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sábado, 28 mayo, 2022
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Los honorables y corteses gobiernos de EU e Inglaterra

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Por: Mauro González Luna •

Los gobiernos de Estados Unidos y Reino Unido dicen ser regímenes honorables, paridos por los dioses del Olimpo, ajenos a la iniquidad y al insulto. Esta afirmación preliminar de honorabilidad tiene como referencia retórica una de las obras cumbres de William Shakespeare, «Julio César». En tal tragedia sobresale el discurso de Marco Antonio ante el cadáver de su amigo asesinado, ante las heridas, «pobres bocas mudas» del César muerto.

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Marco Antonio comienza dicho discurso, con retórica astuta, elogiando la supuesta honorabilidad de uno de los conspiradores; dice: «Mas afirma Bruto que César era ambicioso, y Bruto es sin duda un varón honorable…».

Después de elogiar la vida del vencedor de Farsalia, en el mismo discurso, cuando Antonio menciona el generoso testamento de César, legando al pueblo romano su riqueza, un ciudadano grita: «Son traidores -Bruto y Casio-, varones honorables, ¡nunca! Luego, surgieron los honores a César, el irrepetible, y el estallido de la cólera pública contra los victimarios.

Viene esto al caso porque los gobiernos arriba citados afirman a diario que Rusia y los rusos son lo peor del mundo; que su presidente es feroz, ambicioso y pretende expandir su poderío hacia toda Europa -idea absurda esa, por cierto, dadas las circunstancias actuales de Rusia-, y esos gobiernos occidentales son sin duda, honorables, muy honorables, adalides del pundonor, de la sinceridad, de la beatitud política, incapaces del insulto, de la injuria.

Y Rusia, según esos gobiernos pundonorosos y campeones de la libertad de prensa, no tiene derecho alguno a defenderse legítimamente del asedio de la franciscana OTAN desde 1991, en aras de su supervivencia como nación. No tiene derecho a que en Europa y el mundo se conozcan su versión y las causas reales de los acontecimientos.

Ningún derecho tiene Rusia a amparar a los ciudadanos prorrusos de Donbass, quince mil de ellos asesinados, incluyendo niños, mujeres y ancianos, a lo largo de ocho años de bombardeos por «nacionalistas» vinculados a grupos neonazis confesos como el Batallón Azov, cuyos miembros han sido condecorados por el gobierno ucraniano, y hoy exaltados por el muy democrático Occidente.

No tiene derecho el gobierno ruso a defender la vida de los concebidos no nacidos, pero el gobierno de EU, tan honorable, sí lo tiene para entronizar el aborto, es decir, el homicidio de millones de seres humanos destrozados en el vientre materno.

Tan honorable y veraz dice ser ese gobierno de Estados Unidos, que en 2003 invadió y masacró al pueblo de Irak, pretextando la existencia de armas de destrucción masiva nunca encontradas, dejando cientos de miles de muertos, soldados y civiles, niños, mujeres; creando un vacío de poder que potenció la fuerza de Isis y su siniestra barbarie. Y los muy honorables gobiernos de España, Inglaterra, Australia, Dinamarca, Holanda, etcétera, secundaron tal genocidio. Pero ¿a quién le importan en Occidente los niños y niñas muertos o mutilados de Irak, Yemen, Afganistán, etcétera?

Y hoy ese gobierno de Estados Unidos se rasga las vestiduras como aquellos «sepulcros blanqueados, raza de víboras» de antaño.

Tan honorable dice ser ese gobierno, dispensador de bien, libertad, justicia y verdad, pero invadiendo Yugoslavia, anonadándola, y después Afganistán con bombardeos masivos, para al final traicionar a sus mujeres hace muy poco, abandonándolas como viles despojos humanos.

Siria, Libia, hechas pedazos, y en otro tiempo, Panamá y Grenada, minúsculos países marginales, invadidos unilateral e impunemente por Estados Unidos ante la impasibilidad de la ONU: «lengua en conserva» cuando debería haber hablado, y ahora, activísima en invectivas contra Rusia. Pero no insistamos, para no perturbar el éxtasis del angelical país, incapaz de infligir a nadie mal alguno, contando con su irreprochable legitimidad moral para juzgar a todos desde su fanático Olimpo hollywoodense, para determinar qué se debe pensar, comer, ver, escuchar, y qué niños del mundo merecen protección.

Legitimidad moral incuestionable para definir quién es persona, y quién no para entonces enjaularla en los Guantánamos y demás presidios donde soldados estadounidenses orinan sobre presos apilados y desnudos; quién debe o no gobernar en los países del orbe, pero el gobierno de Estados Unidos dice ser pundonoroso. ¡Cuánta soberbia! ¡Qué insolencia al insultar al enemigo, de manera brutal, atizando demencialmente el fuego en circunstancias en extremo delicadas para el mundo todo!

Además, Estados Unidos ha instalado laboratorios de armas químicas en varios países de Europa Oriental, incluyendo Ucrania, que circundan a Rusia, según información documentada, pero, ese gobierno norteamericano dice que es muy honorable, y para despistar difama a su enemigo en tal materia. Ucrania, con el beneplácito de su gobierno, es usada por Occidente (Estados Unidos y OTAN) como punta de lanza de su agresión contra Rusia: la guerra real es la de un taimado Occidente contra Rusia.

Hay por todo lo anterior, que prohibir toda lectura y curso relativo a Walt Whitman, Longfellow, Poe, Hemingway, de acuerdo con el estúpido criterio de Occidente de censurar la milenaria y muy superior cultura rusa.

Y qué decir de Inglaterra, también impoluta, sacrosanta, intachable, pero perpetradora de crímenes horrendos como esos contra la etnia Kikuyu, (los Mau Mau) en la Kenia de los años cincuenta del siglo XX, por ejemplo. Crímenes esos ocultados por la honorable Gran Bretaña durante más de 50 años hasta que una historiadora los sacó a la luz a través de documentos y testimonios orales. La historiadora de Harvard, Caroline Elkins en su libro, «El Gulag Británico», exhuma el aplastamiento de la rebelión anticolonial de los Kikuyu. Confinó ese pundonoroso gobierno inglés en campos de detención a ¡un millón y medio de Kikuyus!, incluyendo niños y mujeres. Allí se torturaba, castraba a las infortunadas víctimas. Con base en lo descubierto por Elkins, un grupo de sobrevivientes de dichas atrocidades obtuvo una victoria judicial en las cortes inglesas en 2012-2013.

Elkins dijo entre otras cosas, que luego de años de investigación oral y de archivo, había descubierto: “una campaña asesina para eliminar al pueblo Kikuyu, una campaña que dejó decenas de miles, quizás cientos de miles, de muertos” (citada por Marc Parry, «The Guardian», agosto, 2016).

También por lógica ante ello, es imperativo proscribir toda obra de Shakespeare, Milton, Newton, Bacon, Locke y de todo escritor y científico inglés, así como descolgar toda pintura de Turner, Lear y demás artistas de la Pérfida Albión, bajo pena de excomunión luterana. Incluso es necesario dejar de aplicar la ley de gravitación universal por ser formulada por un inglés.

Finalizo insistiendo en que Rusia se vio orillada a actuar en defensa legítima, cuyo efecto deseado es la conservación de su país, de su seguridad y porvenir, de la vida e integridad de su gente en Rusia misma y en Donbass que demandó ayuda, y con el efecto no querido de la muy lamentable muerte de vidas humanas en Ucrania (principio del doble efecto en los casos de legítima defensa, explicado por Tomás de Aquino). Actuación esa de Rusia provocada por la perfidia del gobierno de Estados Unidos, la OTAN y sus peones europeos venidos a menos. No entender eso es caer en el abismo del pensamiento único que embrutece y enajena a tantos ingenuos y convenencieros, a tantos creyentes a pie juntillas de las mistificaciones de la propaganda difundida por serviles medios occidentales, salvo escasísimas excepciones.

Y remato, no hay peor cosa que el fariseísmo repulsivo de esos gobiernos occidentales tan «honorables», tan «puros», tan «inocentes». Ojalá que pronto se den las condiciones propicias para que la paz, fruto de la justicia, sea alcanzada para bien del mundo entero, no solamente en Ucrania, sino en tantos otros lugares en guerra.

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