: sin inversión no hay crecimiento y sin crecimiento no pueden abatirse las cifras anotadas sobre informalidad, pobreza laboral, desigualdades… Pero, también podríamos responder a la benemérita cuestión de por qué no crecemos, con una tajante aseveración: no crecemos porque no queremos. Porque al haber adoptado como mantra casi único de la política económica el mandato del dogma estabilizador, incluso hemos negado el mapa de oportunidades de inversión y diversificación productiva abierto por el TLCAN a pesar de su euforia aperturista.

Y así nos ha ido. La prudencia fiscal (unas comillas que nunca me habían sonado tan irónicas), reforzó el aletargamiento de la formación de capital y hasta del consumo privado, reforzamos nuestra dependencia de las importaciones y el ciclo económico estadunidense.

No pienso que adultere esta minirreseña de un encuentro estimulante y consistente, si agregó que, a lo dicho sobre el trabajo, sus ingresos, o la calidad del empleo, anoto las magnitudes de la informalidad y la pobreza laborales en el sursureste mexicano, lo que la profesora Moy calificó de bomba social y, al observar las distancias privantes en los ingresos de los ocupados, uno no encuentra mayor dificultad para extender dicha descripción al conjunto del territorio. Aunque no nos guste reconocerlo, se vive una auténtica tragedia colectiva.

La ciencia lúgubre pues, pero bien armada y sin necesidad de recurrir a excesos, los que con atingencia han creado y recreado la mal hechura económica en la que hemos caído.

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