En los municipios se vive la transformación. Ahí donde más se necesita, el Plan B de la reforma electoral significa menos gasto en burocracia y más inversión en obras y servicios para el pueblo.
Reducir regidurías y evitar gastos innecesarios permite que el dinero público llegue a donde debe estar: en obras como drenaje, agua potable, caminos y alumbrado. Más resultados, menos privilegios.
Porque como bien lo ha dicho nuestro movimiento: el presupuesto es sagrado porque es del pueblo. Y cada peso que se ahorra en privilegios, regresa a las comunidades en forma de bienestar.
Durante años, hablar de democracia en México era hablar de instituciones costosas, de sueldos excesivos y de una burocracia que parecía más preocupada por conservar sus privilegios que por servir a la gente.
Hoy estamos construyendo una democracia distinta: más austera, más cercana y verdaderamente al servicio del pueblo.
Como decía el presidente Andrés Manuel López Obrador: “No puede haber gobierno rico con pueblo pobre”. Y eso aplica también para los órganos electorales.
Con el Plan B de la reforma electoral, uno de los principales beneficios es la reducción de privilegios. Se acabaron los seguros médicos privados, las pensiones especiales y los gastos excesivos financiados con recursos públicos.
Cada peso que antes se iba en excesos hoy puede destinarse a lo que realmente importa: salud, educación, infraestructura y programas sociales. Es decir, a mejorar la vida de las y los mexicanos.
Otro avance fundamental es la homologación de salarios. Nadie puede ganar más que la Presidenta de la República, nuestra querida presidenta Claudia Sheinbaum. Esta medida no solo pone orden, también manda un mensaje claro: el servicio público es un honor, no un privilegio.
Además, el Plan B fortalece la participación ciudadana. La democracia ya no se limita al día de la elección. Con el fortalecimiento de la revocación de mandato, el pueblo tiene la posibilidad de evaluar a sus gobernantes y decidir si continúan o no. Es darle voz permanente a la ciudadanía. Es confiar en el pueblo.
Y lo mismo ocurre con los congresos locales. Con presupuestos más justos y responsables, se terminan los excesos y se prioriza el gasto eficiente. Menos dinero para la burocracia, más inversión para las comunidades.
En Zacatecas, esto significa más oportunidades para nuestras familias, más obras en nuestros municipios y más justicia en el uso de los recursos públicos. Significa que el dinero regresa a donde siempre debió estar: en manos del pueblo.
La Cuarta Transformación ha demostrado que se puede gobernar con austeridad, con honestidad y con resultados. Y este Plan B es un paso más en esa ruta.
Porque, al final, de eso se trata: de que la democracia no sea un privilegio de unos cuantos, sino un derecho real para todas y todos. Como bien lo decía el presidente: “Con el pueblo todo, sin el pueblo nada”.
Y hoy, más que nunca, el pueblo está en el centro de las decisiones.



