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Minnesota: La cacería de una mochila y el silencio de los derechos

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Por: Claudia Lizbet Soto Casillas •

«Las fronteras nacionales no son evidentes cuando observamos la Tierra desde el espacio… resultan un poco difíciles de sostener cuando vemos nuestro planeta como una frágil media luna azul». Esta reflexión de Carl Sagan nos invitaba a la humildad cósmica, pero hoy, al bajar la mirada, esa media luna azul está teñida por el gris del asfalto y nieve donde se obliga a seres humanos a yacer boca abajo y esposados. He decidido iniciar mi camino en La Jornada Zacatecas con este tema porque en nuestra tierra la migración no es una estadística, es nuestra columna vertebral. Zacatecas ocupa los primeros lugares en intensidad migratoria nacional; prácticamente la mitad de nuestra fuerza vital reside fuera de nuestras fronteras geográficas. Por ello, las noticias sobre redadas masivas en Minnesota e Illinois no nos son ajenas: son ataques directos al corazón de nuestra identidad binacional.

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Las crónicas recientes describen operativos de «conmoción y pavor» donde agentes federales irrumpen incluso cerca de entornos escolares. Tan solo en las últimas dos semanas, el ICE ha detenido a decenas de personas en Minnesota, entre ellas dos adolescentes de 17 años, una niña de 10 y, en un acto que desafía cualquier lógica humanitaria, un pequeño de apenas 5 años que regresaba del preescolar. Ver a un niño siendo retenido con su mochila escolar fractura cualquier noción elemental de derechos humanos y estremece el corazón, en lo personal la lagrima no puede ser detenida. Como docente investigadora, debo ser técnica y clara: la detención de un menor en estas condiciones no es una «medida administrativa»; es una forma de tortura y un asalto neurobiológico.

La ciencia es contundente, pues el miedo extremo inunda el cerebro infantil de cortisol, una hormona que desmantela el sistema inmunológico y altera la arquitectura cerebral de forma permanente, afectando áreas críticas como el hipocampo y la corteza prefrontal. A este trauma se suma la herida más profunda: el aislamiento en centros de detención donde el trato deshumanizado se vuelve tangible en estructuras que parecen jaulas. Separar a un niño de su familia y privarlo del consuelo físico rompe el «apego seguro», el único escudo biológico que tiene un ser humano ante el mundo.

Esta cacería ignora que, como especie, «estamos vivos porque estamos en movimiento». La letra de Jorge Drexler nos recuerda que somos una especie en viaje, que no tenemos pertenencias sino equipaje, y que somos hijos y nietos de inmigrantes. «Si quieres que algo se muera, déjalo quieto», sentencia la canción. La migración es pulso, es búsqueda de oxígeno, de esperanza y de sueños.

Entiendo este fenómeno desde la memoria del corazón y la piel de la ausencia. Mi padre migró  enfrentando peligros del río, climas extremos y la inseguridad total, todo por una promesa de dignidad. Conozco bien el peso del silencio en la casa y la espera de una llamada que confirme que esta bien. Por eso, ver a ese niño en Minnesota con su mochila me duele doblemente: por la investigadora que sabe el daño que está sufriendo su cerebro, y por la niña que fui, que también vio a su padre apostar a la incertidumbre, solo buscando oportunidades de trabajo y crecimiento, solo eso.

Es imperativo que el Gobierno Nacional y los Gobiernos Estatales rompan el silencio. No basta con lamentar los hechos desde la barrera; es momento de que se pronuncien con firmeza contra esta política de persecución que deshumaniza a nuestros connacionales y vulnera el interés superior de la niñez. Como país de origen, tránsito y destino, México debe exigir el respeto irrestricto al Derecho al Debido Proceso y al Principio de No Devolución.

Desde mi labor en la Benemérita y Bicentenaria Escuela Normal «Manuel Ávila Camacho»  y mi especialización en pedagogías en contextos de alta vulnerabilidad y en migración interna de las familias jornaleras agrícolas, sostengo que la ciencia y la política deben ser trincheras de resistencia. Una sociedad que encierra infancias y las separa de sus familias es una sociedad que ha perdido su brújula ética y su sentido humano. 

No podemos permitir que el miedo dicte nuestra política ni que la bota aplaste ninguna la mochila escolar, ninguna lucha, ninguna búsqueda, ningún sentido de justicia. Si logramos ver el mundo como esa «frágil media luna azul» que mencionaba Sagan, entenderemos que la mayor urgencia no es levantar muros, sino proteger la fragilidad de nuestra vida compartida. Mi compromiso en este espacio será unir la rebeldía, la curiosidad y la investigación técnica desde aspectos cotidianos y reales.

¡Que a tu teoría y a tus derechos no les falte calle!

Con entusiasmo, locura, rebeldía, ciencia y felicidad:

*Investigadora en Educación y Derechos Humanos y ganadora del Premio Estatal de Innovación, Ciencia y Tecnología. 

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