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lunes, 25 octubre, 2021

Basta de insultos e injusticias

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A 200 años de vida independiente, la patria nos convoca nuevamente a la concordia, a la unión de todos los mexicanos, sin distinciones, para restaurar alma, identidad y destino. Ya basta de enconos y discordias, de odios y divisiones, de insultos y bajezas, de injusticias sociales, de concentraciones brutales de riqueza y poder, de violencia y muerte, de racismo, indiferencia y mezquindad, de frivolidad y vanidades en medio de crisis decisivas.

¡Que la nación y el orbe recobren la cordura para que vuelvan a saber ver! ¡Que la patria y el mundo se conmuevan y compadezcan de los desdichados!

Esos desdichados de los que habla Simone Weil. Ella, la filósofa, la obrera, la miliciana, la judía-francesa conversa a un catolicismo de fuego, la que se sumó a la resistencia francesa en la Segunda Guerra Mundial, la mística que murió famélica a los 34 años en agosto de 1943. Ella, de quien dijo Albert Camus: «El único gran espíritu de nuestro tiempo».

Para Weil, la desdicha, a diferencia del dolor, no equivale a un estado anímico, sino a aquello que pulveriza el alma, «por la brutalidad mecánica de las circunstancias». Y frente al rostro de la desdicha, el pensamiento huye despavorido y se refugia en la mentira de la indiferencia, de la comodidad, del egoísmo.

Y en contraste, Simone Weil enseña que el benefactor en presencia del desdichado, no palpa distancia alguna entre él y la persona pulverizada en su personalidad. El benefactor hace algo distinto a vestir, alimentar, levantar del polvo o amparar al desdichado. Al proyectar su propio ser en el que socorre, le da por un instante algo de lo que ha sido privado por la desdicha: una existencia propia que le hace salir por un momento del anonimato, de ¡la desdicha misma!, dice Weil.

Ese proyectarse significa para la obrera mística y sabia, asumir por un momento la desdicha del otro; significa, «tomar voluntariamente aquello cuya esencia misma consiste en ser impuesto por la fuerza». Únicamente Cristo, y las personas «cuya alma está ocupada enteramente por Cristo, pueden hacerlo», afirma Weil, sin condicionamientos.

Ni el mayor de los santos se complace en la desdicha, sencillamente consiente en ella o se compadece de la del otro. Y de manera sublime escribe Simone: «Habría sido preciso otro Cristo para compadecerse del Cristo desdichado»; y sin embargo, estaba allí en la hora suprema de la historia, de pie junto a la Cruz, María, la humilde y obediente sierva y Madre admirable, la cumbre de la creación.

En esta época nihilista, frívola a pesar de las catástrofes virales, ambientales, humanitarias, sociales, desconciertan las palabras de Weil, pero a la vez inundan de luz las sombras del presente. Y con clarividencia señaló Weil: desde el alba de la historia, nunca, salvo ciertos momentos de la Roma imperial, había estado Cristo tan ausente, como en mi tiempo. Y ahora, más que nunca lo está.

Para los antiguos, señala Simone, habría sido una monstruosidad separar religión y vida social; hoy incluso la mayor parte de católicos, la encuentran «natural»; y así le ha ido al mundo. Mundo hoy humillado en su soberbia, en su creer que la voluntad crea y gobierna todo. ¡Qué estulticia, qué necedad, qué vanidad, qué falsa ilusión cuando se reconoce el orden objetivo de los fines y la providencia! André Malraux dijo una vez: «el siglo XXI será espiritual, o no será»; advertencia clara esa de un escritor comprometido.

Y ¿quiénes son esos desdichados de quienes habla Weil? Hoy, entre otros: un refugiado, un migrante humilde de Haití, azotado a latigazos por un uniformado racista, por un salvaje a caballo en el país todopoderoso con muchos políticos que no tienen nada de demócratas; un negro con su rostro aplastado contra el suelo por remedos de policías, un perseguido político, una uigur sojuzgada física y mentalmente por la China comunista, un hombre, una mujer, un joven en injusta y dilatada prisión preventiva discrecional en violación de la sagrada presunción de inocencia.

Hoy los desdichados: un hambriento, una víctima del crimen organizado que pulula campante en vastas zonas, cuya cabeza degollada aparece en una caja o en un basurero; un niño enfermo sin cura, una niña afgana sin esperanza, una mujer cubana hambrienta, injustamente encarcelada por alzar la voz contra la tiranía; un mestizo, un indígena, un pobre ocupando habitaciones inferiores a pocilgas; una mujer moribunda con cáncer en hospital público sin medicamentos, un obrero abandonado a su suerte y a un salario miserable, un desempleado lleno de angustia por no poder llevar pan y leche a sus hijos.

Ante esto, apremia un sacudimiento interior de las conciencias que saque al hombre y mujer de hoy de un ensimismamiento tan ajeno a la desdicha del prójimo, un viraje radical en estrategias contra la brutal violencia e inseguridad con mandos y criterios civiles de verdad en el caso de México, y a la vez, una profunda transformación del sistema económico mundial ultra capitalista; transformación dirigida a la justicia social en el marco de las libertades, como aconseja Thomas Piketty, economista francés de vanguardia, en contraste con la ceguera y pobreza intelectual de tantos corifeos de una globalización sin corazón para los desdichados.

Urge atender los consejos de Thomas Piketty en materia económica y de moral social, con el fin de hacer frente a las tragedias de la desigualdad, de la emigración forzada por hambre y violencia, de la ecología destrozada, del subdesarrollo del Sur frente a la opulencia del Norte desarrollado que distribuye migajas, que defrauda al mundo, dice Thomas, al permitir que las multinacionales ubiquen sus ganancias en paraísos fiscales. De no rectificar Occidente y su líder, Estados Unidos, no debe extrañar el intento de alineación geopolítica de muchos países con China y Rusia.

La extrema riqueza privada tendrá que utilizarse para financiar la recuperación social y reducir la deuda pública de los países, señala Piketty, y detalla: «Para ir más allá del conservadurismo imperante, también es urgente volver a la historia. Después de la Segunda Guerra Mundial, cuando la deuda pública había alcanzado niveles superiores a los actuales, la mayoría de los países introdujeron gravámenes excepcionales sobre los activos privados más elevados. Este es particularmente el caso de Alemania con el sistema Lastenausgleich (o sistema de «reparto de cargas», que fue objeto de un excelente estudio histórico de Michael Hughes) adoptado por la mayoría demócrata cristiana en 1952…».

Dicho sistema alemán de «reparto de cargas» permitió a la nación alemana derrotada deshacerse de su deuda pública sin recurrir a la inflación, comenta Piketty, fundándose en una finalidad convincente de justicia social. «Con un impuesto de hasta el 50% en las tenencias financieras e inmobiliarias más elevadas, pagaderas a 30 años, este sistema rindió el 60% del PIB al Estado, en un momento en que los multimillonarios eran mucho menos prósperos que en la actualidad». Además, en varios países, mucha de la riqueza billonaria se ha logrado a la sombra del poder político y de los privilegios, a costa de los intereses del pueblo.

Las ideas de Piketty se ubican en el horizonte de un solidarismo democrático que concilia libertad y justicia social, que repudia tanto los excesos e injusticias del sistema económico prevaleciente en un Occidente mezquino con pobres y refugiados, como los totalitarismos infrahumanos de países como China, Cuba, Corea del Norte, Nicaragua, etc.

Se trata también de que se reduzca significativamente la deuda externa de las naciones subdesarrolladas, como hace poco lo señaló S.S. el Papa Francisco con motivo de las terribles consecuencias del covid-19. También exhortó a las naciones a abrir sus puertas a las migraciones con motivo de la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, celebrada este 26 de septiembre pasado.

Y en su mensaje a México por la Consumación de la Independencia, pidió el Papa: «sanar las heridas»; recordó que él mismo y sus antecesores habían «pedido perdón por los pecados personales y sociales por todas las acciones u omisiones que no contribuyeron a la evangelización»; y añadió: «En esa misma perspectiva tampoco se pueden ignorar las acciones que, en tiempos más recientes, se cometieron contra el sentimiento religioso cristiano de gran parte del pueblo mexicano, provocando con ello un profundo sufrimiento». Los ecos de los mártires mexicanos resonaron de nuevo; son ellos parte de la Iglesia triunfante que le dan a la peregrina con sus luces y sombras, toda legitimidad para defender en México y el mundo, los principios y valores trascendentes.

La injusticia social, la desigualdad, los migrantes pobres y sus derechos humanos conculcados, son sin duda, los grandes temas de nuestro tiempo. La generosidad social, la amistad cívica, el pluralismo, son garantes de una vida humana digna, de una vida buena que equivale a vivir felizmente y en paz, según la óptima virtud en el orden práctico, conforme a la sabiduría de Tomás de Aquino.

José Martí, el héroe cubano por excelencia, tiene palabras ejemplares para tiempos como los de ahora:

«Cultivo una rosa blanca
en junio como en enero
para el amigo sincero
que me da su mano franca.
Y para el cruel que me arranca
el corazón con que vivo,
cardo ni ortiga cultivo;
cultivo la rosa blanca».

Como ciudadano, con respeto y modesta esperanza, me permito exhortar al presidente de México y a los principales líderes de todos los sectores, a que convoquen a una cruzada nacional para restaurar la concordia, la cordura, la generosidad social, y a que den testimonio de ello a fin de iniciar todos juntos como mexicanos, haciendo a un lado lo que nos divide, una genuina transformación personal y colectiva, en aras de un México plural, tolerante, reconciliado, magnánimo.

Las circunstancias, los factores reales de los que habla Max Scheler en su Sociología del Saber, y que juegan un papel sobresaliente en la historia humana, motivan a reflexionar en torno a la necesidad perentoria de hermandad y reconciliación nacionales como factores del espíritu que pongan freno a los determinismos, para asegurar el futuro, enfrentando todos, los formidables retos del presente.

Se anhela, un México donde prevalezca el Bien Común por sobre todo interés de facción que tanto daño ha hecho al país, para «superar visiones reductivas que dividen al pueblo», como dijo Leonardo Sandri, representante papal de primerísimo nivel diplomático, en su discurso del 27 de septiembre en el Zócalo. De otra manera, el abismo de la división infecunda, de la discordia, del encono, del insulto, de la injusticia social y del odio que todo carcomen y envilecen, precipitará a la nación en las sombras leviatánicas por largos años. Flota en el ambiente la exigencia de superar tales visiones reductivas.

Dedico este artículo a Lis González-Luna Mendoza, mi hermana queridísima, poetisa, mujer admirable y hermosa, de corazón puro en crítico trance; a la memoria de Agustín de Iturbide y Vicente Guerrero; a los hombres y mujeres de buena voluntad con el anhelo de un abrazo fraterno entre todos en homenaje a los héroes que ofrendaron sus vidas por una patria en paz, jubilosa, independiente, unida, para que el gesto generoso quede registrado en el libro de la historia; y a Proceso, por defender a toda costa la libertad de expresión de sus leales colaboradores, honrando a su fundador, mi amigo.

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