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viernes, 3 diciembre, 2021

Los rumbos ideales del gabinete

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Por: Jorge Humberto De Haro Duarte •

La semana anterior, en esta columna se plantearon algunas ideas que, de ser consideradas, pudieran aportar formas que ayuden a elegir el perfil ideal de los que van a formar parte del nuevo gabinete del gobierno entrante. Y como en estos tiempos, querámoslo o no, hay libertad de expresión, algunos de los que se dedican al oficio de aporrear teclas, como el que esto expresa, se sienten con la confianza de poder opinar de cualquier asunto que importe a los intereses de la ciudadanía y del funcionamiento del engranaje social en su conjunto, sin pretender ser la personificación de verdades universales; eso sí, evitando al máximo la mala leche o caer en la tentación de defender intereses creados. Por tal razón se sugirió que los nuevos responsables de las tareas públicas sean personas incorruptibles, allegadas al ideario de la Cuarta Transformación que postula el presidente López Obrador y que tengan vocación de servicio.

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Después de una somera leída, quizá se omitió mencionar la ilusión de que estuviera conformado en su totalidad por personas nacidas en el estado, con demostrada y sobresaliente solvencia intelectual y una presencia moral a prueba de cualquier diagnóstico y escrutinio privado o público. Pero esto último sí que parece un sueño de una noche de verano. No parece ser el caso en ningún rincón de este apaleado país, pero después de cinco siglos, parece el momento oportuno para intentar propuestas radicales.

Y si se pudiera alcanzar el objetivo de armar un gabinete sin coladeras, sería bueno trazar el rumbo que impulsaría la característica del aparato gubernamental. Por desgracia, los hechos desastrosos que ocurren día con día en el estado y en buena parte del país, tienden a reafirmar la tesis de que hay que invertir los esfuerzos y presupuestos en asuntos de seguridad pública, en fortalecer los aspectos de rehabilitación social y el afianzamiento de aparatos legislativos y judiciales que se encarguen de estos asuntos. Además de lo anterior, se sigue insistiendo en el fomento a las actividades industriales de gran escala, la minería y por ahí, como quien no quiere la cosa, tímidamente se sigue afirmando que el desarrollo de campo es prioridad, aunque debe aceptarse que este último tema es un discurso ya muy gastado y que siempre, indistintamente, al final de los ejercicios gubernamentales, el campo sigue abandonado y en franca decadencia.

No obstante, esta necia columna sigue insistiendo en que hay que apostar, primero, por el rescate ambiental de todas las regiones del estado que se han ido deteriorando por los excesos en los desmontes y posterior abandono de tierras; por una ganadería no muy bien planificada; por los cambios poco razonados del uso del suelo; por un desarrollo industrial sin orden ni concierto y, sobre todo, por la minería rapaz que sigue prevaleciendo en el estado.

Segundo, la educación colectiva de todos los habitantes de la entidad, como un compromiso universal para alcanzar niveles de conocimiento mínimos que permitan a los habitantes incrementar sus niveles de raciocinio y alejen para siempre el espectro del analfabetismo literal y funcional. Y se insiste, este sería un compromiso de todos por sacar, como dicen los sabios de pueblo, al buey de la barranca.

Como tercer punto, habría que apostar por la cultura y las artes. Sin estos dos aspectos del conocimiento, cualquier lugar pierde su identidad y su manifestación viva hacia el futuro y lo más seguro es que tarde o temprano se pierda todo lo que ha prevalecido como característico de las diferentes regiones del estado, alejando cada vez más a la gente de usos y costumbres que son esenciales en el desarrollo de la sociedad. No se puede esperar mucho cuando se deja a la gente a merced de las barbaridades que se venden como arte y cultura, que ya son, en estricto sentido de la palabra, solo aspectos comerciales y de pésima calidad, que logran convencer a la gente que la ignorancia supina es el punto de partida para cualquier aspecto del debate y la manifestación pública.

El cuarto punto es la civilidad. Parece ser que ya se olvidó que el respeto y el derecho de los demás es más importante que las búsquedas individuales. Se vive una época en que el egoísmo y el aislamiento han sentado sus reales y la codicia y el crimen han convencido a mucha gente de que lo único importante es el crecimiento personal como fin último, independientemente de los daños colaterales que esta forma y pensar y actuar puedan provocar.

Después de todo, se vale soñar. Pero todo lo anterior es posible. Lo único que hace falta es que alguien lo intente, y sería increíble que el estado de Zacatecas haga válidos los motes de Patrimonio Cultural y Capital Cultural de América entre otros tantos calificativos inmerecidos que mueven a risa, por decir lo menos. ¿Se imagina, querido lector, una revolución cultural en Zacatecas? n

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