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lunes, 4 marzo, 2024
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Adán diez minutos después de morder la manzana, diálogo estéril en ‘Cuentas pendientes’, de Vivian Gornick

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Por: DANIEL SIBAJA* •

La Gualdra 591 / Libros

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Así fue como lo supe. Estar en desacuerdo es la forma menos favorable de provocar un orgasmo. He tenido pocas parejas en mi vida, hoy cumplo veintimuchos años, y a pesar de mis casi nulas experiencias, no he hecho el amor todavía. Cómo lo explico, que apenas tomar un libro de Vivian Gornick (Nueva York, 1935) en un mes tan gris, como este septiembre, se traduce en tus fracasos personales como lector y como amante privado. Uno evita hablar de sí mismo cuando se habla de libros. Sin embargo, la memoria de Gornick no es más que una crítica merecida e incómoda ante cualquier ojo masculino que la aborda, de un extremo a otro, en el primer contacto vicioso de quien por costumbre lleva el chisme a los límites más propensos de la literatura y el análisis metódico. En sus palabras judeoamericanas se han puesto ante mí, libros como: Apegos feroces (1987), otro título adelantado a su época, y por el que muchos autores noveles pierden la cabeza.

 

/ En una tarde fría de primavera, a mis cincuenta años, cuando iba camino de su casa, me bajé del autobús que atraviesa Manhattan de medio a medio por la calle Veintitrés y, nada más pisar la acera, comprendí que lo que quiera que hubiese pasado aquel día de hacía más de medio siglo no había sido en lo absoluto tal y como yo lo recordaba. /

 

En esta ocasión he decidido contradecirme. Hallé el libro de Cuentas pendientes. Reflexiones de una lectora reincidente (2021) en un stand de una cafetería literaria de Mérida. El título habla por sí solo, una memoria o una bitácora de la vida lectora, quizá, como ya es costumbre, de una Vivian Gornick cansada de inventarse situaciones ficcionales. Por otro lado, lo bello del nofiction es eso, el espacio liberador en donde se escribe por escribir, por más desfavorable que suene. Reflexiones o críticas, más bien, autocrítica. Este género debe leerse con lupa y, en especial, sin pretensiones académicas, o con el ego por las nubes.

 

/ «He escrito mucho acerca de los miembros de mi familia», nos cuenta Duras al principio de El amante. // En los márgenes de un mundo que nunca lo tratará como un igual, poco a poco va volviéndose cada vez menos real para sí mismo […] No tardará en sentirse tan emocionalmente desapegado como debió estarlo Adán. // Daniel, diez años mayor que yo, era un moreno guapo, inteligente como sólo él y capaz de un trato tan tierno […] hacíamos una pareja estupenda. // Esa intensidad nos reportaba paz, felicidad, emoción. // Le atraían las mujeres, y acostarse con ellas era su droga preferida. // No tardé mucho en darme cuenta de que Daniel era un mentiroso compulsivo. /

 

Vivian Gornick nos lleva de la mano hacia una serie de reseñas críticas, en donde la mujer reprimida sale a flote, y lo restituye todo. La Tierra había sobrevivido al mes más caluroso de su historia. Pero yo mismo aún desconozco lo que es un orgasmo en el cuerpo de una mujer, y no me avergüenzo en confesarlo, estoy en el borde de mi esterilidad autómata. Las adicciones son el reflejo de la ansiedad y la Emérita es ya una sauna en septiembre. ¿Qué es leer sino un vicio egoísta y mental? «En cuanto alcanzo el orgasmo, estoy deseando desaparecer, porque entonces debo demostrar la ternura que nunca siento…, sí, ni siquiera contigo», nos dice Gornick, y nos acerca nuevamente a esa soledad impertinente de la estupidez masculina. Pero, ¿no ello también se contrae en cualquier cuerpo humano?, ¿por qué ahora me intereso por saber sentir?, ¿podré vivirlo?, ¿acaso otras formas de ser lo resuelven? No debo siquiera pensarlo, porque pensar es el acto menos sensual en el mundo contemporáneo.

 

/ Lleva toda la vida a la deriva dentro de sí mismo: un hombre, a sus propios ojos, que es por un lado mala persona, por otro, artero; desesperado por esa vida en los márgenes, atormentado por sus propios deseos, incapaz de hacer las paces, ni por asomo, consigo mismo. // El narrador es un profesor de matemáticas que vive solo en Jerusalén, se acuesta con una mujer a la que no quiere, lleva años trabajando en una tesis sin futuro y ahora, en los últimos días de las vacaciones del verano, recibe una carta de una mujer de la que en su momento estuvo enamorado. // Esa mujer ha estado, durante años, en el centro de las extensas fantasías de humillación erótica del narrador. / «Porque el amor… del amor he perdido toda esperanza». /

 

Quiero humillarme ahora. Decir, por ejemplo, no he tenido la dicha de dar amor y menos de ser un buen amante. En estos años veinte del siglo XXI, estaba claro que no era nada en comparación con mi tan alterable delirio de desear haber nacido en el sexo equivocado, sin llegar a los límites de mi personalidad, claro está, mi orgasmo masculino es el más común y predecible, así como aquél del que se habla durante toda la historia humana. Por el contrario, Gornick es tan puntual como el recuerdo surrealista en Mujeres conciencia, de Leonora Carrington, la cual representa a las dos Eva, ambas con manzanas en las manos, una enfrente de la otra y separadas por una cruz, que se conjuntan en un tronco del árbol, y una serpiente, que se enrosca y que refiere al año 1972 y la formación del grupo feminista de la Ciudad de México. Pero quién soy yo para reflexionar, sino Gornick, lista, para decirte: «en los setenta, estaba claro que no era nada en comparación con el estigma inalterable de haber nacido en el sexo equivocado». Sí que duele, morder las manzanas en los pasillos del colegio donde trabajo y sentirme tan ridículamente débil por no convertirme en lo que desean que fuese: «un buen proveedor», «un líder empresarial», «un vacacionista frecuente», o en el mejor de los casos: «un amante», sin prejuicios, nada verde y nada inseguro, tan lejos de pensar en la muerte a cada minuto. Exacto, yo me declaro un mentiroso compulsivo.

 

/ La travesía de la vida ha de hacerse a solas […] Importa poco que el viajero solitario sea hombre o mujer; la naturaleza, que los deja en manos sólo de su propia habilidad y juicio, y, si no están a la altura de la ocasión, perecen por igual. // ¿Qué hacer? Tenía ya veintimuchos años y ni idea de cómo iba a escribir la gran novela estadounidense cuando no era capaz de insuflar vida a nada medianamente ficticio. // Cuando escribimos narrativa de ficción, ponemos a trabajar a un elenco de personajes, y algunos hablan a favor del autor, otros en contra. // Eso digo yo, a veces pienso que es igual que con el sexo. ¿Cuántas veces me ha podido preguntar un hombre «por qué ahora y hace una hora no»? Una pregunta para la que tendría respuesta como podrían tener las gatas, en caso de que se lo preguntara. // Me acomodé en el sillón… —Hasta ahora no me había dado cuenta, darme cuenta de verdad, de lo intrigante que he sido en las relaciones con los hombres. /

 

En conclusión, soy un pésimo amante privado. Creo que después de diez minutos terminada esta reseña quisiera un postre de manzana y un café oscuro. He decidido soportar mi soledad causada por mi inmadurez y mis acciones. Hoy cumplo mis veintimuchos años y también quiero reírme con Gornick de la ficción y la gran nueva novela mexicana que tengo por deseo. Sí, por supuesto, porque ello me lleva lejos de provocar o provocarme el orgasmo más entrañable en este instante de mi vida. De su lista de referencias, las de Gornick, aparecen: D. H. Lawrence, W. H. Auden, Colette, Marguerite Duras, Elizabeth Bowen, Saul Bellow, Natalia Ginzburg, Pat Barker, Doris Lessing y Thomas Hardy. Tomé el libro de Cuentas pendientes de una edición hecha por Sexto Piso, publicada en 2021 y traducida de forma concisa, maravillosa, por Julia Osuna Aguilar. No importa qué tan complejas se hayan vuelto las relaciones hoy en día, estoy por descubrir otros colores, o morir en el intento. No quiero que éste sea mi último escrito hacia Vivian Gornick, ya nos veremos en otra ocasión. Esta noche tengo tantas ganas de acomodarme en un sillón, y decirles: —Hasta ahora me doy cuenta, darme cuenta de verdad, de lo estúpido y aburrido que he sido en mis relaciones con las mujeres. ¿Quién soy yo para juzgarlo? Escríbame, si así lo desean, al correo [email protected], les leeré con gusto.

 

 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_591

 

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