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domingo, 27 noviembre, 2022
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¿Por qué todos somos Ayotzinapa?

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A un año de los hechos acaecidos en Iguala aquella noche del 26 de septiembre, la verdad y la justicia parecen alejarse cada vez más de los familiares de los desaparecidos, heridos y asesinados. La masacre perpetrada contra los estudiantes de la Normal Rural “Raúl Isidro Burgos” evidenció al país entero frente al mundo como una zona de guerra en la que no quedan muy claros los límites entre una trinchera y otra; y como una tierra sin ley, donde el carnaval se ha extendido por tiempo indefinido y los bufones siguen gobernando con una corona ficticia sobre su cabeza. Quedó muy claro hace algunos días, con el reciente informe del GIEI, que para la construcción de una mentira son necesarios artificios más elaborados y sobre todo verosímiles; si aquel informe presentado por Murillo Karam no nos convenció en lo absoluto, ahora fue científicamente echado por tierra. Sin embargo las interrogantes crecen en número y tamaño.

Lejos estamos de comprobar si los acontecimientos de aquella noche y madrugada de septiembre no estuvieron consensuados entre los cárteles que operan en esa región del estado de Guerrero, las autoridades de los diferentes niveles de gobierno y los cuerpos policiacos a disposición de estos últimos. O como se ha dicho, que la masacre fue un daño colateral porque posiblemente en uno de los cinco camiones en los que viajaban los jóvenes se trasladaba droga sin que ellos lo supieran. Lo que resultó evidente fue la incapacidad del gobierno federal por resolver airosamente la sorpresiva masacre, y es que quizá en el caso haya más intereses involucrados de los que nos podamos imaginar. No han sido fortuitas las mentiras provenientes de las autoridades de este país; eso nos lleva a ir atando varios cabos sueltos sobre el grado de responsabilidad que tienen el gobierno y sus instituciones, pues quizá hemos sido bastante ingenuos al juzgar como estúpido al presidente en turno, cuando en realidad los hilos que se están moviendo a través de su figura son maquiavélicos.

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Ayotzinapa, un punto medio entre una serie de lastimosos hechos de violencia e impunidad en México. La desaparición forzada y la ejecución extrajudicial de normalistas no pusieron fin a la barbarie que presenciamos. Fue fácil hasta ahora cerrar los ojos, al final nuestro instinto nos obliga a no ver la sangre a pesar de sangrar y oler el azufre a nuestro alrededor. Tlatlaya queda muy lejos, también Ostula y Apatzingán, estos nombres nada nos significan y en lugar de sentir rabia ante las imágenes de muerte y tortura del momento, sólo agradecimos a Dios por no estar cerca de esos salvajes lugares. Pero Ayotzinapa es un faro anunciándonos nuestra llegada a ese puerto al que quizá nunca imaginamos arribar; es también una luz de esperanza si somos capaces de encontrar nuestros rostros en los ojos de los familiares de los desaparecidos, basta con levantar los párpados.

 

* Zacatecas. Profesora normalista y estudiante de letras, UAZ.

Twitter: @ANYTAFELIX

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