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jueves, 18 agosto, 2022
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Miguel Ángel Flores, heredero de la tradición del vidrio soplado, ahora moldeado y estirado

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Por: ALMA RÍOS •

■ El plasma se obtiene fundiendo barras de vidrio a mil 500 grados centígrados, señala artesano

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■ Hace 35 años trabaja con un mechero de petróleo y un soplete de aire; a veces agrega oro

El arte del vidrio soplado llegó a México, concretamente a Puebla  -desde donde se irradiaría a otras entidades del país, entre ellas, Jalisco-, de Venecia, asegura Miguel Ángel Flores, quien se inscribe dentro de la tradición que ha conservado este conocimiento de generación en generación hasta derivarse en el que define-describe como “el arte de cristal en vidrio soplado, moldeado y estirado”.

El artesano ubica como ascendentes primeros en su familia respecto de este oficio, a sus abuelos, a quienes puede imaginar hace más de 100 años en un taller aprendiendo primero a hacer jarrones, vasos y lámparas.

Luego han venido los hijos, los nietos y aprendices, éstos últimos, que entraron en algún momento por la demanda de productos, hasta conformar en la actualidad entre 200 y 500 personas que en Puebla saben jugar con el plasma que se obtiene fundiendo barras de vidrio a mil 500 grados centígrados, con las que se realizaran a base de una especie de filigrana formas de lo más diverso.

Elefantes, flores, unicornios, ángeles, corazones de diferentes diseños…unas cinco mil distintas en sus 45 años personales de experiencia, dice.

 

Ya no hay límites para crearlas, agrega con seguridad, y destaca además de la evolución de los materiales, su experiencia.

Hace 30 o 35 años Miguel Ángel Flores y otros artesanos como él, trabajaban con un mechero de petróleo y un soplete de aire, y había que hacer las barras de vidrio obteniéndolas de botellas. Actualmente se utiliza oxígeno industrial y gas butano, y un vidrio “muy especial que se llama Paris americano” y es el mejor mundialmente.

A algunas piezas les agrega oro que fija horneándolas luego de pintarlas en parte con el mineral líquido.

En esta temporada puede observarse a Flores en la calle Allende del Centro Histórico de Zacatecas, trabajando con destreza sus creaciones en la vía pública, algo antes impensable, porque el vidrio del cual se hacían contenía burbujas de aire por lo que estallaban con el calor. Era irremediable parte del oficio para quien las realizaba el quemarse, y un riesgo al que no se exponía al cliente, que tiene hoy la oportunidad de asomarse al taller del artesano.

“Yo todavía me acuerdo que nos dábamos unas buenas quemadas (…) a veces al contacto de la lumbre de ese tipo de vidrio explotaba y nos quemábamos bastante”.

En Zacatecas a donde acude desde hace alrededor de 20 años, primero de manera esporádica y luego para elegirlo como su lugar de residencia, pues  viaja a su natal Puebla de los Ángeles para visitar a su familia nada más los días 24 y 25 de diciembre, la gente gusta de comprarle rosas de cristal para madres o novias, también son solicitados los pianos, barcos, cristos y carruseles; mientras que el turismo aprecia mayoritariamente, los colibríes y las recreaciones del auto en que murió Francisco Villa o figuras del Centauro del Norte sobre su caballo.

“Yo nada más le fabrico su idea, le fabrico su sueño, su experiencia, lo que usted quiere tener se lo hago”, dice otra vez con seguridad, y refiere como la pieza más rara que le han mandado a hacer, la que nombra como “El sueño eterno”, una cama donde yacen los esqueletos de hombre y mujer abrazados después de la muerte.

El arte del vidrio moldeado y estirado tiene demanda tanto de la clientela como de gente que quiere aprender a hacerlo. Aquí Miguel Ángel Flores ha tenido un aprendiz, y mucha gente le ha expresado interés de conocer lo que él sabe del oficio, pero dice, es difícil por el costo de los materiales y el tiempo que le implicaría.

No obstante se muestra dispuesto, en caso de que alguna dependencia gubernamental le respalde, a compartir “todas las enseñanzas que me hizo favor mi papá de darme”. Algo que ha propuesto ya a la Subsecretaria de Desarrollo Artesanal (Ideaz) sin éxito, pues ha sido rechazado por no ser zacatecano de nacimiento.

Este tipo de artesanía, comenta, puede servirle a quien la aprenda para poner un negocio familiar, “gracias a Dios esto el turismo lo compra bastante y les gusta mucho”. Pero ya no al valor de hace 30 años, cuando en su caso obtenía por pieza una ganancia del 90 por ciento.

De tres décadas hacia acá, dice el artesano, ha ido paulatinamente sacrificando sus ganancias que ahora estima en apenas el 30 por ciento, para poder seguir vendiendo.

“Nuestro trabajo es una artesanía que sí la compran, pero ahora sí como dicen, de comprar eso a un kilo de tortilla, mejor compramos un kilo de tortillas”.

Antes con una o dos de sus trabajos “hacía el día”, actualmente requiere fabricar y comercializar diariamente entre 10 a 20, según tamaños y costos, para conseguirlo.

Miguel Ángel Flores, quien participa todo el año en los tianguis y exposiciones feriales o de festivales locales y regionales, quiso por último que “nuestra gente” supiera, que su trabajo y de otros artesanos es “tan laborioso que el costo al que vendemos es algo mínimo, no se paga la artesanía que elaboramos nosotros”, y por tanto el precio que se pide por las ellas “es casi regalado”.

Agregó que no se ofende cuando los clientes le regatean. Y con simpatía equiparó este tipo de negociaciones con lo que sucede en El Buen Fin, donde finalmente el precio pagado por el cliente es el que el comerciante esperaba obtener, pues primero se eleva para después ofrecerle un descuento que siempre estuvo previsto. “Aprendimos el comercio”, dice.

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