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lunes, 17 enero, 2022
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DOS. Esclavitud moderna y otros cuentos

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Por: MILO MONTIEL ROMO •

Hace unos días vi en el cine un anuncio de una universidad que planteaba, a partir de una animación digital de naves espaciales con las formas del signo de doble flecha que, en los reproductores de video, significa avanzar rápido, la necesidad educar a los jóvenes para subirse rápidamente al futuro.

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Esta universidad ofrece carreras dinámicas para necesidades que aún no existen, pero que surgirán en un futuro cercano, a dónde volamos en naves inmensas que piloteaban jóvenes egresados de esta escuela.

Pero, cómo aceptar la promesa de un mundo imaginado a la manera de La Guerra de las Galaxias en un país que aún está discutiendo la esclavitud de las niñas que son vendidas para casarlas. En diferentes lugares de México las niñas tienen un precio y compradores.

No existen datos de cuántas mujeres pueden ser víctimas de esta práctica porque no se denuncia. Testimonios señalan que los precios de la venta de niñas y mujeres varían dependiendo de la edad de la niña, si es virgen y si tiene hijos. Las transacciones alcanzan hasta 300 mil pesos, pero que incluso, una niña puede ser negociada por una vaca, un terreno, panes o cerveza.

De forma simple, podemos definir la esclavitud como la una situación en la cual una persona es propiedad de otra. 

Mientras vivimos la ficción de una vida digital, con sus consecuencias sociales, la atomización social, la soledad de las redes; vivimos los carros eléctricos y los paneles solares. Los viajes de turistas archimillonarios al espacio, aún discutimos la necesidad de abolir, de forma real, la esclavitud. 

La esclavitud, en México, ha sido abolida en distintos momentos y en diferentes circunstancias. Entre ellos en 1810 se publicó el decreto de la Abolición de la Esclavitud, emitido por Miguel Hidalgo y Costilla; en 1813 en los Sentimientos de la Nación José María Morelos con el apoyo de Andrés Quintana Roo, dentro de su artículo 15 dice: “que la esclavitud se prescriba para siempre, lo mismo que las castas”.

Vicente Guerrero publicó un decreto el 15 de septiembre de 1829 mediante el cual volvía a suprimirse la esclavitud en México.  Finalmente podemos destacar que la Constitución de 1917, en su primer artículo, prohíbe de manera terminante, la esclavitud en México, y quien llegue a pisar territorio nacional, siendo esclavo, por ese simple hecho recupera su libertad, lo que le es garantizado por el Estado.

Y mientras el Atlas es campeón, la realidad de muchas niñas sigue siendo de mercancía y las voces callan, mientras las luces de navidad, los regalos, las fiestas, los buenos deseos se lanzan al viento como el humo de millones de cigarros que son fumados en todo el país. (como dice la canción: No estoy triste; no es mi llanto, es el humo del cigarrillo, que me hace llorar).

México vive en varios mundos situados en varias épocas, todos conviviendo de manera simultánea. Mientras Alexa se cuela en varias casas, automatizando el encendido de los focos y poniendo música con una orden, millones de mexicanas y mexicanos no saben si comerán mañana.

Pero sería extraño que la sociedad mexicana se indigne de forma generalizada si la realidad es que México (y casi en todo el mundo) las mujeres no son dueñas de su cuerpo; donde no pueden decidir ser o no ser madres; donde su cuerpo es hipersexualizado para cubrir las necesidades sexuales y eróticas de otros y del mercado; donde su opinión, en el mejor de los casos, es accesoria y por sus escases (o la ficción de que lo es) provoca la extrañeza que llevará al aplauso y admiración.

La esclavitud de niñas (que crecerán y serán esclavas adultas) algunas comunidades en comunidades indígenas de los estados de Guerrero, Oaxaca y Chiapas es resultado de una sociedad donde las mujeres son tratadas como personas de segunda, donde tienen que pelear por lo que debería ser una realidad consumada hace siglos. Hoy día no pueden caminar solas por la calle sin el temor de ser agredidas, no pueden decidir su vida sexual o amorosa sin ser juzgadas, no pueden reír fuerte sin ser censuradas. 

Antes de seguir impulsando la idea falaz de un futuro fantástico y tecnológicamente mágico tenemos que ver que no hemos podido escapar de realidades ofensivas y vergonzosas que, en nuestra imaginación, nos encanta negar mientras el brillo de la Smart TV nos ciega.

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