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domingo, 5 febrero, 2023
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El pequeño anecdotario

[Un cuento revolucionario: La segunda vida de Nicanor]

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Por: Xol Hernandez •

La Gualdra 552 / Río de palabras

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Por: LUISA VÁZQUEZ

Nicanor de Haro, cauteloso. A cada pisada sentía los abrojos entrar por los agujeros de sus huaraches de correas y punzar sus pies, mientras en su rostro las espigas de los escuetos maizales de tallos lacios y amarillentos hacían lo propio. A lo lejos se escuchó una cigarra, el rebuznar de un burro y el ladrido de un perro, pero el canto de las aves había enmudecido por completo.

Caminaba entre la pobreza de su pueblo y la del pueblo vecino, rodeando caminos para evitar los conflictos que, desde hacía varios días dominaban el territorio. Ese día se respiraba una angustiosa calma, escasa desde que se anunció el inicio de la revolución.

Los federales se habían instalado cerca de la cabecera municipal, por lo que las batallas eran constantes, la vida pasaba entre detonación de fusiles, persecuciones, asaltos, saqueos, enfermedades y muerte.

De pronto, Nicanor tuvo un presentimiento y decidió regresar; total, se las arreglarían sin manteca, piloncillo ni yerbaniz. Ya había arreciado el paso de vuelta hacia su casa cuando escuchó el tropel de caballos acercarse; salió del barbecho para resguardarse.

Su casa no estaba lejos, pensaba mientras su corazón intentaba escapársele por la boca. Una a una las plegarias abandonaban sus labios entre murmullos, alzándose lo más alto posible pretendiendo llegar hasta el oído de Dios. Suplicaba porque su esposa y su hija estuvieran en casa bajo resguardo.

Se alejó del camino y buscó refugio en el lecho seco del arroyo. Andaba a hurtadillas entre los barrancos y los jarales; sin dejar de orar. Supuso que debía ser mediodía, su cuerpo no proyectaba sombra más allá de sus pisadas y el sudor le bañaba la espalda.

El arroyo fue una mala decisión: Se encontró de frente con un pelotón de al menos diez soldados uniformados y a caballo. Imponentes, prepotentes.

El hombre al mando, sin pensarlo dos veces, disparó su revólver en contra de Nicanor, perforando su sombrero, un par de centímetros por encima de su cráneo. El susto, el golpe o una fuerza invisible hizo que Nicanor cayera de espaldas sobre lo pedregoso del lecho. Pudo ver a Dios en el sol que se encontraba justo en el cenit, cegándolo y presagiando su muerte justo al meridiano.

  • ¡Antonio! Dale el tiro de gracia. Ordenó el sargento, y su grito resonó hasta la montaña trayéndolo de regreso.

Antonio se adelantó aprestando su fusil, apuntando para un tiro preciso, sin yerros, con la pericia que la práctica proporciona.

Entonces, en el pelotón se escuchó una voz que dijo:

  • ¡Sargento!, yo lo conozco, es el que nos hace el pelo, este señor es el peluquero del pueblo. Es un hombre de paz.

El sargento ordenó, de mala gana, a Antonio bajar su arma. Los federales siguieron su camino mientras Nicanor se levantaba, alabando al cielo y sacudiéndose la arenilla que las patas de los caballos le habían dejado en todo el cuerpo.

 

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